dimarts, 10 de juliol de 2018

Andariegos, nueva literatura de viajes



Pienso que tendríamos que alegrarnos de que en nuestra república de las letras destaque una escritora como Patricia Almarcegui, una auténtica aventurera literaria como las de la época de la Ilustración o el Romanticismo. Conocer Irán (Fórcola, 2018) es una auténtica revelación. Almarcegui es capaz de cincelar párrafos como si su propio espíritu fuera una escultura, y la estatua de sí misma la construyera a partir de sus relaciones con los paisajes, la arquitectura, los jardines, las artes aplicadas y las demás mujeres, hermanas suyas fugaces, con que se cruza en su viaje, un viaje que va volviéndose iniciático a medida que se avanza en la comprensión integral del mosaico persa. No es solo que describa con enorme exactitud lo que ve: es mucho más. Lo que consigue esta escritura es desentrañar las claves íntimas y los significados espirituales de los objetos que desfilan ante ella. Le entran a uno ganas de ir, y de hacerlo ya, a ciudades como Isfahán, Yazd, Kashan, Mashsad, Kermán o Shiraz, donde la autora vivió luego, y que debe ser algo así como la Sevilla de Irán.
            Conocer Irán invita a volverse loco y salir a ver mundo sin red. Pero, entendámonos, a vivir una locura ilustrada como la suya. Impresiona la capacidad de asombro de Almarcegui. Impresiona su capacidad para integrar la realidad otra y de abandonarse a su seducción. Su talento para desentrañar lo real oculto, el carácter de las gentes y las culturas con las que tropieza. Impresiona la naturalidad con la que expone las dificultades por las que ha de pasar una viajera por el simple hecho de ser mujer e ir sola. Impresionan su sabiduría, su capacidad por engarzar anécdotas, historia y deslumbramientos en una prosa basada en la arquitectura de los párrafos y la confesión moderada. Un libro delicioso, vaya.
            También va siendo hora de que la crítica se fije en el Eduardo Moga prosista. Su obra dedicada a los viajes empieza a ser ya muy extensa. La pasión de escribil. Relato de tres viajes a Hispanoamérica es del 2013; Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres, del 2015; y su continuación homónima, con el subtítulo añadido de “Una visión crítica de Londres”, del 2016. Los ha ido publicando en La Isla Siltolá y Varasek. A sus toneladas de excelente poesía hay que ir colocando ya todas estas toneladas de impresiones y juicios en buena prosa. Su nueva entrega, El mundo es ancho y diverso, incluye un relato sobre una estancia familiar en Lanzarote, la aventura de un festival literario en Polonia y Ucrania y un periplo tunecino; lo acaba de publicar Baile del Sol. Todo ello viene a sugerirnos que la dedicación moguiana a los viajes no es una broma ni un episodio fugaz, sino un cultivo creciente sobre el que valdría la pena detenerse.
Lo que más abunda en El mundo es ancho y diverso es la ironía: “A mí las actuaciones folclóricas siempre me han dado sueño (de hecho, solo puedo imaginarme tres cosas más narcóticas que un festival folclórico: una misa, un encuentro de poetas de la experiencia y un congreso de auditoría y contabilidad”; o: “Muy pronto comprobamos la eficacia del servicio de guaguas: el último autobús a la capital acaba de salir, y el siguiente tardará una hora y media”. Un humor que no abundaba en sus libros dedicados a Londres, lugar que dejó en el autor una impresión culturalmente rica pero más bien nubosa y crítica. La idiotez inmanente en el mundo del turismo es una de las cosas que más indigna al visitante de Lanzarote, pero a la vez el autor se pregunta por qué a veces no puede reprimir el instinto de hacer el guiri. Asimismo, el libro concentra un acerado anticlericalismo, característico también de los textos de Moga, así como la denuncia de los nombres de fascistas colocados sobre placas, calles y hoteles. Y se nota que escribe un poeta, sobre todo en las pinceladas de paisaje: “Contemplamos el paisaje de Lanzarote por primera vez: picachos pelados se elevan, como pezones, de la tierra seca, y a sus pies se disponen, como legos dispersos, islotes de casas blancas y cuadrangulares. Entre los montes y las agrupaciones de casas, muretes de piedra volcánica intersecan los campos”.
También llama la atención, en el libro, el interés moguiano por las desnudeces de las mujeres y los juguetes pornográficos. Se trata del registro que exploró en sus Seis sextinas soeces. Y no es un registro erótico; no: es un registro soez, un idioma guarro. La sinceridad entra de lleno en la poética del autor, que tiene un falito con patas sobre la mesa de su despacho y se hace fotos con estatuas de enormes falos. Ver nalgas y tetas, lamentar el estado de vejez y decadencia física, admirar y dejarse enamorar por chicas guapas y cultas, es su manera de denunciar la hipocresía generalizada, y de reivindicar el sexo como algo lúdico y vital. Eduardo Moga es un escritor radicalmente materialista, ateo y, a veces, pornográfico como un goliardo. Es un auténtico pagano medieval. El mundo es ancho y diverso es, curiosamente, el libro más confesional del autor, el que más refleja su vida familiar, su identidad y su manera cotidiana de vivir y pensar. Hacia el final de la obra, Moga nos muestra qué opinión (o pasión) le despiertan los libros de viajes: “Me gustan los libros de viajes: leerlos y escribirlos. Es una forma singularmente directa de obtener lo que persigo en literatura: ser otros, vivir más, ser más”. Es una declaración aleixandresca.
            En el otro reverso de la medalla, el neorromanticismo pudoroso de Sergi Bellver, que acaba de publicar Variaciones sobre Budapest (La Línea del Horizonte), una auténtica joya del género. Lo siento, me pierden los libros minúsculos. Conocer Irán, también es un maravilloso libro menudo. Para escribir una novela sobre el Imperio Austrohúngaro, Bellver pasa unos meses en la capital húngara y se deja enamorar por todos sus rincones. Cuando observa a chicas en el metro, Bellver se entrega al más musical de los sentimentalismos. Estamos muy lejos del exhibicionismo juglaresco de Eduardo Moga. Bellver engarza su impresionante capacidad de evocación y vivencia y observación con pasajes musicales, y el resultado es una viva sinfonía de sensaciones armoniosas. Moga bebe de Sade y de la Ilustración gamberra; Bellver es más sereno y leopardiano.
            Más que una teoría del viaje, lo que firma Bellver es una teoría de la vida, de la Historia, un manifiesto a favor de la lentitud y una teoría de la soledad: “Otra de las bondades de la renuncia es, simplemente, ser dueño de tu tiempo y no tener que cumplir con un programa solo porque los demás esperan que lo hagas”; “Viajar en tren es atender al ritmo del paisaje no tiene nada que ver con facturar kilómetros”. Bellver es uno de los escritores más puramente escritores que pueden encontrarse hoy en nuestro país. No es que sea “puro”, es que lucha desde el nomadismo y la ascética por no ser más que un escritor. Por ejemplo, Moga es también editor o padre, y Patricia Almacergui es también aventurera y profesora. Bellver escribe: “Para mí, viajar tiene que ver con estar dispuesto a extraviarse, a renunciar a un plan, a no cerrar el círculo previsto”. La impresión fugaz, el descubrimiento íntimo, la metáfora feliz (“veo deslizarse las anguilas amarillas de los tranvías”), la belleza para sí misma, son las cosas que persigue.
            Viajar es huir del turismo, de los tópicos y de las aglomeraciones idiotizadas. Estos tres autores nuestros lo demuestran y defienden. El género goza, por lo visto, de excelente salud. Disfrutémoslo, estudiémoslo como se merece.


Publicado en "Quimera", Núm. 414, junio de 2018.

"Els fenòmens de l'atenció", curs fantasma d'Eugeni d'Ors



        L’abril de 1909, Eugeni d’Ors va impartir un curs sobre “La lògica del fenomen diastàsic” al local dels Estudis Universitaris Catalans. La forma, el fons i el context d’aquelles conferències eren força coneguts per la crítica. Víctor Pérez es va doctorar l’any 2014 amb una tesi brillant sobre la segona part d’aquell curs, impartida al desembre de 1909, segona part que ara ens presenta editada en forma de llibre. L’obra havia passat totalment desapercebuda, ja que ni tan sols el propi Pantarca n’havia fet referències clares. El text dormia el son de més d’un segle en una de les caixes de l’Arxiu Nacional de Catalunya, a Sant Cugat, i pot situar-se amb tota justícia al costat d’altres textos orsians de naturalesa filosòfica, com La vall de Josafat o Filosofia de l’home que treballa i que juga.
La presentació de Xavier Pla, summament didàctica i informativa, s’assembla a totes les que ha anat situant a l’inici de les seves edicions del Glosari català de Xènius, o a la que va encapçalar la seva edició d’Historias lúcidas (Fundación Banco Santander, 2011). El text de Pla ens serveix per entendre un dels aspectes més desconeguts per la figura d’Ors: el seu compromís amb la ciència experimental. Pla ja va recuperar i publicar, l’any 2009, La curiositat (Quaderns Crema), un altre original perdut d’Eugeni d’Ors que es pot considerar un text germà del que ara torna a la llum.
La introducció de Víctor Pérez, editor de l’assaig orsià, presenta una estructura original, copiada del clàssic esquema de la comunicació humana: Emissor, Receptor, Canal, Missatge i Context. I la idea és bona, perquè totes aquestes circumstàncies eren anòmales l’abril de 1909, quan Eugeni d’Ors va reunir per segona vegada un selecte públic barceloní al local dels Estudis Universitaris Catalans (que ocupaven un local de la plaça del Pi) per tal de comunicar-li les seves troballes i descobriments del món parisenc, en matèria de Psicologia Experimental.
Perquè en aquelles quatre sessions, ens explica Pérez, era Eugeni d’Ors, i no Xènius, qui prenia la veu. Un conferenciant que desitjava minoritzar el creador literari per tal que aflorés l’autèntic científic. Un ideòleg patriota que pensava que tenia el deure de recompensar Barcelona amb la saviesa que havia adquirit a Europa. Segons Pérez, “Eugeni d’Ors expressa, doncs, la voluntat manifesta de diferir de Xènius en l’estil  i els mètodes emprats”.  I potser per aquest motiu, el Glosari  de La Veu de Catalunya no va recollir la matèria dels actes. El receptor també és digne de reflexió: a qui anaven dirigides aquelles paraules? No pas a un públic majoritari o mitjà, sinó a una selecció d’escollits que havien de formar part d’una avantguarda de construcció nacional.
D’Ors vivia, llavors, a París. Entre la primera part del seu curs i la segona van passar nou mesos. El que fa Ors no és altra cosa que presentar les lectures científiques que ha realitzat a París, Ginebra i Heidelberg: Bergson, James, Ribot, Pillsbury, Lange, Binet, Wundt, entre molts d’altres.
Quant al canal, ja hem dit que d’Ors va escollir un to d’alta cultura basat en l’oralitat immediata. Calia insistir-hi perquè el text recuperat traeix l’esperit original del procés creatiu, atès que es tracta d’un esquema molt desenvolupat, però totalment dirigit a un acte oratori. Finalment, Pérez posa en dubte que l’objectiu del curs orsià fos la mera transmissió científica. La seva conclusió és que les quatre conferències es van revestir d’aspectes rituals o litúrgics, gairebé religiosos, destinats a consolidar una autoconsciència col·lectiva. L’afirmació grupal d’una generació que pretenia construir una nació a través de la investigació científica i la Cultura. És la part més interessant i original del seu estudi. Ens trobem en els anys de màxima identificació d’Ors amb els projectes culturals inspirats per Prat de la Riba. Sense el context dels traumes derivats de la setmana Tràgica i la terrible tensió que es vivia als carrers de Barcelona, no es pot arribar a entendre exactament què podia significar per a un grapat de pensadors el fet de reunir-se per celebrar un seminari de Psicologia Experimental en català.
No és cert que Eugeni d’Ors prescindís de la voluntat d’autor en el seu discurs falsament científic; discurs filosòfic, en realitat. Ja ho percep qui s’endinsa en aquest breu assaig, dens i solemne. Víctor Pérez ha recuperat un bell tros de bona prosa, i de pas ens ha regalat una fotografia de l’ambient intel·lectual barceloní d’un any concret. Un ambient en què una colla de joves catalans maldava per començar a desenvolupar una cultura científica homologable amb l’europea.


Publicat a "Quadern - El País Catalunya", 28 de juny de 2018.

dimecres, 16 de maig de 2018

L’impacte de la Primera Guerra Mundial a Catalunya

Ja fa quatre anys que feia cent anys, però en fa dos que em plantejava, escrivint un llibre sobre aliadofília i germanofília catalanes, quins podrien ser els passos següents. El present monogràfic no és exactament el pas següent, sinó el feix de passos endavant que calia fer. Comentava que calia aprofundir en la germanofília catalana. Ho ha fet Xavier Plaen el seu estudi sobre Manuel de Montoliu, que no només ens aporta les claus per a la comprensió global de la seva obra, sinó que defineix i comenta quin va ser el seu paper en l’opinió pública catalana entre 1914 i 1918. Comentava que calia un estudi sobre neutralitat: l’aporta, amb afany exhaustiu, l’estudi sobre el paper de la Lliga de Josep Lluís Martín i BerboisJosep Fontana no s’ha centrat en el camp català, sinó que ens introdueix en el context internacional del qual formaven part els Països Catalans.
Coneixíem força bé l’aliadofília. Potser un dels historiadors més matiners va ser Joan Safont, a qui es deu Per França i Anglaterra! La Primera Guerra Mundial dels aliadòfils catalans (Acontravent, 2012). Safont ens ofereix una perspectiva dels festejos que es van produir a la capital catalana l’any 1918, un cop es va saber que la guerra havia acabat. Era urgent desfocalitzar la nostra lent dels compassos inicials de la contesa, per tal d’explicar també què va passar durant els terribles anys 1916, 1917 i 1918.
Francesc Montero, especialista en Josep Pla i en el període que abordem, aprofundeix notablement en l’estudi de les fonts primàries dels protagonistes catalans que van participar a la guerra. El seu treball sobre Frederic Pujulà és l’exemple màxim de com el retorn a l’hemeroteca i l’arxiu ens permet ampliar el nostre horitzó de possibilitats historiogràfiques. A «La posició política dels membres de la Lliga Regionalista davant la Gran Guerra», Josep Lluís Martín i Berbois ens resumeix la posició que van adoptar les personalitats catalanes vinculades al regionalisme i al nacionalisme lliguer. L’autor analitza amb rigor les aportacions dels imprescindibles Josep PlaEnric Prat de la RibaJosep Puig i Cadafalch i Francesc Cambó, així com de figures no tan conegudes, com les de Ferran AgullóCarme KarrJoan GarrigaLluís Duran i VentosaPere RaholaAlfons MaserasJoan Costa o Josep Maria Trias de Bes, al costat d’altres directament problemàtiques i de molt complexa interpretació, com ara Eugeni d’Ors. I és que, al si de la Lliga Regionalista, va existir molta diversitat d’opinions entre 1914 i 1918, en una qüestió tan essencial com era la política exterior, una clau per a qualsevol moviment nacionalista.
Un dels historiadors més actius sobre l’any 1914 ha estat, indubtablement, Maximiliano Fuentes Codera, que va publicar, l’any 2009, el seu estudi pioner El campo de fuerzas europeo en Cataluña: Eugeni d’Ors en los primeros años de la Gran Guerra (Pagès). Tot seguit n’arribaren molts altres: España en la Primera Guerra Mundial. Una movilización cultural (Akal, 2014); juntament amb Xavier Pla i Francesc Montero(col·laboradors d’aquest monogràfic) va editar el rellevant A civil war of words. The cultural impact of the Great War in Catalonia, Spain, Europe and a Glance to Latin America (Peter Lang, 2016), d’indubtable intenció universalista, i diverses coordinacions: «La Gran Guerra de los intelectuales: España en Europa» (per a la revista Ayer, 2013) i «Los intelectuales españoles frente a la Gran Guerra: horizontes nacionales y europeos» (amb Àngel Duarte, per a Historia y Política, 2015). Fuentes revisita el paper fonamental d’Ors en el capítol tercer del seu llibre més recent: Un viaje por los extremos. Eugenio d’Ors en la crisis del liberalismo (Comares, 2017). L’especialista en Puig i Cadafalch Lucila Mallart ressenya un treball recent de Fuentes Codera: La Gran Guerra a les comarques gironines: l’impacte cultural i polític (Diputació de Girona, 2016). Calia incidir en aquest treball, atès que constitueix un model per a tot aquell que es proposi aprofundir en l’estudi d’aquells quatre anys tan intensos al nostre àmbit proper: sense els arxius locals, sense les hemeroteques fins ara inadvertides, no es pot avançar. I és precisament en aquesta direcció on ens proposem continuar explorant. On ens hem proposat avançar.
No podem oblidar una reedició importantíssima que va publicar l’any 2016 el Centre de Cultura Contemporània de Catalunya. A cura de Jaume Sobrequés i Mercè Morales, hem recuperat en un sol volum el monumental comentari a la guerra que Antoni Rovira i Virgili va publicar en cinc volums, i que va titular La guerra de les nacions. Un monument del periodisme català que ens ressenya David Martínez Fiol, qui de debò va ser el primer entre nosaltres que es va dedicar amb profunditat al tema dels voluntaris catalans i les implicacions ideològiques de laliadofília catalana.
Amb tots aquests treballs considerem que no només plantegem una estat de la qüestió, sinó que, a més, els col·laboradors han estat capaços de mirar més enllà del 2018 tot traçant el camí cap a les innovadores investigacions que encara no han arribat. Tot plegat no hauria estat possible sense la iniciativa de Queralt Solé i Vicent Olmos, a qui volem l’agrair l’interès i la possibilitat d’ampliar els nostres coneixements sobre l’etapa 1914-1918.
Fa quatre anys que feia cent anys que el jove Gaziel s’asseia, a la Biblioteca Nacional de París, i pensava en els cent estudis que s’escriurien sobre la Primera Guerra Mundial. Som els seus hereus. Continuem la feina. L’hem continuada, i gràcies a tots els col·laboradors que l’han continuat. Els camins, els arxius, ens porten cada cop més lluny.

Andreu Navarra
Afers, XXXIII:89 (2018), pp. 19-21

dimecres, 4 d’abril de 2018

"El año nuevo de los árboles", de David Aliaga


               

        A David Aliaga le gustan las simetrías. Hace dos años publicaba un libro de relatos que supuso un punto de inflexión en su modo de comprender la narrativa. Este año reedita aquel enigmático Y no me llamaré más Jacob, y lo acompaña de este nuevo libro hermano que también publica Sapere Aude. La decisión se entiende: hay puentes, de formato y concepto y de tema, entre ambos.
        Aliaga venía de publicar Inercia gris (Base, 2013) y la novela corta Hielo (Paralelo Sur, 2014), dos libros que pronto alguien reivindicará seriamente. Condenados a la reedición. La escritura de Aliaga era sorprendentemente técnica para alguien que no había alcanzado ni los treinta años. Pero es que la cosa es más llamativa, porque da la casualidad de que David Aliaga aún no ha llegado a los treinta años. Con solo un libro a sus espaldas, Sergi Bellver lo incluyó en su magnífica antología Madrid Nebraska. EE.UU. en el relato español del siglo XXI (Bartleby, 2014), justo al lado de… ¡Eloy Tizón! Tizón, ya muy consolidado como maestro del género, nació en 1964… Otros escritores del volumen: Sergio del Molino, Paula Lapido, Fernando Clemot, Juan Carlos Márquez… con estos se codeaba aquel veinteañero, que sigue siéndolo.
        Esa escritura carveriana de los inicios saltó por los aires en el año 2016. Nuestro autor cambió el escalpelo por las galerías del alma, y los ambientes gélidos por las sinagogas, los ecos de los estragos de los totalitarismos, y las reliquias. Aliaga cambió Nebraska o Noruega por Dachau y Salónica; y los cuentos como artefactos autónomos por los relatos que hacen rizoma los unos con los otros, entrecruzándose a través de inesperados cables y túneles. Los contornos cortantes y la perplejidad fueron sustituidas por las odiseas identitarias y la muy pudorosa autoficción. La escritura de Aliaga era un cubo, un poliedro de aristas muy vivas: hoy es un laberinto de recuerdos cruzados, o el viaje para intentar recobrar la memoria entre nieblas. De lo externo radical hemos pasado a lo interno visceral; del registro factual, al símbolo. De la fuerza de lo anodino, a lo trágico de la historia. El potente lirismo húmedo de Pequeñas muertes, y la reaparición de Edith Wasserman, dialogan directamente con Y no me llamaré más Jacob
     Ahora bien, esta simetría no podría encajar un tercer hermano. Habrá que explorar otra posibilidad, opino. Cambiar de ciclo, seguir preguntando. ¿Qué nos soltará Aliaga de aquí a un par de añitos? ¿Qué le ronda por el magín? Algo sé, pero no lo suelto.
Mandorla, una alegoría sobre la esperanza, es uno de los más logrados: a David Aliaga, además de las simetrías, le salen estupendamente los textos cerrados. Así, también, La nueva escuela, lineal y enigmático, lleno de delicadeza. En Mandorla, la mínima trama sentimental se apoya en un tenue correlato que relaciona la vida de una pareja con la de un árbol invadido de un hongo letal. Muchos de sus nuevos cuentos están construidos como muñecas rusas: por ejemplo, Un abuelo sefardí, Imposibilidad de una palabra o Le regalaré mis libros de Zweig. A veces es una mera imagen (una lluvia de ceniza sobre París) la que despliega sobre el mundo real el irreal pero simbólico. La ceniza es el símbolo más frecuente en esos textos de ceramista emocional. Para todos reserva su prosa contenida y de buena madera.
Hace dos años reseñé Y no me llamaré más Jacob y para mí continuar con esa simetría resultaba una tentación. Ojalá pueda, de aquí en adelante, continuar con esta cita habitual con los libros de David Aliaga. Algún día este hombre tendrá cincuenta años y nos jubilará a todos. Acuérdense de lo que digo.



Publicado en Quimera, 411, marzo de 2018.

dijous, 1 de març de 2018

Vacaciones negras



Les llamaron locos, herejes, inmorales. Los llevaban a los tribunales, y ellos iban a allí contentos porque entonces podían celebrar sus escándalos, seguir escupiendo su bilis ante un público cautivo, que no compraba sus novelas pero sí vociferaba contra su presunta pornografía. Fueron, básicamente, tres, hacia 1880: Alejandro Sawa, Eduardo López Bago y Felipe Trigo. Estaban hartos de la calma chicha de la Restauración. En el mundo existían cosas que nadie quería ver, porque nadie quería arreglar. La virtualidad de la obra literaria ayudaba a todos esos buenos ciudadanos a construirse un mundo perfecto, el mundo de la idealidad en que habitaban, que debía verse reflejado en novelas ejemplares: épicas, morales, espejos de virtudes y de abnegación. Sin embargo, esa pequeña galaxia de chalados reflejaba peleas, prostitución, matrimonios por dentro, explotación contra la mujer, servidumbre, noche cultural, bragas, calzoncillos, ropa sucia, suburbios, tuberculosis, antros, garitos, tugurios, buñolerías, enfermedades venéreas. Con más urgencia que buen estilo deseaban dar puñetazos literarios, remover un poco el cotarro. Y ese fue un poco el problema: escribir una literatura basada en toscos puñetazos, cuando afinar el sarcasmo podría haber sido mucho más efectivo.
La Historia los olvidó, pero esa historia ha vuelto. Con la sociedad hecha un adefesio, surgen voces que reclaman una literatura moral, ajustada, espejo de buenas costumbres. Sin embargo, el monstruo continúa aquí delante. No verlo o no querer reflejarlo ni examinarlo constituye la hipocresía de nuestro tiempo. Cada vez son más los novelistas que pierden la paciencia ante las policías lingüísticas, que son policías ideológicas. Pero lo hacen con más astucia que Sawa o López Bago. En eso hemos mejorado bastante. La sinceridad literaria no tiene por qué soltar la mano al estilo. Tampoco hace falta hoy acabar en el calabozo. Aunque tiempo al tiempo… De momento (y antes no pasaba) si escribes un mail a un amigo que tiene algún cargo a su dirección de trabajo, el mail rebota. Es asombroso: si escribes “whisky” o “churri” en un mail, un robot con criterios morales selecciona tu correo y lo pone en cuarentena. Las palabras malsonantes son como un virus. De algún modo se nos invita, no a que nos pongamos un condón, sino a que vivamos dentro del condón. Dentro de la profilaxis hablada, nuestra nueva religión.
De momento, nos quedan novelas como la que acaba de publicar Juan Carlos Márquez. Resort (Salto de Página) explora la oscuridad  de nuestra pobre civilización presente. Las vacaciones familiares son la quintaesencia de la hipocresía social de nuestro entorno. Las familias se trasladan a lugares horribles, en los que se pelea por una hamaca, donde las sonrientes animadoras de hotel odian su trabajo, su ropa, el peinado que les obligan a llevar, donde toda promesa de vida feliz es prostituida y bastardeada. Donde desaparecen los niños, donde la comida es reutilizada una y otra vez, donde los cocineros son magos del glutamato, donde los hombres no saben ya qué hacer con sus erecciones. Donde un jubilado monta celosa guardia durante horas sobre un rectángulo de arena en el que, unas horas más tarde, ha de yacer su familia. Donde un padre de familia va perdiendo poco a poco su serenidad para acabar explotando de rabia. Donde toda la hediondez moral de nuestro tinglado económico aflora, con las taras que nadie quiere ver: pobreza, ansiedades, insatisfacción, explotación, radical fealdad arquitectónica, sinsentido cotidiano, alienación, comida basura, presión estética, desposesión del cuerpo. Centrada en la peripecia de un policía que acaba de procrear, Resort muestra el reverso de nuestra presunta felicidad, creando un micromundo de oscuridad en la que vivimos inmersos, y esto si no se da el caso de que esa inmensa fábrica de hipocresía nos deglute y nos obliga a participar de sus rituales sociales, como el Aquagym o las discotecas.
Márquez nos acompaña al lugar desde el que podemos desmontar las sonrisas de las fiestas del consumo, donde la persona humana es capaz de rebajarse hasta extremos inquietantes.
Menos corrosiva y más introspectiva, Inundación (Sloper), de Patrícia Font, también transcurre en un micromundo anónimo que gira en torno a la playa y sus inenarrables prácticas sociales. Hernán es un joven perdedor que regenta, junto a su padre, un chiringuito de playa cutre y ruinoso. A Hernán le ocurre algo extraño: de repente, se le aparece su hermano Julio, muerto tres años antes, y este hecho inexplicable acciona los engranajes de su vida absurda, de su existencia para la nada, para la deuda.
Márquez hace diez años que publica, y no para de ganar premios. Es un nombre en ascensión, y su nueva novela es un grado más a su progresión. Se le ve un autor con las herramientas a punto. Su estilo es directo y sabio, rápido y afilado, y también vampírico. Font procede del mundo del teatro, aunque también ha trabajado para la televisión. Inundación es su primera novela, y ha hecho bien en esperarse. Su narración es dinámica y mental, se nota que pertenece a alguien acostumbrado a pensar sobre el diálogo y la escena. Nada que ver con la literatura de batracio, empachada de conceptos librescos y moralina multiusos. Una muestra representativa de la particular voz fontiana podría ser el siguiente párrafo: “Julio se levanta y abraza a su hermano [recordemos que se trata de un fantasma] y él se deja abrazar para volver a comprobar que es real. Bueno, a ver cuándo se pudre, se evapora y se va, igual que se va la resaca. Julio: Si uno le quitara lo de la muerte, ¿qué hay de él en él? Solo uno se conoce a sí mismo. Hernán le toca los brazos, hunde sus dedos contra la carne, calibra la tensión de sus músculos; es súper real. Julio se queja de un pellizco, pega un saltito y se queda en la parte soleada del balcón. Grita de dolor, un alarido profundo, de esos que engullen al resto de sonidos, a todos los ruidos de alrededor, parecido al centrifugado de una lavadora sobrecargada. ¿Le está pasando algo? Hernán deduce que Julio tiene la fisiología de un vampiro, quizás de un zombie. Todo esto le está rallando bastante”. Bailando pobremente entre la realidad y el deseo, Hernán trata de instalarse en la utopía. Una utopía caracterizada por el bienestar económico y una vida menos subhumana, sexualizable: “Hernán sabe que su padre debe de estar en el bar, detrás de la barra con su calva y su barriga, con la bayeta sucia encima de alguna mesa. Y esperando que él descuelgue  para meterle la bronca. Eso es lo que es. Pero Hernán sabe que en el futuro será distinto. Hernán se imagina el futuro; uno bucea y sale a flote y todo lo ve claro y sin sal. Ve el local reformado y casi puede oler la comida; casi escuchar el grupo de música que contratarán en temporada alta”. Lo que es y lo que podría ser. Pero las alemanas empapadas en bañador que acuden a su puerta, se quedan fuera de su chringuito, y no llegan a entrar. Porque Hernán ni siquiera es capaz de comunicarse con ellas. Porque es un cateto. El clásico cateto español de 1960. Porque no hemos avanzado nada, leches.
El fantasma se escapa y Hernán sale a buscarlo, preguntándose si no estará buscándose a sí mismo. Porque Hernán no es como el policía o el papi de la novela de Márquez, no va caliente eternamente. Su desidia vital es tan preocupante que ni siquiera le interesan las chicas. La feminidad, en la novela de Font, es sobre todo ausencia. Y no debe extrañarnos, con este panorama humano de mafiosos cutres, perdedores y peligrosos chulos. Las vacaciones son un espacio de masculinidad reptante, fundamentalmente ensuciada. Lo único que le preocupa es conseguir dinero para poder comprar alcohol, venderlo y salir a flote.
Estilo de paradojas, elipses y juegos de equívocos. Juguetón y melancólico. Font explora los horizontes metafísicos de la persona humana a través de objetos amenazados, manchados de decadencia y hollín cotidiano: lavadoras, cubatas, bambas de plástico, bolsas de deporte, patatas fritas, coches sin glamur, bloques de apartamentos, chancletas, bayetas y bañadores. Todos los objetos abocados al fracaso que conforman este pequeño universo de la derrota que es un pueblo de costa indistinguible del de al lado. Porque tanto el hotel de Márquez como el putrefacto pueblo de Font son la cloaca de la Humanidad. Y allí, con todo en contra, rodeados de macetas y biquinis y camareros, tienen que sobrevivir sus estragados protagonistas.
Alegrémonos de poder contar con novelistas que oxigenan nuestra atmósfera. Nuestros feudalismos mentales tienen las de ganar, pero aún podemos dejar de reptar y desafiarnos ante tanta falsa calma chicha de la Restauración.

Andreu Navarra

Publicado en Quimera, 410 (febrero 2018).


diumenge, 12 de novembre de 2017

Dos dies a Maçanet


Fa relativament poc vaig voler visitar Trujillo des de Mérida. Vaig caminar fins l’estació d’autobusos i vaig preguntar pel cotxe de línia. Em miraven estrany: em van dir que només n’hi havia dos: un a les set del matí i l’altre a les vuit. De la nit. Vaig posar cara d’astorament, i encara em van mirar més estrany. Vaig demanar el paper dels horaris, i ara els sorpresos van ser ells. No existia paper d’horaris. La veritat és que vaig sortir de l’estació maldient i fent molinets amb els braços. Com era possible! Però abans d’ahir, l’evidència del subdesenvolupament va ser encara més feridora.
Havia reservat dues nits d’hostal a Maçanet: sabia que hi desembocaven dues línies de tren, i vaig estudiar dues rutes de bosc per veure castells. Després (malviatge!) vaig veure que l’estació de Maçanet era a 10 Km del poble. Vaig canviar el pla: hi aniria amb la Sagalés. Vaig trucar a Sagalés: no sabien on havia de trucar, vaig haver de trucar a tres llocs diferents: en tots em responia algú d’origen eslau que no sabia absolutament res. M’enviaven a un web que donava error i que no servia per a res. A Barcelona tampoc tenien el paperet d’horaris per anar a una localitat a 70 Km, veïna d’Hostalric i Blanes...
Bé, vam anar una mica a l’aventura. El tren va tardar tres hores. Vaig trucar un taxi de Maçanet. Va dir que era Girona, que tardaria 45 minuts. Va tardar una altra hora i mitja... a zero graus! Per sort, el meu fill i jo ens ho vam passar molt bé jugant a futbol a l’aparcament. Durant el trajecte, jo llegia una novel·la d’Ian Mc Ewan mentre ell repassava la lliçó d’anglès i llegia còmics i m’explicava historietes de l’escola.
En total, unes 5 hores per arribar a Maçanet...!
Per sort, a l’hostal ens esperava un enorme bistec  de carn de Girona. Suficient com per oblidar els obstacles del trajecte. També és cert que els obstacles dels trajectes són la gràcia dels viatges, els estímuls de l’enginy, i el secret de tot plegat consisteix a convertir qualsevol situació hostil en un ambient de positivitat.
De Maçanet, en Pla hauria dit que es tractava d’un poble “normal”. Ara bé, s’hi menja de conya. I la gent és calmada i agradable, amb aquest tracte afectuós, directe i una mica rude del país. L’església, estranyament boteruda, és del segle XI. Els voltant em recorden els de Santa Pau. Rodegen Maçanet uns turons poblats d’alzines que són com bombolles de lava assecades. Són turons totalment rodons, com el volcà Rocanegra sense la boca de l’infern. Certament, les pedres hi són negres o vermelloses, inconfusibles. La vista des del camí és impagable: veiem perfectament les crestes nevades de les muntanyes del Ripollès. Em sorprèn l’aire “vigatà”, prepirinenc de l’indret.
Pujar al Turó de Sant Jordi i pujar al castell val molt la pena. La vista des de dalt és impressionant. Davant hi queda el Montseny en tota la seva majestat. Però no sembla una muntanya d’ametistes: ara a la tardor té un colo més aviat marronós. A l’altra banda, el Montnegre. A mà dreta, les Guilleries, arrodonides com mugrons de color verd. A deu Km, voltada de boires, reconeixem el castell d’Hostalric, que hem vist moltes vegades. Per què emociona tant reconèixer llocs familiars des de lluny?
Del castell es conserven els fossars, els fonaments i una torre. El meu fill fa tocar una campana i persegueix erugues. Pel camí va agafant bastons.
Tot baixant, encetem el camí del Pou de Glaç de Buscatell. Però en quedem a tot just dos quilòmetres d’aquesta fita. N’hem fet 4 i mig, els mateixos que ens queden per a tornar. L’excursió és magnífica. A mesura que ens allunyem de la carretera (on hem vist un enorme rapinyaire marró), els alzinars es tornen densos i dignes d’el Senyor dels Anells. En un moment donat, la vegetació canvia ràpidament: d’un ambient d’alzines i pins passem a unes petites valls d’eucaliptus, pi negre i, de tat en tant, avets. Es nota que això són contraforts del Montnegre. L’aire és humit i fresc.
Passem un indret que era com una catedral groga. De la Selva són característics aquests boscos d’oms i freixes cultivats o repoblats, perquè estan plantats en línia. Jo, que estiuejava a Lloret, sovint els veia des de la carretera que anava d’Hostalric a Blanes, pensant si alguna vegada podria vagarejar-hi o nedar en aquells mars de fulles seques. Ara ho fa el meu fill. Ja veieu que jo devia ser un nen força introspectiu. Els oms són altíssims i ho tenyeixen tot d’or. És el segon moment màgic de l’excursió.
Tornant, ens saluda un ruc molt cridaner. A la tarda, com que la tele de l’hostal no funciona, canviem de plans: fem una guerra de coixins, anem a veure la Torre Marata (mentre es pon el sol), un altres castellet del segle XIII, i juguem a bàsquet. En total, haurem fet uns 12 Km.
Dormim unes deu hores. Al matí, el taxi ens deixa a l’estació de Sils. Si Maçanet em va semblar petit, Sils és un només un llogarret que respira calma. Deixo passar el primer regional més o menys expressament. He vist que l’Estany de Sils queda a tocar de pedra i que, tot i portar la maleta, hi podríem fer un volt. Trec bitllets per al proper i girem cua cap a l’espai natural. Fa un dia esplèndid. Hem de carregar també amb els jerseis i les jaquetes. Pugem una petita torre d’observació, com les que hi ha als aiguamolls de L’Empordà i El Prat. Després rodegem l’estany i extrem a una cabana de fusta ideal per a espiar les aus. La veritat, no pensava que hi quedessin ànecs. Veiem algunes fotges i famílies de coll-verds. Però el bo havia d’arribar aviat: de sobte, apareix un aligot marró (igual que el d’ahir a la tarda), i espanta cinc o sis bernats pescaires que descansaven en un arbre, i que no havíem vist pel contrallum. L’atac és espectacular.  Podem veure els ocellots còmodament, i identificar-los gràcies als plafons amb dibuixos. Saltem d’entusiasme. Quan vam aterrar a la Selva estàvem a tres graus sota zero. Marxem de Sils més o menys a 25... la vida és curiosa.
Arribem a Barcelona en una mica més d’una hora: la línia de l’interior és molt millor que la de costa. El Montseny ens acompanya un bon tros, fins a Granollers. A partir d’aquí, la via és directa. A Montcada tornem a veure éssers derrotats, lletgesa inacabable. Els voltants de la sagrera són sots fantasmals, plens d’estructures de formigó que no són res ni aboquen enlloc. La Natura tan perfecta, els castells tan bonics, i nosaltres edificant aquesta merda perquè es folrin quatre directius i regidors. En fi.

Tornarem. La foto és el dibuix que ha fet el meu fill en cinc minuts en una targeta. Figura el castell de Torcafelló, l’aligot i el ruquet.

dijous, 9 de novembre de 2017

Cent anys de l'Assemblea de Parlamentaris


L’Assemblea de Parlamentaris de 1917 i la Catalunya rebel
Joan Esculies i David Martínez Fiol
Centre d’Història Contemporània de Catalunya, 2017.

El passat dimarts 7 d’octubre  es va presentar a l’Auditori Mercè Rodoreda de la Universitat Pompeu Fabra el nou llibre de Joan Esculies i David Martínez Fiol. No era la primera vegada que aquests dos historiadors veterans (tot i que tenen edats molt diferents) s’asseien a escriure un bon llibre d’història de Catalunya. L’any 2014 ja havien publicat plegats 12.000! Els catalans a la Primera Guerra Mundial, que és un llibre de referencia per al període. El debat l’organitzava el Grup de Recerca en Estats, Nacions i Sobiranies de la UPF, i va gaudir de la presència, entre el públic, de figures molt senyeres de la historiografia catalana, que van participar molt: Agustí Colomines, Enric Ucelay-da-Cal i Josep Pich i Mitjana.  
Era d’esperar que es parlés de la situació de 2017, tenint en compte que el llibre estudia un procés polític convuls d’ara fa exactament cent anys. Les similituds i diferències, ja assenyalades pel prologuista, Jaume Sobrequés, van tornar a sortir a la taula i entre el públic. Martínez Fiol va insistir força vegades en el context internacional dels fets de 1917: els intents de democratització a Grècia i Suècia, la Pasqua irlandesa de 1916, així com l’inevitable ambient creat per les Revolucions Russes, van encoratjar la part més audaç del republicanisme català i els cercles socials més propers a la Lliga.
La situació era la següent. A les Cortes, els liberals s’havien fragmentat en tres banderies: la romanonista, la garciaprietista i l’albista. Els conservadors havien patit l’escissió del maurisme, enfront de l’opció Dato, que era la predilecta d’Alfons XIII. En aquest escenari immòbil, resultava impensable que el govern de l’Estat  pogués emprendre millores i reformes per a pal·liar la greu crisi social i dels preus de les subsistències que havia produït la Guerra Europea. La Lliga Regionalista, encapçalada per Cambó, es va proposar aprofitar el descontent per a impulsar una reordenació de l’Estat en clau federativa. Mentre s’aprofundia en el pensament autonomista, l’Assemblea de Parlamentaris es va proposar erigir-se com a l’autèntica força representativa i legítima de l’Estat, enfront d’un sistema militaritzant i que tendia a mantenir tancat el Congrés.
El catalanisme maximalista (el de Rovira i Virgili) venia d’encapçalar les campanyes aliadòfiles. Rovira pensava que el triomf dels aliats afavoriria les reivindicacions del nacionalisme català. S’equivocava. Mentrestant, la Lliga havia bastit el seu projecte d’una Catalunya gran dins d’una Espanya gran. Prat havia mort aquell mateix 1917.
Vagues generals, malestar social, revoltes al carrer, un sistema que reaccionava autoritàriament, somnis republicans, resultat d’una greu crisi econòmica patida per les classes obreres... Tot plegat ens ha de sonar força. Però, no obstant les semblances, Esculies i Martínez Fiol han escrit un autèntic llibre d’història, no un document de reflexió presentista. Cal insistir-hi. Amb aquesta nova aportació, que van presentar com la filla petita d’un projecte més gros que ha d’aparèixer en castellà a Editorial Espuela de Plata, els autors acaben de perfilar-se com uns dels especialistes més reputats en aquesta època de la política i la societat catalanes.