dijous, 31 d’agost de 2017

Mérida: puentes y chascos

Bajo a la calle muy de mañana: no llegamos a 20 grados. Estupendo. El programa era coger un autobús y viajar hasta Trujillo, pero justo están abriendo el recinto de la Alcazaba. Entro, porque igual será mi última oportunidad. Este está siendo el verano de las Alcazabas, llevo ya tres, junto con la Suda de Tortosa y la de Málaga. Lo que más me impresiona de la emeritense es el aljibe romano que está en su interior: es uno de esos espacios de Mérida en los que el universo sufre un cortocircuito y de repente uno se encuentra en un lugar romano tal y como lo dejaron los romanos. Dos galerías con escaleras van a parar al pequeño estanque, en el que nadan peces blancos y dorados. Todo está como hace dos mil años, incluso los dinteles con molduras y relieves. Desde la muralla se obtienen excelentes perspectivas sobre el puente romano y el río. En estos carteles de estas ciudades se aprenden bonitas palabras castellanas, como "tajamar", es decir, las proas de barco adosadas a los pilares de los puentes, y que intentan cortar las crecidas, o "aliviantes", agujeros o galerías por donde pasa el agua para que no se lleven el puente adelante. Aquí en Mérida, como en Tàrrega, hay memoria de crecidas espeluznantes. Salgo de la Alcazaba, cruzo el río y me dirijo a la Estación de Autobuses, pero resulta que no hay más que un coche de ida y otro de vuelta, ya casi por la noche, y ni siquiera tienen un papel con los horarios para que uno se monte la vida. Bueno, se frustra mi viaje. Pero tengo un plan B. Cruzo la calle y entro en la Biblioteca Delgado Valhondo, donde espero consultar un fondo hemerográfico y otro de historia local. Como no hay nadie en los mostradores, aquí hay libertad de movimientos. Periódicos no veré, pero encuentro libros magníficos. La pena es haberme dejado el bolígrafo... Bajo a recepción pero tampoco hay nadie, salvo una cola impaciente de usuarios. Ay... ¡el verano! ¿Qué hacer? Le pido un bolígrafo a una chica que estudia cerca. No le pregunto cómo se llama porque está muy absorta haciendo codos, pero la pondré en los agradecimientos de mi libro, porque es posible que sin su boli bic ni siquiera llegáramos a tener libro alguno. Muy satisfecho por los hallazgos, unas horas después, enfilo por el espectacular puente Lusitania, que tiene unas vistas estupendas. En Mérida (en Extremadura, en general) saben hacer los parques: agua no les falta. Los que se extienden por las orillas del Guadiana en Mérida y Badajoz son ideales para dar un paseo o correr. Aquí el agua está bastante sucia, pero se ven muchos patos y pollitos que nadan en hilera. Boquean entre botellas y latas y limo unos peces grismarrones no demasiado grandes. Paso por debajo del puente y voy a parar a la base de la muralla. Este es un rincón único, que impresiona al más pintado. Otro que me ha sedado es la Glorieta de las Méridas del Mundo, con su microcosmos de palmeras, piedras ciclópeas y toscas puertas romanas. Regreso a casa por la soleada y animada calle de Juan Pablo Forner, tuerzo por Vespasiano. El arco de Trajano lo vi de noche, pero es mejor de día. Ahora el calor aprieta. Mi objetivo es el inmenso Acueducto de los Milagros. Lo rodea una pradera estupenda. Hay algunos enamorados inteligentes dándose besitos bajo los arcos, en la sombra. En el río veo cigüeñas y una especie de ibis marrón que busca bichos entre el fango con su pico curvo. Desde luego, los parques aquí son de primera, y si tienen acueductos como este... Extremadura es el país de los pájaros: hasta en las grandes ciudades pueden verse grajos y hasta milanos. A la sombra de un pino termino estas notas.

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