dilluns, 26 de setembre de 2016

"Yo no me llamaré más Jacob", de David Aliaga



David Aliaga
Y no me llamaré más Jacob
Sevilla
Ediciones de la Isla de Siltolá

Andreu Navarra Ordoño

            Hace tres años que sigo el trabajo literario de David Aliaga, y pienso que puedo afirmar que David Aliaga no decepciona nunca. Empieza su andadura con un deslumbrante libro de relatos, Inercia gris (Base, 2013), deslumbrante por la maestría técnica que denotaban esos  cuentos tan característicos suyos, y también por la insultante juventud del autor, que por entonces no llegaba ni siquiera a los veinticinco años. Luego vino Hielo, del año siguiente, depurada y casi perfecta en su género.
            Si me plantearan encontrar una palabra o rasgo que definiera la prosa de Aliaga, creo que escogería “precisión”. En segundo lugar, “ternura”. David conoce el secreto de pulir obsesivamente el párrafo sin que se note que detrás de cada línea hay un esfuerzo infinito, cuando resulta evidente que lo hay. No se trata precisamente de un escritor torrencial, ni mucho menos. Aliaga recorta, pule, poda y requetepiensa cada párrafo suyo, pero luego sabe ocultar sus trucos con mano maestra. Es, sin duda, un artesano, un ebanista.
            Leyendo los cuentos de Inercia gris resultaba inevitable pensar en Raymond Carver, pero no un Raymond Carver cualquiera: un Carver despiadado, un Carver más carveriano que el mismo Carver, sin amabilidades, sin bajar la guardia. Con Hielo ensayó una fórmula que ha repetido ahora con Y no me llamaré más Jacob: intercalar cuentos tenuemente entrelazados. Con la diferencia de que en esta segunda nouvelle el hilo conductor (el mundo judío) es aún más tenue y sugerido. Mientras en Hielo el contexto islandés era claro y firme, en esta ocasión las narraciones campan libres y el conjunto se deshilacha deliberadamente. Algunas de estas piezas autónomas son auténticas piezas maestras (“Será peor”, con la que abre el volumen, o la tierna y simplemente perfecta “Plomo en la mirada”, que tiene su reverso hacia el final del volumen con “Escribir la memoria”).
Hay otra característica especial que define muy bien al autor para quienes lo conocemos bien: David Aliaga no distingue ehtre vida y literatura. Si escribe sobre el judaísmo, Islandia, las lenguas nórdicas, el Black Metal o su versión más amable, el Viking, porque David no es nunca un degustador radical, le gustan los platos sabios más que los mejunjes estridentes, es porque él se encuentra sumergido en esas materias, de las que se llena, con las que trabaja como si fueran materiales primordiales. Se mezcla en sus temas, se impregna de ellos; o más bien al revés, es su literatura lo que se alimenta de lo que él exuda.  Si escribe sobre una conversión religiosa, es porque se está convirtiendo. Si observa dormir a su amada, es porque la está observando dormir. Eso es impúdico, y contramoderno, pero es puro y personal. Eso es David: alguien que enseña su mundo, que muestra sus ebtrañas. Pero con sordina, sin exhibicionismo.
Porque él es más ecuánime que radical, o su radicalidad tiene un tono diferente: es una radicalidad tranquila, diríamos. Es un hombre de horarios, de orden: un auténtico trabajador, un relojero del relato, un poeta de objetos y pequeños rituales, y tampoco se avergüenza de su faceta académica, pasa de poses fáciles: sabe quién es y lo proclama (incluso en el capítulo “Clases de hebreo” de este su último libro no tiene ningún reparo en presentarse a sí mismo como protagonista del relato). Está de moda ser un capullo, o un autodidacta, o un inculto. Pero Aliaga prefiere insertarse en otra tradición completamente distinta: la del escritor judío escéptico, que ni rehuye los misterios ni abandona la duda metódica, ni la indagación como principio vital. Pero una indagación discreta, sin pancartas. El escritor que ni abandona su jardín ni se fía de modas, seguro de explorar terrenos literariamente sólidos.
Impregnan estos relatos una intensa emotividad que es una novedad en David. En Hielo, en Inercia gris, el escritor se ocultaba más. Y tampoco esas historias alcanzaban el grado conmovedor de las que protagoniza Edith Wasserman. Esa dispersión, esa apuesta por la poesía ha desencorsetado la prosa de David Aliaga, y lo que tenemos entre manos es un desmelene. Junto a cuentos a su antigua usanza (“Ascuas”), cuentos de una sola pieza, únicos en su técnica hiperdepurada, conviven textos más internos, ligeramente dislocados, como “De triatletas y filacterias”. Un feliz desmelene, una ampliación de horizontes, un hito más en una trayectoria seria y sólida que dará mucho que hablar, mucho más que hablar. Seguro. Yo lo digo con toda convicción (él se enfada, porque quiere que lo machaque y sea crítico, pero no puedo, no sería honrado): Aliaga no decepciona nunca.


Publicado en Quimera, Núm.394, Septiembre de 2016.

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