dilluns, 1 de desembre de 2014

Enrique A. Laguerre y Aguadilla



Retrato de una ciudad con base: Infiernos privados (1986) de Enrique A. Laguerre

Unos gamberros despeñan al cabro Rodolfo y ya nada vuelve a ser igual en Aguadilla. El Pueblo (éste es el nombre que toma la población del extremo oeste puertorriqueño en la novela) es devastado en su zona superior por la construcción de la Base Aérea que construyeron los soldados norteamericanos en 1939 temiendo que Hitler empezara a atacar América por el Sur. Los resultados son culturalmente devastadores: al poeta Jacinto (que representa a las generaciones tardomodernistas) se le llevan el patio de su casa con una nueva carretera, le cortan sus árboles y acaba muriendo alcoholizado. Las familias y tribus expropiadas caen en la miseria y la dispersión. La también poeta Ana María acaba renunciando a sus ensueños angélicos y abraza la nueva vida mercantil que se despliega en la calles de la ciudad. Y quienes acaban triunfando son los gerentes de prostíbulos y los politiquillos que confunden  el Progreso con la tabula rasa de la propia cultura.
            
En su novela, Laguerre no ataca (o se apiada) tanto de los soldados norteamericanos como de los incautos poblanos que se dejan atrapar por los fulgores de la nueva situación.

            
Con Infiernos privados, el autor busca sumarse a los grandes escritores que practicaron (o no les quedó más remedio que practicar dadas las circunstancias naturales de su entorno) el realismo mágico. Pero lo hace con especial inteligencia: ese mundo de maravillas cotidianas (en el que “cada domingo era Domingo de Ramos”, ya que se vivía en perpetuo contacto con las palmas y otros árboles que daban de comer espontáneamente) se esfuma en cuanto llegan los tiempos de la presencia militar norteamericana. Entonces todo se mercantiliza, todo es violado. Las solteronas, viudas y jamonas de la ciudad se arrojan a los pies de los “enormes” gringos, y sus brazos se vuelven “cadenas de hierro” porque esos soldados son su última oportunidad para liberarse sexualmente.
            
El elemento griego está presente desde el principio mismo de la novela para dar un aire mítico y alucinado a todo lo que sucede en la isla caribeña, con resultados idénticos a los del maestro Carpentier. Así, la vieja Casandra del lugar suelta malos augurios a los pecadores que se confirman cuando empiezan a verse aparatos de amarillas alas sobrevolando el terreno designado para el sacrificio. “Como las diosas de la antigua mitología, de súbito la Democracia tornábase implacablemente vengativa. Desde el Olimpo hacía retumbar su imponente poderío”. Los descapotables se bautizan con los nombres de Helios y Faetón, conductores del Dios Sol, y como el del Benny de La guaracha del Macho Camacho son las máquinas con las que trituran hasta el infierno. Los aldeanos se ven literalmente transportados, iluminados, hipnotizados por los recién llegados y las nuevas posibilidades de lucro que traen consigo.
            
No dejan de amenizar el relato los constantes retazos impresionistas de paisaje, aprendidos de Baroja, a través de los cuales el autor destila su vocación poética de siempre, vocación irrenunciable y marca inconfundible de su personalidad estilística: “Huyendo de la carcoma del aburrimiento, Ana María se aventuraba a poblar las márgenes del Pueblo con sueños, a sorprender tesoros voladores en los montes, a viajar por encima de los tejados herrumbrosos hacia la isla gris, por sobre aguas de cambiantes matices, en las que el sol se diluía para desafiar las noches con la candelada de las nubes.” Sólo quien ha vivido en Aguadilla, quien ha disfrutado de su amplia bahía, con el misterioso dibujo de la Isla Desecheo (una vacía Ítaca en el relato, un lugar que traga sueños) en el horizonte, sólo quien ha visto sus puestas de sol llenas de nubes primero amarillas, y luego anaranjadas y fucsia, puede comprender completamente estas palabras descriptivas. El resultado de la especial cocina narrativa laguerriana es la suma del mundo técnico-lingüístico de Cela sumado al humanismo moral de Delibes.

Lo que le molesta más al autor son las burdas improvisaciones que quieren hacerse pasar por progreso consolidado y ascendente, y el hecho de que se cortara de raíz la dirección evolutiva propia de la región: “Son chocantes estas estructuras superpuestas, esta sensación de cosas mal añadidas, de palmaria interinidad, de aldea aprehendida groseramente por un simulacro de ciudad.” La civilización no es la llegada súbita de una serie de innovaciones, sino un proceso de perfeccionamiento paulatino que debe originarse desde la propia identidad. “Porque el Poder no desperdicia tiempo en valerse de la Inocencia colectiva para desatar sus pasiones primitivas disfrazadas de civilización.

La política se ha convertido en pura exhibición de vaciedades: “En la Plazoleta […] han levantado el estrado desde donde hablará el alcalde y se escenificará la programación. Hay modernos y vistosos focos y abundan los banderines.” Los habitantes pierden sus escasos referentes y malviven con incomodidad y nerviosismo: “- ¿Seré inmigrante en su propia tierra? –se pregunta [Alberto] casi en voz alta, curioso, algo aprensivo. Eso suele suceder cuando los pueblos cambian de vida – emigran a otros estilo de vida-, sin salir de su lugar.” Y de ahí viene el aire faulkneriano de la novela: los antiguos ciudadanos de Las Troneras y sus adversarios sociales, los aristocráticos habitantes de las calles de San Carlos y San Servando, empiezan a vivir en y de sombras a medida que avanzan los años y empiezan a comprender que la tropa rubia les ha robado su espacio vital, derruyendo las jerarquías previas, cancelando las estructuras conocidas. Eso lo sabían bien los antiguos trágicos: cuando las clases altas empiezan a vivir alienadas (Sutpen, Edipo, Creonte), se avecina la catástrofe final, el suicidio nacional, la noción misma de supervivencia grupal. Se encierran esos espectros en el Condominio de la segunda parte y allí viven de simulacros e ilusiones fantasmales, aislados del exterior para no darse cuenta de que la nada los está devorando. Los que tratan de luchar contra el tempo se convierten en fantoches risibles: “Las viejas del Condominio visten de modo tal que parece se cubren de yedra como un anticipo del cementerio. A veces, cuando están quietas, con los ojos cerrados, se le figura que están pidiendo un epitafio, como las estatuas mortuorias de camposanto.” Los que se resignan idealizan un pasado que no llegó a existir, simbolizados por el amor trunco de Alberto Calvente (enamorado hasta que se lleva el gato al agua, es decir, llega a casarse con Ana María) y los falsos ideales de ésta, doblegada por las riquezas a la primera oportunidad. Personaje éste especialmente trágico, puesto que logra penetrar en los ámbitos sociales que le eran vedados cuando éstos no significan ya más que pura decadencia. Y con ellos moran Alejandro, un antiguo niño mítico robado por unos gitanos, Eddie Blue, el embrutecido que se sube al carro del capitalismo desenfrenado, Luisa Borges, mujer autonegada, y otros tantos, porque Laguerre no ha abandonado el personaje colectivo practicado desde La llamarada (1935) y aprendido en La Busca (1903) de Baroja.  Una nueva broma del destino: en cuanto los personajes procedentes de las zonas pobres (las altas, las que se han convertido en carreteras), los vecindarios nobles ya no valen nada y sus antiguos moradores ya no son más que ruinas humanas, restos de estirpes tronchadas.




En 1973 se cierra la Base Ramey y, aunque sigue habiendo zonas de acceso restringido rodeadas de alambres y severos portones en el semicírculo, en el interior del antiguo complejo militar, y aprovechando sus edificios remodelados, se encuentra el campus de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla. Un edificio ultra moderno señorea el recinto y alberga la biblioteca. En su interior se encuentran el fondo y archivo de Enrique A. Laguerre, que vivía en Hato Rey (San Juan) pero fue declarado en 1978 hijo adoptivo de Aguadilla, aunque su infancia había transcurrido entre Moca e Isabela. Yo creo que, de estar vivo, al autor de una novela que denunció la traumática alienación sufrida por una ciudad colmada, rebasada, que esperó beneficios rápidos de una invasión y no cosechó más que tantálicas necesidades y mayor miseria, le hubiera gustado ver cómo sus objetos personales, libros y trofeos se depositaban casi sacramente en territorio de la antigua base. Podríamos afirmar que, por una de esas paradojas de la vida, y sólo por esta vez, la cultura había reconquistado un espacio dedicado a fines militares.  


Andreu Navarra Ordoño
Publicado en la revista Icono. Boletín de la Biblioteca Enrique A. Laguerre - Universidad de Puerto Rico en Aguadilla, Núm. 18, Noviembre de 2012, págs. 59-62.



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