dijous, 11 de desembre de 2014

El hombre es una mujer castrada


Pido ayuda a las mujeres (ellas lo saben bien), suelo pedir ayuda a las mujeres cuando los intentos de integrarme en un espejo pálido y ojeroso me conducen a la afirmación: “no sé nada”.
Pido reconstituirme pero se me escapan los ojos de mis cóncavas (“¡Adiós, adiós!”), tienen alas, porque mi visión ya no puede ser plural ni tampoco múltiple porque se ha disuelto en la intuición de que pertenezco a alguna oculta niebla o logia tan extraterrestre como anquilosáurida.
En este sentido, hurgo en el significado de mí mismo y no hallo la rotundidad del ser que, por otra parte, observo en el atajo inmemorial y súbito de la mujer en su fulgor.
Por lo tanto destruyo  la torpeza dinosauria de mis ejercicios narcisistas/lénticos sobre el área desmembrada de este azogue reproductor, me dispongo a contemplar a la mujer en su devenir metafóricamente puro y verbenal, dejo que mis patillas crezcan, admito que mis alados ojos pertenezcan a un felino curvo (u otro no yo), mojo mis ventrículos en un femenino seminal y me limito a aplaudir la santa nocturnidad del encuentro míxtico desde la postura menos pendular posible.


Publicado en Dulce Arsénico, 0,1: “Femenino y plural”

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