dijous, 31 d’agost de 2017

Badajoz y Cáceres

Desde que uno pisa Badajoz se da cuenta de lo diferente, y hasta opuesta, que es respecto a Cáceres. Badajoz es moruna, si uno entra en ella cruzando un puente, la primera impresión es la propia de las ciudades con río, tipo Zaragoza. Cáceres, en cambio, es la puerta de Castilla: la amalgama entre Portugal y Castilla. Badajoz ya tiene un aire sevillano, y la tiene por las torres del imperio almohade. Badajoz es una ciudad horizontal; por el contrario, Cáceres es vertical y recuerda a Toledo.
Ayer estuve en Cáceres y... qué decir. Se conserva tal y como estaba en el siglo XVI, es algo que uno puede explicarse difícilmente. Mires donde mires un palacio, una iglesia fastuosa, una fachada plateresca, un balcón curioso, un escudo que habla o un detalle arquitectónico único.
Badajoz tiene algo definitivo: la Plaza Alta, decorada con colores llamativos y llena de recuerdos islámicos. Además, situada junto a la Alcazaba más grande de Europa. Un buen paseo consiste en rodear el castillo sin bajar ni un momento de lo alto de las murallas. Y detalles curiosos: en una calleja que va de la Plaza de España hasta el castillo, hay una churrería-librería, en la cual también arreglan bicicletas.
La Biblioteca de Extremadura ocupa un espacio único: está dentro del recinto de La Alcazaba, sobre las ruinas de la antigua mezquita, y aprovechando un hospital militar. En el vestíbulo se ven muchas (¡muchas!) publicaciones de poesía, en edición bilingüe: el detalle me ha gustado, están en castellano y portugués, como recordando una antigua identidad lusitana que ha borrado el tiempo.
Sobre las murallas, iniciadas en el siglo IX, se huele el romero y se obtienen excelentes vistas del Guadiana. El Guadiana más que un río es un pantano nómada. Los niños alimentan a los cisnes y los patos, para huir despavoridos cuando los atacan las feroces ocas. Y entre la Plaza Alta, la Puerta de las Palmas y el ensanche nuevo, se extiende un dédalo de callejuelas que es la viva imagen de los cascos antiguos de San Juan de Puerto Rico y La Habana. Hay que venir aquí para darse cuenta. Edificios idénticos, urbanismo calcado. Hasta las fortificaciones son como las que uno ve en el Caribe hispano. La similitud es total.
Por casualidad, paso por delante de la casa natal de Manuel Godoy, el primer espadón contemporáneo. Y ya voy pensando en regresar, mientras cruzo el río. Aquí las puestas de sol son únicas, pero me ponen medio melancólico. Mañana solo me dará tiempo a visitar el Museo Arqueológico. Y me he propuesto no ver nada más, porque si no me estallará la cabeza.

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