diumenge, 27 de març de 2016

Fanatismo


Casi cada día me sorprende cómo reaccionan personas cultas cuando alguien desliza una crítica a alguna personalidad relevante de la música o la literatura encumbrada desde, aproximadamente, 1980. Si yo digo que me interesa más, por ejemplo, una novela de Juan Vico que una de Eduardo Mendoza, no estoy diciendo que una novela de Juan Vico, o de Elvira Navarro, o de David Pérez Vega, o de Román Piña, me parezcan mejores que una de Eduardo Mendoza. Ni siquiera estoy diciendo que haya valores en las obras de escritores más jóvenes que se contrapongan a los de Mendoza o Muñoz Molina. Lo que digo es que "me interesan más", porque me interesa leer lo que ahora se piensa y se escribe, más que lo se pensaba y se escribía hace cuarenta años. Y luego hay esa obsesión por el Bien y el Mal. Lo que buscan esos blogueros, feisbukeros y lectores nerviosos son sacerdotes, obispos, santones, semidioses situados más allá de cualquier argumentación. En realidad, el problema es de índole religiosa. Hay personas que se enrocan en una férrea mitomanía, a la que se aferran como niños perdidos y desesperados.
Es como una especie de Contrarreforma de la Transición. Todos debemos comulgar, o se nos trata como a herejes.
Los autores no me aportan certeza, sino dudas y placer. Me lo ponen difícil. No me construyen una identidad rocosa y fija: más bien intento que me ayuden a ser dinámico.
Es como cuando uno critica al PSOE, se le echan encima con un odio y una rabia que llaman la atención, que son generacionales. Hace poco un amigo me defendió al PSC y me explicó que Miquel Iceta le parecía un político muy presentable. Me pareció muy bien. Un argumento racional para lo que debe ser racional. Pero, ¿todos esos insultos contra los podemitas o los cuperos, todo ese odio machista aplicado a diputadas, todo ese enrojecerse y hacer aspavientos, no es el mismo que cuando uno pone objeciones a Muñoz Molina, o a Joaquín Sabina? Solo puede haber una explicación: quien se atreve a cuestionar a esos mitos, es un hereje.
Yo pienso que Eduardo Mendoza ha escrito dos o tres obras maestras, me enganchan las novelas de Muñoz Molina y las disfruto intensamente. acabo de terminar una de Andrés Trapiello y me ha llenado por completo. Es más, creo que ni siquiera a Muñoz Molina o Mendoza les acabe de gustar ese culto desmesurado hacia sus personas: en realidad, no son más que buenos escritores, trabajadores de la palabra. En España se bascula entre la envidia y la canonización. El débil, el judaizante, es el escritor que empieza, que brega, que estudia y trabaja casi solo. Contra este se ceban. ¡A la hoguera! ¿Cómo se atreve a desafiar a los grandes, a los de "antes"? Ahora bien: ¿qué pasa cuando un joven valor empieza a ganar premios y a salir en los medios? Se le teme, y se le ha de "neutralizar" de alguna forma: se le hace un hueco en el retablo. El circuito literario español es, para muchos, un retablo con imágenes ejemplarizantes.
Pero, ahí fuera, hay protestantes, variedad, matices, movimiento, herejías, propuestas, debate, efervescencia. Lo cómodo es sentarse a leer El País y no buscar nada más. Pero eso no quiere decir que no haya nada más. Es como cuando uno investiga sobre el Siglo XVIII, algo que hago a menudo. Por todas partes te dicen: eso es una birria, ahí solo hay basura. Naturalmente, Quevedo, Góngora, Cervantes, eran "mejores". Pero ahí hay cosas que quedaron manuscritas, o perseguidas, no tan "buenas" pero enormemente "interesantes". En España, lo que no es investigado por un pope no existe.
Sin embargo, creo que una de mis obligaciones pasa por indagar, buscar, consultar y preguntar por escritores que estén empezando ahora mismo, o que descollen, o que lleven diez años y no treinta, porque, a la fuerza, serán con los que yo conecte. Sus inquietudes serán las mías, sus coordenadas y gustos, también los míos. España parece una secta que realiza un culto a los "felices" años ochenta. esas personas que gritan y eructan en realidad lanzan anatemas. Dicen que la vida ahora ya no vale nada, que los libros de ahora son una birria, que las mujeres de ahora son una birria, que los partidos políticos de ahora son una basurilla de engreídos. ¿Qué les pasa? Espero que yo llegue a su edad y no sea tan dogmático, ni me ponga tan nervioso lo que es natural: que a unos paradigmas les sucedan otros. Si a mí me dicen que un poema de Rafa Mammos es una cagarruta, o que un cuento de Ruy d'Aleixo es una pequeña bazofia (y lo piensan porque no salen en los grandes medios, ocupados, como es natural, por los escritores que forman parte de sus plantillas, no se fijan en ellos) yo no me inquieto, sino que pienso: "tú te lo pierdes". Demasiada pereza veo. Pereza por arriesgarse, explorar y buscar. En realidad, lo que hay es nivelamiento por abajo y envidia para el que logra publicar, hacerse un nombre y abrirse paso, con todo en contra. El escritor trabajador despierta mucha envidia, es un espejo para el que desea seguir cómodamente instalado en el dogmatismo. No trabajes, que igual me obligas a mí a levantarme del sofá.
Hasta Juan Marsé, que me parece el más coherente y entronizable, parece haber perdido fuelle. Y mira que me sabe mal. Y es normal. Es natural. ¿Por qué este empeño en momificar lo que no es más que naturaleza?  Yo le seguiré leyendo de vez en cuando. El tiempo pasa, y los españoles no son más idiotas ahora que antes.

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