divendres, 25 d’agost de 2017

Mérida. Día I

Aquí no se lo creen, pero estoy más fresquito en Extremadura que en Barcelona. El calor, como es mucho más seco, no te persigue con tanta vocación de molestar y engancharse. Sí es verdad que, a partir del mediodía, ponerse bajo el sol es más bien suicida, pero es un auténtico regalo poder dormir, pasar mañanitas frescas, casi tan buen regalo como haber subido al avión sin ordenador y sin conectividad alguna que me permita seguir nadando en el lodazal de la prensa diaria.
Tras algún que otro capítulo picaresco con los taxistas del aropuerto de Badajoz (como si no hubiera viajado nunca por países en los que nadie activa el taxímetro), Badajoz me recuerda mucho mucho a Málaga: los castillos y las calles se parecen mucho. Hay un río inmenso, Portugal está muy cerca, los puentes y las murallas son espectaculares.
Llego a Mérida por tren, desde el que veo un acueducto alto como un edificio de cinco plantas. La tierra parece quemada en muchos rincones, de un color amarillo preocupante, hasta desasosegante, y en ocasiones hasta negra. ¿Qué demonios podrá crecer aquí?
Mientras se va el sol paseamos por el punte romano, que es una maravilla de casi un kilómetro de largo. ¡El Guadiana es un río inmenso! Puedo asegurar, y aseguro, que es aún más ancho que el Ebro, río que últimamente me ha acompañado mucho.
He venido a seguir los pasos de un puñado de escritores de principios del siglo XX. En los archivos, en las bibliotecas, un personal ejemplar. Amable, y que te deja solo en las salas de consulta y los cuartos de atrás, donde está lo bueno, lo cual es el sueño de cualquier friki investigador.
En los bares, lo mismo. Todo el mundo está alegre y es dicharachero. Ahora bien, cuado los extremeños hablan de sí mismos como comunidad, se palpa el descontento secular y cierto espíritu de derrota histórica. Muy rápidamente se percibe esto: falta de fe en sí mismos.
Pasar la mañana en el Museo Visigótico es un gusto. Me ha llamado esta colección exótica, con plantas y pilastras y mármoles trazados que me han hablado flojo pero fuerte. Mucho más íntimamente que la colección del Museo Romano, que llega a atragantar de tanta grandeza. Los visigodos me han hablado de un modo más intuitivo. Por muy espectacular que sea la colección romana (¡que lo es: estos mosaicos no se ven cada día!), el arte romano es igual en todos los rincones del Imperio. Del Museo Romano me he quedado con lo pequeño: las diminutas cabezas de terracota, los pequeños Bacos de bronce, y las monedas, a través de las cuales he puesto cara y ojos a los Emperadores de toda la vida.
Pero lo que más me ha imptresionado ha sido el Templo de Diana: fino y grande, espectacular. La Alcazaba, ciclópea y achaparrada, es del siglo IX, la más antigua de la Península. Yo solo he visto arquitectura islámica del siglo IX, en Kairouan (Túnez). En conjunto, todo muy potente. Y la gente amable y simpática como la que más. Pero dejo esto ya, porque me voy al Teatro Romano.

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