dimecres, 4 d’abril de 2018

"El año nuevo de los árboles", de David Aliaga


               

        A David Aliaga le gustan las simetrías. Hace dos años publicaba un libro de relatos que supuso un punto de inflexión en su modo de comprender la narrativa. Este año reedita aquel enigmático Y no me llamaré más Jacob, y lo acompaña de este nuevo libro hermano que también publica Sapere Aude. La decisión se entiende: hay puentes, de formato y concepto y de tema, entre ambos.
        Aliaga venía de publicar Inercia gris (Base, 2013) y la novela corta Hielo (Paralelo Sur, 2014), dos libros que pronto alguien reivindicará seriamente. Condenados a la reedición. La escritura de Aliaga era sorprendentemente técnica para alguien que no había alcanzado ni los treinta años. Pero es que la cosa es más llamativa, porque da la casualidad de que David Aliaga aún no ha llegado a los treinta años. Con solo un libro a sus espaldas, Sergi Bellver lo incluyó en su magnífica antología Madrid Nebraska. EE.UU. en el relato español del siglo XXI (Bartleby, 2014), justo al lado de… ¡Eloy Tizón! Tizón, ya muy consolidado como maestro del género, nació en 1964… Otros escritores del volumen: Sergio del Molino, Paula Lapido, Fernando Clemot, Juan Carlos Márquez… con estos se codeaba aquel veinteañero, que sigue siéndolo.
        Esa escritura carveriana de los inicios saltó por los aires en el año 2016. Nuestro autor cambió el escalpelo por las galerías del alma, y los ambientes gélidos por las sinagogas, los ecos de los estragos de los totalitarismos, y las reliquias. Aliaga cambió Nebraska o Noruega por Dachau y Salónica; y los cuentos como artefactos autónomos por los relatos que hacen rizoma los unos con los otros, entrecruzándose a través de inesperados cables y túneles. Los contornos cortantes y la perplejidad fueron sustituidas por las odiseas identitarias y la muy pudorosa autoficción. La escritura de Aliaga era un cubo, un poliedro de aristas muy vivas: hoy es un laberinto de recuerdos cruzados, o el viaje para intentar recobrar la memoria entre nieblas. De lo externo radical hemos pasado a lo interno visceral; del registro factual, al símbolo. De la fuerza de lo anodino, a lo trágico de la historia. El potente lirismo húmedo de Pequeñas muertes, y la reaparición de Edith Wasserman, dialogan directamente con Y no me llamaré más Jacob
     Ahora bien, esta simetría no podría encajar un tercer hermano. Habrá que explorar otra posibilidad, opino. Cambiar de ciclo, seguir preguntando. ¿Qué nos soltará Aliaga de aquí a un par de añitos? ¿Qué le ronda por el magín? Algo sé, pero no lo suelto.
Mandorla, una alegoría sobre la esperanza, es uno de los más logrados: a David Aliaga, además de las simetrías, le salen estupendamente los textos cerrados. Así, también, La nueva escuela, lineal y enigmático, lleno de delicadeza. En Mandorla, la mínima trama sentimental se apoya en un tenue correlato que relaciona la vida de una pareja con la de un árbol invadido de un hongo letal. Muchos de sus nuevos cuentos están construidos como muñecas rusas: por ejemplo, Un abuelo sefardí, Imposibilidad de una palabra o Le regalaré mis libros de Zweig. A veces es una mera imagen (una lluvia de ceniza sobre París) la que despliega sobre el mundo real el irreal pero simbólico. La ceniza es el símbolo más frecuente en esos textos de ceramista emocional. Para todos reserva su prosa contenida y de buena madera.
Hace dos años reseñé Y no me llamaré más Jacob y para mí continuar con esa simetría resultaba una tentación. Ojalá pueda, de aquí en adelante, continuar con esta cita habitual con los libros de David Aliaga. Algún día este hombre tendrá cincuenta años y nos jubilará a todos. Acuérdense de lo que digo.



Publicado en Quimera, 411, marzo de 2018.

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