diumenge, 27 d’agost de 2017

Robledillo de Gata

Salimos de Hoyos y nos disponemos a cruzar la Sierra de Gata. A medida que dejamos atrás la zona del incendio, todo va cobrando un aspecto más boscoso, y hay más pasto verde. Pasamos Cadalso, donde comeremos, y nos internamos en un valle suave. De unas lomas aparecen dos buitres negros. Son enormes. Hay un torreón gris erosionado sobre una escarpadura, convertido ya en naturaleza.
En Robledillo hay muestras de una curiosa arquitectura popular antaño denostada y hoy comprendida como lo que es: pura adaptación al medio. Me comentan que el vino local, peleón y terrero, se llama Pitarra, como el escritor Frederic Soler. Tomo un par de botellas en cuanto puedo. Ya veré cómo las subo al avión.
Sin embargo, la vid es escasa. Unas pocas "manchitas" (que diría un boricua) entre olivares. La iglesia es hexagonal y combina cierto aire clasico con la multiforme arquitectura local, de pizarra y madera. Su espadaña blanca culmina sobre el pueblo y le da su perfil característico. Las vigas de las casas son árboles encastados en bruto. Todo es oblicuo y deliciosamente tosco. El paseíto por el sendero del río, con las casas casi negras colgadas, es realmente sorprendente. Tiene aires pirenaicos.
Nos tomaremos algo en un bar que es un rincón de piedra, entre vegetación de ribera. En este bar que es casi un sedimento histórico, están escuchando Pimpinela. Del techo cuelgan enormes marmitas como las de la aldea de Astérix. Aquí la conversación fluye a chorro, es un peligro y puede perderte, porque no agobia el calor y uno tiene la sensación de flotar bien integrado en los caprichos del planeta. Los picos que vemos son todos amables, bastante altos pero redondeados. La piscina natural está al otro lado del pueblo. Las piscinas naturales son miniembalses, cada pueblo de la sierra tiene su piscina natural, e incluso dos o tres.
Esta de Robledillo es una maravilla de tranquilidad. Aunque hay unos señores de Reus que bromean con nosotros: no se creen que nos vayamos a meter en el agua, porque está helada, es hielo. Pero desde arriba ves el fondo. Al nadar por aquí se filtran los rayos de sol que se vuelven semiverdes. Los márgenes son legamosos y con algas. En un primer momento duele esta agua como una cama de cuchillos, luego resulta de lo más agradable, incluso en un día no muy soleado como hoy.
Por todas partes vemos el símbolo de la sierra de Gata: es una rosa hexapétala que parece que procede de un antiguo culto lunar. Ya lo preguntaré. Yo he visto estas rosas en las estelas visigóticas de Mérida. ¿Vinieron de Hungría y Germania? ¿O estaban también en los edificios romanos?
Regresando, comemos en Cadalso, al lado del río. Nos acarician este viento y estas hojas. Gazpachito y secreto ibérico. La tarde marchará bien.

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