dilluns, 3 d’abril de 2017

Machismo y vanguardia: Ensayo sobre la invisibilidad



Machismo y vanguardia. Escritoras y artistas en la España de Preguerra. Así se titula el libro de Encarna Alonso Valero que he encontrado casualmente en una de mis librerías habituales. A veces el azar consigue que uno se cruce con un título sugestivo, cuya lectura no defrauda las expectativas.
Distingue la autora dos períodos o etapas bien diferenciadas en el desarrollo de las vanguardias literarias españolas: la primera, comprendida entre finales de 1918 y 1923, centrada en el inicio y el declive del movimiento ultraísta, y una segunda mucho más academizada y vertebrada en torno a Revista de Occidente y el equipo cultural de José Ortega y Gasset.
Las vanguardias desembarcan en España decisivamente a partir de que Isaac del Vando Villar funda la revista Grecia. Señala Alonso que en ese momento inicial la presencia de mujeres en los medios ultraístas es mínima, ya que en su revista más emblemática, Ultra, no aparecen más que unas escasas líneas escritas por Rosa Chacel, y colaboraciones de la poeta Lucía Sánchez Saornil, que firmaba con un nombre masculino: Luciano de San Saor. Se concluye: “Esa escasez no puede extrañarnos si atendemos a la poética y la teoría del movimiento. Según se puede leer en el Manifiesto ultraísta, la fuerza renovadora de la auténtica vanguardia era viril y aparece identificada repetidamente con lo masculino” (pág.15). El texto insistía en imágenes sexuales y bélicas, cuya conclusión necesaria era que resultaba preciso “romper el himen” de la cultura. Sin duda se trataba de reflejos de lo expresado por Marinetti en los textos fundacionales del Futurismo (1909), formulado explícitamente como un movimiento que despreciaba tanto a la mujer como a lo femenino.
Mucho más significativas (y también, claro, decepcionantes) son las aportaciones teóricas de los grandes nombres de Revista de Occidente. Es a partir de 1923, con la fundación de la revista, cuando las nuevas estéticas se consolidan e incluso se institucionalizan. Cuando, como repite con acierto Alonso, se consolida en torno a Ortega un poderoso campo cultural que regulará lo que es centro y lo que es periferia en el ámbito de la modernidad hispánica. La autora llega a atribuir a Ortega un “poder normativo”. De hecho, en el fondo, lo que hace principalmente la autora es aplicar la teoría de campos de Bourdieu sobre el escenario fascinante de las letras españolas de los años 20, para tratar de llegar a conclusiones claras sobre cuál fue realmente el papel de las mujeres creadoras en un entorno tan claramente monopolizado por los orteguianos. Como escribe Alonso: “quien aparecía en la revista era porque había sido consagrado, constituido como élite, y se consagraba, entre otros mecanismos, asegurándose la prestigiosa posición que ofrecía aparecer en la revista” (pág.30). Los resultados sorprenden, y aunque la autora se cuida de distinguir suficientemente los inmensos méritos teóricos de hombres como Gregorio Marañón o el mismo Ortega, las conclusiones no dejan de resultar dolorosas para un lector acostumbrado a admirar los edificios culturales inmediatamente anteriores a la guerra civil.
Porque las palabras son, en este caso, inequívocas. Ortega teorizaba que lo propio de la mujer era permanecer en la esfera de lo privado, como naturaleza que miraba hacia adentro, y que por lo tanto el género que le tocaba por atribución natural era el epistolar. En cambio, la operación de lanzar lo íntimo hacia afuera, hacia el universo, era propia del hombre, cuya esfera natural era el ámbito público (pág.36).
En 1923, Revista de Occidente publicaba un texto de Simmel en el que este afirmaba que la mente de la mujer no se podía desligar de lo que era naturaleza misma, es decir, irracionalidad y ausencia de proyección pública. Asimismo, Simmel reservaba para las mujeres lo que denominaba “artes reproductivas”, es decir, el bordado o el arte dramático. Pensar, escribir poemas, eran cosas que solo podía ejercer un hombre.
En 1924 veía la luz el trabajo de Gregorio Marañón titulado “Sexo y trabajo”, que no podía ser más elocuente: “Esta desigualdad biológica era el tope que marcaba el distinto camino que cada sexo había de seguir en la vida: tú, mujer, parirás; tú, hombre, trabajarás” (pág. 39). ¡Como si Dolores Moya, su esposa, no le hubiera ayudado con sus libros! ¿Es que no era eso trabajar? En 1910, tal y como reporta Antonio López Vega en su magnífica biografía sobre Marañón, el médico le había escrito a Dolores: “¿Quieres una cosa? Yo te enseñaré a escribir a máquina y tú me copiarás las cosas que escriba. Así estaremos siempre juntos” (Gregorio Marañón. Radiografía de un liberal, Madrid, Taurus, 2011, pág, 74). López Vega afirma también que “Así fue durante toda su vida”: Gregorio iba escribiendo y Lolita mecanografiaba...
Según Marañón, “la especial constitución de su sistema nervioso, que la hace infinitamente apta para los estímulos sensitivos y emocionales tan propios de la maternidad, la hace en cambio poco dispuesta, en el promedio de los casos, para la labor mental abstracta y creadora” (pág.40). De esta forma, a través de la pseudociencia y la filosofía se sustituían los dogmas religiosos en la confrontación de las diferencias naturalizadas, presentadas como hechos irrebatibles e incontrovertibles. Un ejemplo más: el orgasmo era también esencialmente masculino. Las mujeres que lo disfrutaban eran anormales y viriles.
Marañón hablaba de un “promedio” de mujeres negado para la abstracción racional: la existencia de “excepciones”, fundamentalmente Rosa Chacel y María Zambrano, vendrían a confirmar la regla en las teorías de Ortega. Alonso echa de menos una tradición liberal que entroncara con la defensa de las mujeres realizada por Mill: la figura de Ortega y Gasset, sin duda quien mejor hubiera podido representar ese papel, resulta decepcionante en este sentido: “Así como apuesta de manera decidida por la modernidad y el europeísmo en otros campos, siendo ese en definitiva su proyecto intelectual y cultural, en lo que tiene que ver con las relaciones entre los sexos vuelve los ojos atrás y reproduce la ideología clásica ilustrada (y después romántica) de la mujer sensible, irracional y, en definitiva, imposibilitada por su propia naturaleza biológica para lo público” (pág.47).
Afirmó Ortega en un artículo de El Sol (“¿Masculino o femenino?”, 26 de junio y 3 de julio de 1927) que el hombre era completamente independiente de la mujer, pero no la mujer del hombre. En El hombre y la gente, un curso de 1949-50 editado en forma de libro en 1957, repetía que la vida varonil era esencialmente superior a la femenina.
Sin embargo, las excepciones fueron importantes. Tampoco hay que olvidarlo: “En la Revista de Occidente publicaron autoras como Rosa Chacel o María Zambrano, y Maruja Mallo hizo ilustraciones y expuso en sus dependencias tras la impresión que sus cuadros causaron a Ortega, abierto a la creación de excepciones (Chacel en literatura, Mallo en pintura y Zambrano en filosofía: una por disciplina)” (pág.53). Alonso se explica tan claramente que lo mejor es citarla: “La excepción más importante, a pesar de sus inevitables limitaciones, no la encontramos hasta 1931, cuando Rosa Chacel publica en la Revista de Occidente una crítica sobre cómo las teorías contemporáneas de la diferencia sexual servían para marginar a las mujeres de la cultura”. En aquel texto, “Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor” (Núm.31, págs.129-180), Chacel arremetía contra Simmel y Jung y proponía que el género “es una construcción cultural y no un hecho natural” y que “debían impugnarse sus restricciones a la producción artística y cultural” (pág.60).
Rosa Chacel regresó de Roma en 1927 con el manuscrito de Estación. Ida y vuelta bajo el brazo. Estaba convencida de que se ajustaba al canon orteguiano. Por lo tanto, su sorpresa fue mayúscula cuando su novela fue rechazada para la colección “Nova Novorum”, lo cual supuso un duro golpe para su moral de escritora que empezaba a caminar. Efectivamente, Estación. Ida y vuelta, uno de los textos literarios más significativos de la época, vio la luz en la editorial Ulises, en 1930.
Ortega hacía y deshacía, teorizando la desigualdad pero autorizando excepciones señaladas compatibles con su ideología. Cuando hablaba de “generaciones” en sus libros, en El tema de nuestro tiempo, en En torno a Galileo, excluía a las mujeres de sus listas. En el caso de las poetas, fueron manifiestamente “barridas” del “retrato de familia oficial”. Por ejemplo, Dámaso Alonso, en su trabajo Poetas españoles contemporáneos (1952) solo se ocupó de una sola mujer, Carmen Conde.
Algunas anécdotas que refiere Alonso denotan un grosero y brutal machismo, alejado de las sutiles teorías de los elegantes Marañón y Ortega. Por ejemplo, al ser invitado Jacinto Benavente a dar una charla en el Lyceum Club Femenino, rechazó alegando que no sabía dar clases “a tontas y a locas”. No menos doloroso y sangrante es el caso de Luis Buñuel, que cambió el piano de su compañera sentimental por tres botellas de champán.
Se ocupa Alonso también de glosar cuáles fueron los principales focos de formación y desarrollo intelectual de las mujeres en la España de la época, valorando su aportación efectiva y su valor como plataformas de emancipación. En los años diez se fundaron la Junta de Damas de la Unión Iberoamericana de Madrid, heredera de las sociedades de Beneficencia características del siglo XIX; la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (AMNE), declarada políticamente de centro y creada en 1918.  En 1915 se había creado la Residencia de Señoritas, mucho menos ambiciosa en lo cultural que su modelo masculino, e imbuida de cierto corte represivo. Aunque las mujeres estudiaban en ella Magisterio, en 1928 solo dos de las doscientas residentes habían elegido esa carrera: la enorme mayoría ya se había decantado por Farmacia. Eulalia Lapestra, secretaria de la institución, declaraba en el Heraldo de Madrid, en marzo de 1928, que la carrera de Farmacia permitía a las mujeres no abandonar sus hogares familiares.
Derivada de la AMNE se fundó la Juventud Universitaria Feminista (JUF), de más clara vocación intervencionista, y donde se asociaban estudiantes y licenciadas. De ella surgieron las principales personalidades políticas de los años 30, como Victoria Kent y Clara Campoamor. Ya en los años 20, la Cruzada de Mujeres Españolas, presidida por Carmen de Burgos, fue la primera en reclamar el sufragio femenino.
En noviembre de 1926 fue creado el Lyceum Club Femenino, espacio que resultó fundamental para creadoras como Concha Méndez o María Teresa León (pág.80). Fue clausurado, como toda la vida intelectual oxigenada, al final de la guerra civil. Formaron parte de él casi todas las mujeres destacadas del momento: María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourcin, Carmen Baroja, María Goyri, María de la O Léjárraga, Magda Donato, Elena Fortún o Carmen Conde. En 1933, como una agrupación del Partido Comunista de España, se creaba la Agrupación de Mujeres Antifascistas.
No hace falta que insistamos en el hecho de que todas estas asociaciones femeninas fueron duramente combativas, tanto las progresistas como las conservadoras, e incluso las neutras, desde tribunas reaccionarias o incluso desde publicaciones y foros supuestamente progresistas.
Esperamos que el hecho de haber ganado el XVI Premio de Ensayo Miguel de Unamuno 2015 del Ayuntamiento de Bilbao ayude a este libro a abrirse paso entre la maraña abigarrada de títulos que se publican cada año en España. Realmente merece una buena distribución, una buena acogida. Aunque se eche de menos algo más de enfoque multidisciplinar, pocos ensayos saben reunir en tan pocas páginas unos argumentos tan bien sostenidos con unas conclusiones tan claras, tan necesarias para una renovación de nuestras ideas sobre una etapa tan brillante de nuestra cultura. La forma, el ensayo fluido y limpio de digresiones, es muy acertada. Y no se trata en ningún caso de rebajar el valor de la obra literaria de ningún autor, sino más bien, y sobre todo, de romper con un muro de invisibilidad que nos impide entender una época en su totalidad real. Por mi parte, seguiré considerando la labor de Ortega exactamente igual que antes, y a Marañón un ensayista de primer orden; lo que resulta preciso, en todo caso, es desmitificarlos; y en su dimensión humana resultan aún más comprensibles, verosímiles.
Empieza a resultar urgente que reconozcamos a nuestras creadoras, políticas e intelectuales, que profundicemos en su difusión y que respondamos a nuestras preguntas a través de sus legados.

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