dilluns, 13 d’abril de 2015

Literatura y pistolerismo

Pistolerismo y novela: Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa

Andreu Navarra Ordoño


Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa, hijo de Narcís Oller, vio la luz en 1930, fue traducida al francés en 1934, y se reeditó en 1953 y 1980. Sin embargo, pese a su fortuna editorial, no es un texto que haya merecido un gran favor de la crítica. Su prologuista de 1980, Joaquim Martí, la dejó hecha un auténtico trapo. Cuando afirma que se trata de una novela de tesis, lo que desea es subrayar el anacronismo que suponía, en 1930, no asumir en un texto narrativo ninguna de las corrientes renovadoras que circulaban ya más que consolidadas, y presentar a Oller como un retrógrada en estética y política. Por lo tanto, no seguía a las cumbres de la novela catalana de la época, ni el hibridismo fragmentario de La Ben Plantada de d’Ors, ni el psicologismo de Miquel Llor, ni el textualismo de los vanguardistas, a quienes Oller ridiculiza como extravagantes en su texto.
            Las cosas empezaron a cambiar el año pasado, cuando el periodista Joan Safont, con la ironía que le caracteriza, defendió la validez con la que Joan Oller reprodujo el ambiente político-social de la Barcelona de 1918, e incluso jugó con la extrapolación del conflicto ideológico que separa a la pareja protagonista con lo que pudiera muy bien ocurrir en la Barcelona actual, dividida entre independentistas e “indignados”.
A Martí no le gusta que se critique al sindicalismo, tildando de “tendencioso” todo lo que el narrador explica sobre los atentados perpetrados por anarcosindicalistas. En definitiva, según Martí, la novela es un insoportable pastiche de materiales mal asimilados. Una amalgama moralmente censurable y estéticamente impresentable. Pero Oller no inventa las fechorías perpetradas, y tampoco niega que la patronal contratara, a su vez, a pistoleros para abatir al adversario. Además, intentaremos demostrar que Joan Oller i Rabassa se adhirió a una estética contemporánea, la que representaba Pío Baroja, y que no mintió acerca de los defectos de que adolecían las doctrinas que criticó. 
Por poco que el lector se haya familiarizado con la obra de Pío Baroja, especialmente con las novelas de la trilogía de La lucha por la vida (1903-1904): La Busca, Mala hierba y Aurora roja, encontrará no pocos ecos del escritor vasco en la novela de Oller. Y esto no debe sorprendernos: ¿quién si no Baroja había escrito novelas sobre el terrorismo anarquista? El  aroma del vasco es omnipresente: Fe Beringola es la típica sabihonda fanática que aparece en claroscuro en las novelas barojianas, de un modo especial en El mundo en ansí (1912), aunque la naturaleza generosa, caritativa y su capacidad para amar la realcen por encima de las mujeres barojianas. Claudi Roca, el protagonista, el catalanista separatista y soñador, es también un antihéroe típicamente barojiano: claudicante, lleno de dudas, que engorda, que traiciona sus ideales para adaptarse a lo fácil, y que se amolda a la esclavitud espiritual y a los convencionalismos sociales y familiares. Un hombre, pues, complejo, atrapado entre su grisura y sus anhelos: un Manuel Alcázar, en definitiva.
Absolutamente barojiana es la técnica de desplazar las opiniones ideológicas hacia el diálogo, y nunca hacia la narración. Es lo que ocurre en Aurora roja (1904), la novela en que Oller debió de fijarse más, por ser la que relataba dilemas y peripecias más parecidas a las de su propia obra.
También es típicamente barojiano el recurso de construir una voz exterior encarnada en uno de los personajes que recoja, parcialmente, porque esto no es nunca total ni automático, la opinión del autor. Los Ferrers inventados por Baroja son muchos: Iturrioz en El árbol de la ciencia, o Fermín Acha en la trilogía de La selva oscura, de la que hemos de hablar aquí con más detenimiento. La trilogía de La selva oscura está formada por La familia de Errotacho, El cabo de las tormentas y Los visionarios, todas novelas de 1932. Un gran parte de los materiales de las dos últimas constituye una geografía del terrorismo anarquista peninsular: precisamente El Cabo de las tormentas se centra en el escenario catalán y en sus protagonistas: los pistoleros, Martínez Anido y el coronel Arlegui. En Los visionarios se estudia el caso andaluz, que
Baroja vincula al bandolerismo tradicional.
Resulta falso defender que la novela de Oller careciera de andamiaje estructural. En todo caso, debería indicarse que esa invertebración, que ese fragmentarismo deshilachado y deshilvanado, con frecuentes prolepsis, es también perfectamente reconocible: es el hibridismo barojiano trasladado a la cultura catalana. ¿Acaso no constituye un fuerte contraste la miseria que rodea la existencia de Fe (capítulo III) con el lujo de la comilona catalanista que se describe a renglón seguido (capítulo IV)? ¿Acaso no es barojiana la descripción del mundo urbano, miserable, áspero y fascinante, habitado por todo tipo de marginados, con que se inicia la novela?
Hemos intentado aportar pruebas circunstanciales. Tratemos de presentar una más definitiva: en Aurora roja aparece un personaje, Prats, que Oller toma directamente del modelo de 1904. Ese Prats que aparece en Aurora roja (capítulo 2 de la tercera parte) es tan estulto, violento y antiidealista ácrata por conveniencia, como el Prats de Oller: podrían muy bien ser la misma persona, y significar un interesante guiño literario de Oller hacia Baroja. ¿Puede ser casualidad, dos Prats en dos novelas centradas en el tema del anarquismo? Y hay otro guiño: la acusación formulada por Ferrer según la cual los catalanistas serían unos judíos. Concretamente, Ferrer pide que «Cataluña se separe de su barbarie, de su judaísmo y de su degeneración (p.124). No voy a entrar aquí a detallar la clase de antisemitismo que utilizó el escritor vasco para insultar a Cambó y a los catalanistas en general, y también me guardaré de afirmar que Oller considerara unos judíos a sus propios correligionarios políticos. Lo que me parece fuera de duda es que, a través de ese comentario, Oller intentara expresar su rechazo a la actitud intervencionista del catalanismo camboniano, basado en quejas y agravios que se presentaban al gobierno central. Quejas jeremíacas. Con esto, se sumaba a uno de los tópicos periodísticos más extendidos de su época.
Y es que Oller, como tampoco Rovira i Virgili, en cuya revista se reseñó Quan mataven pels carrers, no era un catalanista precisamente autocomplaciente. Los nacionalistas radicales eran especialmente duros con el catalanismo blando y transigente, que era el mayoritario en su época: «Realmente, los catalanes, colectivamente considerados, parecen una pandilla de mutilados (…). Nos llaman individualistas, y no somos más que caseros; nos llaman negociantes, y no pasamos de tenderos; nos llaman trabajadores, y no somos otra cosa que gente que teme a la miseria… Pero, en medio de todo, la raza catalana es soñadora, idealista… ¡es un raza!» (p.172), exclama Amfós, el más radical de la novela, porque procede de la diáspora americana, tradicionalmente más separatista.
Montoliu (La Veu de Catalunya, 01-11-1930) también destacó esta crítica de Oller hacia el «catalanismo sentimental anterior a la dictadura». Un catalanismo que debía recuperar la fuerza y el idealismo y sacudirse los síntomas de degeneración moral y desfallecimiento. Que debía recuperar, pues, el programa de Acció Catalana.
Hemos apuntado la posibilidad de que Joan Oller conociera y se inspirara en las obras de Baroja, pero también podemos sospechar que Baroja tuviera conocimiento de la obra de Oller, puesto que viajó a Barcelona en 1931 expresamente con la idea de documentarse acerca del pistolerismo catalán para ofrecer una visión verídica de él en dos de las narraciones de El cabo de las tormentas: las que se titulaban “El contagio” y “El Negre”. No parece inverosímil que oyera hablar de una obra que acaba de ganar el premio Fastenrath y que trataba de lo que él se disponía a narrar.
            Domènec Guansé publicó su crítica en enero de 1931, en la prestigiosa Revista de Catalunya, fundada y dirigida por Antoni Rovira i Virgili, en su número 65. Guansé es mucho más justo y ecuánime que Martí. Si bien señala de la novela indudables limitaciones (la mediocridad de los personajes, que no representan cimas de corrupción ni de generosidad, la falta de unidad narrativa, y la superficialidad con que Oller aborda grandes temas de la época), también es capaz de observar los aciertos, indudables también: la reconstrucción del aroma de la época, la mentalidad de los barceloneses, la angustiosa situación en que vivían. Y a propósito del catalanismo, es donde Guansé sorprende. Afirma que «en el catalanismo y el sindicalismo  de aquella época -¡y de nuestra época!- hay mucho, mucho más de podrido de lo que Oller i Rabassa denuncia».
            Como Baroja, Oller i Rabassa considera que cualquier extremismo (como los de Claudi Roca y Fe Beringola) son patologías nerviosas. Oller i Rabassa vierte toda su nostalgia por las agrupaciones catalanistas de los años finales del siglo XIX, pero le parece vivir una época gris y de políticos afeminados y débiles. La épica de las agrupaciones excursionistas y musicales ha desaparecido, y no parece que tengan sustituto. La Unió Catalanista, tras la muerte de Martí i Julià en 1917, no es más que un fantasma arruinado. Falta, pues, la savia pura del catalanismo incontaminado de política partidista.

            Montoliu consideró Quan mataven pels carrers un correcto ejercicio de novela de ambiente, bien dramatizada a través del amor imposible entre un nacionalista y una anarquista. Destacó también que se tratase de una obra única en su género, de un retrato novelesco de la Barcelona de su tiempo, que brillaba casi en solitario en las letras catalanas de la época. 

Publicado en Quimera, 376, 2015.

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