dijous, 1 de març de 2018

Vacaciones negras



Les llamaron locos, herejes, inmorales. Los llevaban a los tribunales, y ellos iban a allí contentos porque entonces podían celebrar sus escándalos, seguir escupiendo su bilis ante un público cautivo, que no compraba sus novelas pero sí vociferaba contra su presunta pornografía. Fueron, básicamente, tres, hacia 1880: Alejandro Sawa, Eduardo López Bago y Felipe Trigo. Estaban hartos de la calma chicha de la Restauración. En el mundo existían cosas que nadie quería ver, porque nadie quería arreglar. La virtualidad de la obra literaria ayudaba a todos esos buenos ciudadanos a construirse un mundo perfecto, el mundo de la idealidad en que habitaban, que debía verse reflejado en novelas ejemplares: épicas, morales, espejos de virtudes y de abnegación. Sin embargo, esa pequeña galaxia de chalados reflejaba peleas, prostitución, matrimonios por dentro, explotación contra la mujer, servidumbre, noche cultural, bragas, calzoncillos, ropa sucia, suburbios, tuberculosis, antros, garitos, tugurios, buñolerías, enfermedades venéreas. Con más urgencia que buen estilo deseaban dar puñetazos literarios, remover un poco el cotarro. Y ese fue un poco el problema: escribir una literatura basada en toscos puñetazos, cuando afinar el sarcasmo podría haber sido mucho más efectivo.
La Historia los olvidó, pero esa historia ha vuelto. Con la sociedad hecha un adefesio, surgen voces que reclaman una literatura moral, ajustada, espejo de buenas costumbres. Sin embargo, el monstruo continúa aquí delante. No verlo o no querer reflejarlo ni examinarlo constituye la hipocresía de nuestro tiempo. Cada vez son más los novelistas que pierden la paciencia ante las policías lingüísticas, que son policías ideológicas. Pero lo hacen con más astucia que Sawa o López Bago. En eso hemos mejorado bastante. La sinceridad literaria no tiene por qué soltar la mano al estilo. Tampoco hace falta hoy acabar en el calabozo. Aunque tiempo al tiempo… De momento (y antes no pasaba) si escribes un mail a un amigo que tiene algún cargo a su dirección de trabajo, el mail rebota. Es asombroso: si escribes “whisky” o “churri” en un mail, un robot con criterios morales selecciona tu correo y lo pone en cuarentena. Las palabras malsonantes son como un virus. De algún modo se nos invita, no a que nos pongamos un condón, sino a que vivamos dentro del condón. Dentro de la profilaxis hablada, nuestra nueva religión.
De momento, nos quedan novelas como la que acaba de publicar Juan Carlos Márquez. Resort (Salto de Página) explora la oscuridad  de nuestra pobre civilización presente. Las vacaciones familiares son la quintaesencia de la hipocresía social de nuestro entorno. Las familias se trasladan a lugares horribles, en los que se pelea por una hamaca, donde las sonrientes animadoras de hotel odian su trabajo, su ropa, el peinado que les obligan a llevar, donde toda promesa de vida feliz es prostituida y bastardeada. Donde desaparecen los niños, donde la comida es reutilizada una y otra vez, donde los cocineros son magos del glutamato, donde los hombres no saben ya qué hacer con sus erecciones. Donde un jubilado monta celosa guardia durante horas sobre un rectángulo de arena en el que, unas horas más tarde, ha de yacer su familia. Donde un padre de familia va perdiendo poco a poco su serenidad para acabar explotando de rabia. Donde toda la hediondez moral de nuestro tinglado económico aflora, con las taras que nadie quiere ver: pobreza, ansiedades, insatisfacción, explotación, radical fealdad arquitectónica, sinsentido cotidiano, alienación, comida basura, presión estética, desposesión del cuerpo. Centrada en la peripecia de un policía que acaba de procrear, Resort muestra el reverso de nuestra presunta felicidad, creando un micromundo de oscuridad en la que vivimos inmersos, y esto si no se da el caso de que esa inmensa fábrica de hipocresía nos deglute y nos obliga a participar de sus rituales sociales, como el Aquagym o las discotecas.
Márquez nos acompaña al lugar desde el que podemos desmontar las sonrisas de las fiestas del consumo, donde la persona humana es capaz de rebajarse hasta extremos inquietantes.
Menos corrosiva y más introspectiva, Inundación (Sloper), de Patrícia Font, también transcurre en un micromundo anónimo que gira en torno a la playa y sus inenarrables prácticas sociales. Hernán es un joven perdedor que regenta, junto a su padre, un chiringuito de playa cutre y ruinoso. A Hernán le ocurre algo extraño: de repente, se le aparece su hermano Julio, muerto tres años antes, y este hecho inexplicable acciona los engranajes de su vida absurda, de su existencia para la nada, para la deuda.
Márquez hace diez años que publica, y no para de ganar premios. Es un nombre en ascensión, y su nueva novela es un grado más a su progresión. Se le ve un autor con las herramientas a punto. Su estilo es directo y sabio, rápido y afilado, y también vampírico. Font procede del mundo del teatro, aunque también ha trabajado para la televisión. Inundación es su primera novela, y ha hecho bien en esperarse. Su narración es dinámica y mental, se nota que pertenece a alguien acostumbrado a pensar sobre el diálogo y la escena. Nada que ver con la literatura de batracio, empachada de conceptos librescos y moralina multiusos. Una muestra representativa de la particular voz fontiana podría ser el siguiente párrafo: “Julio se levanta y abraza a su hermano [recordemos que se trata de un fantasma] y él se deja abrazar para volver a comprobar que es real. Bueno, a ver cuándo se pudre, se evapora y se va, igual que se va la resaca. Julio: Si uno le quitara lo de la muerte, ¿qué hay de él en él? Solo uno se conoce a sí mismo. Hernán le toca los brazos, hunde sus dedos contra la carne, calibra la tensión de sus músculos; es súper real. Julio se queja de un pellizco, pega un saltito y se queda en la parte soleada del balcón. Grita de dolor, un alarido profundo, de esos que engullen al resto de sonidos, a todos los ruidos de alrededor, parecido al centrifugado de una lavadora sobrecargada. ¿Le está pasando algo? Hernán deduce que Julio tiene la fisiología de un vampiro, quizás de un zombie. Todo esto le está rallando bastante”. Bailando pobremente entre la realidad y el deseo, Hernán trata de instalarse en la utopía. Una utopía caracterizada por el bienestar económico y una vida menos subhumana, sexualizable: “Hernán sabe que su padre debe de estar en el bar, detrás de la barra con su calva y su barriga, con la bayeta sucia encima de alguna mesa. Y esperando que él descuelgue  para meterle la bronca. Eso es lo que es. Pero Hernán sabe que en el futuro será distinto. Hernán se imagina el futuro; uno bucea y sale a flote y todo lo ve claro y sin sal. Ve el local reformado y casi puede oler la comida; casi escuchar el grupo de música que contratarán en temporada alta”. Lo que es y lo que podría ser. Pero las alemanas empapadas en bañador que acuden a su puerta, se quedan fuera de su chringuito, y no llegan a entrar. Porque Hernán ni siquiera es capaz de comunicarse con ellas. Porque es un cateto. El clásico cateto español de 1960. Porque no hemos avanzado nada, leches.
El fantasma se escapa y Hernán sale a buscarlo, preguntándose si no estará buscándose a sí mismo. Porque Hernán no es como el policía o el papi de la novela de Márquez, no va caliente eternamente. Su desidia vital es tan preocupante que ni siquiera le interesan las chicas. La feminidad, en la novela de Font, es sobre todo ausencia. Y no debe extrañarnos, con este panorama humano de mafiosos cutres, perdedores y peligrosos chulos. Las vacaciones son un espacio de masculinidad reptante, fundamentalmente ensuciada. Lo único que le preocupa es conseguir dinero para poder comprar alcohol, venderlo y salir a flote.
Estilo de paradojas, elipses y juegos de equívocos. Juguetón y melancólico. Font explora los horizontes metafísicos de la persona humana a través de objetos amenazados, manchados de decadencia y hollín cotidiano: lavadoras, cubatas, bambas de plástico, bolsas de deporte, patatas fritas, coches sin glamur, bloques de apartamentos, chancletas, bayetas y bañadores. Todos los objetos abocados al fracaso que conforman este pequeño universo de la derrota que es un pueblo de costa indistinguible del de al lado. Porque tanto el hotel de Márquez como el putrefacto pueblo de Font son la cloaca de la Humanidad. Y allí, con todo en contra, rodeados de macetas y biquinis y camareros, tienen que sobrevivir sus estragados protagonistas.
Alegrémonos de poder contar con novelistas que oxigenan nuestra atmósfera. Nuestros feudalismos mentales tienen las de ganar, pero aún podemos dejar de reptar y desafiarnos ante tanta falsa calma chicha de la Restauración.

Andreu Navarra

Publicado en Quimera, 410 (febrero 2018).


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