Alberto Martínez es profesor de literatura pero tiene la mirada delcow-boy que vigila desde lejos su rebaño de reses dispersas. Es una mirada poco isleña, si se me permite, una mirada de grandes extensiones, de alta mar, de estepa o tundra. Dirige el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla, y no dudo de que es el director de departamento que todos hemos soñado tener: cachondo, hospitalario, dadaísta, exigente, detallista, tranquilo, modesto. Me consta que el paisaje que le rodea le suscita profundos sentimientos. Se trata de un poeta inquieto, metido en un cuerpo de boxeador.
Naciste en 1966 en la ciudad de Bayamón. ¿Qué significa para ti y para los puertorriqueños este lugar?Bayamón para mí es muy importante, no sólo porque es el lugar donde nací y pasé una parte significativa de mi vida, sino porque constituye el topos genésico de mi poiesis. Mis temas principales: el tiempo, la muerte, la angustia existencial, el pólemos y la ciudad, nacieron esencialmente de mi experiencia bayamonesa durante la mediana adolescencia. Esta ciudad, con su eterno problema de congestión de tránsito (el famoso ‘tapón bayamonés’) y su mezcla abigarrada de espacios y seres urbanos, ofrece una fuente inagotable de creación. Aparte de la opresiva urbanidad que representa para la mayoría de los puertorriqueños, considero a Bayamón una sublime experiencia de lo demónico.
Tu poesía ha sido calificada de “deconstrucción del cosmos” y “acto ludista”. ¿Cómo definirías tu poética, si es que la tienes, la has tenido o la pretendes?Mi poética es en sí un re-nombrar de las cosas, un re-descubrir el yo interior del sujeto confrontado con su lebesnwelt o mundo de la vida. Entenderla como una “deconstrucción del cosmos” es también verla como una poética que tiende a develar las realidades ulteriores que subyacen en la el diario vivir y en el plano de la consciencia. No creo que mi poesía sea un acto lúdico en sí misma, pero sí está compuesta en ocasiones de instancias lúdicas, del mismo modo que posee instancias agónicas, donde la palabra se encuentra en constante lucha con los significados. Por eso hay en mi poesía eso que denominaría “valor de estremecimiento.” Por eso, yo pretendo sacudir, más que complacer.
Tanto Las formas del vértigo (Isla Negra, 2004) como Frutos subterráneos (Isla Negra, 2007) son colecciones de libros. ¿Por qué operas de este modo y no publicas tus cuadernos de forma asidua e independiente?La publicación de mis poemarios formados a su vez por poemarios o cuadernos de poesía autónomos, es un proyecto cronológico que me propuse. Cada uno de esos libros está compuesto por un conglomerado particular de colecciones de poemas, escritos en determinado periodo y en un determinado lugar (o varios lugares). Comencé con la publicación de Las formas del vértigo, escrito en Bayamón y Río Piedras, porque entendía que se trataba de unos conjuntos de poesía madura y lograda. Ese primer poemario registra mis años de formación consciente como cultor de la palabra y mi participación activa en la escena literaria de mediados y finales de la década de 1980. De ese período destaca mi participación en el colectivo-revista Tríptico, del que fui miembro fundador, que fue tuvo un rol cardinal en la consolidación de la Generación de los ochenta en Puerto Rico. Ése es el contexto que enmarca la producción de este poemario que estaba pautado para publicarse en 1990 bajo el sello de Tríptico, y por razones de variada estirpe vino a salir en el 2007, afortunadamente bajo la editorial Isla Negra.
Escribí Frutos subterráneos cuando residí en los Estados Unidos por espacio de cinco años (1990-1995). El libro no es una de esas “memorias” del exilio voluntario o un registro de la experiencia latina en suelo estadounidense a la que usualmente está supeditada gran parte de la literatura escrita por personas de ascendencia hispana. Frutos subterráneos está más allá de las circunstancias representacionales y el signo identitario. Se trata de una colección de cuatro cuadernos que trabaja el tema del desarraigo y el pólemos del yo bajo otros códigos y otros lenguajes menos convencionales y mercadeables.
Publicar de esta forma cronológica no ha afectado la vigencia de midichtung poético, de mi escritura. Ha sido interesante ver cómo muchos poetas más jóvenes que yo se han acercado a mi poesía. Incluso, lectores tan diversos se me han acercado para decirme que mi poesía les atrae por la diferencia que porta con relación a otros modos actuales de hacer poesía.
¿Crees que ganar el Premio Pen Club de Puerto Rico te consagró? ¿Eres consagrable?Más que consagrarme, el Premio del Pen Club ayudó a validar a una generación de poetas que los críticos e historiadores de la literatura más notables de mi país estaban renuentes a aceptar. El límite volcado: antología de la Generación de poetas de los ochenta, que publiqué en colaboración con Mario R. Cancel, y que recibiera el premio a la mejor antología del año 2000, fue un trabajo arduo; puesto que no es tarea fácil reunir a una treintena de poetas tan disímiles. También fue un trabajo arriesgado, porque la mayor parte de los poetas incluidos eran, hasta ese momento, prácticamente desconocidos para gran parte de los críticos y de los lectores. Un caso notable es el de Edgar Ramírez, que venía publicando en revistas universitarias desde finales de los años 70. La publicación de El límite volcado proporcionó una mayor exposición a los poetas ya conocidos como Edgardo Nieves Mieles, Mayra Santos Febres y Rafael Acevedo y catapultó a desconocidos como Kattia Chico, Edgar Ramírez Mella, Eduardo Lalo e Iván Figueroa, entre otros. El premio del Pen Club fue una manera de reconocer a esa generación perdida y soterrada que éramos los del 80.
Sobre si soy consagrable o no, es algo que determinará el tiempo. Yo sólo aspiro a escribir bien y dejar una huella en la historia literaria de mi país. Hasta la fecha, me complace compartir con muchísimos poetas puertorriqueños de generaciones anteriores a la mía y con los poetas más jóvenes. En ese compartir nos consagramos todos.
En tu apartamento guardas unos curiosos libros-objeto que confeccionas tú mismo. Cuando recitas en público sacas uno de esos enormes libros y parece que amenazas hasta a los dioses. ¿Cómo se te ocurrió? ¿Crees que un buen poeta ha de ser un buen performero?Por mucho tiempo guardé libros-objetos de otros. Tengo libros del chileno Juan Luis Martínez, del dominicano Pastor de Moya, del guatemalteco Francisco Nájera y de los puertorriqueños Joserramón Melendes y Mayda Colón. Esos son libros-objeto bien pensados y confeccionados.
Mis libros-objeto, en cambio, son demasiado ordinarios, malformados, y carecen de artisticidad, si se me permite el neologismo. Son adefesios enormes y grotescos. Me fascina esta informidad. En los recitales de poesía llaman mucho la atención por su tamaño y su forma, al igual que los títulos que llevan y los objetos que están adheridos a ellos. Se me ocurrió la idea de prepararlos cuando mi querido amigo y camarada poeta, Pastor de Moya me regaló en la Feria del Libro de Santo Domingo de 2001, un ejemplar de Alfabeto de la noche, que es un libro confeccionado a mano. Como nota interesante, una vez pegué de la contraportada del más grande una serie de informaciones sobre antidepresivos para adolescentes y me llevé el libro para un recital con unos poetas españoles, éstos terminaron arrancando la información del medicamento. Acabaron con la contraportada y tuve que rehacer el libro.
A mí me encanta leer poesía y creo que un buen poeta que sabe leer bien su poesía puede llegar a recrearla performativamente. El performace ofrece al espectador una dimensión distinta y alterna de lo que es una lectura silenciosa o de una simple lectura oral, porque su dinámica excede la palabra dicha. Los gestos, las entonaciones, las inflexiones, los actos, las miradas, los silencios, todo ello hace que el poema se transmute en un signo que se multiplica.
¿Qué crees que le falta o le sobra a la literatura puertorriqueña actual?Faltar o sobrar en una literatura es algo relativo. Al menos en términos de la actual producción literaria en Puerto Rico me parece que aquél exceso de temas sobre la identidad nacional ha comenzado a mermar (por fortuna). Por lo tanto, entiendo que la dinámica cultural a través del tiempo va regulando los temas y las formas.
Lo que puede suceder es que le falte o le sobre algo a los autores que hacen literatura. Creo firmemente que a muchos escritores les hace falta conocer más de su propia tradición literaria. Una parte significativa de la literatura nacional está en el abandono. Hay libros que merecerían la pena reeditarse. La obra de un gran novelista y poeta como lo fue José de Diego Padró, quien fue un antipoeta avant la lettre. De igual manera, la poesía de Carmen Alicia Cadilla o de Julio César López. Los cuentos de Josemilio González nunca se han recogido en un volumen y los de Violeta López Suria duermen el sueño de los justos. Gran parte de los escritores noveles desconocen la gran literatura nacional que le precede. Me da vergüenza reconocer este hecho.
¿Hay algo que te desagrade de Puerto Rico?Me desagrada el culto excesivo al consumismo, derivado del sistema de dependencia colonial, y la extrema violencia que arropa al país. Ésta última está acabando con toda una generación de jóvenes varones.
¿Qué música escuchas?Me gusta la Salsa, el Jazz, la música brasileira en todas sus manifestaciones y la música lounge. En estos momentos estoy, como dicen en la calle, “jukiao” con la música lounge en sus variantes de downtempo, broken beat, chill out, house, chill house, etc. Me parece una música muy elegante y edificante. He tenido deseos, incluso, de convertirme en disk jockey e ir a clubes para difundirla.
¿Por qué te atrae la obra de Álvaro Cunqueiro?La obra de Cunqueiro me atrae terriblemente por su uso del anacronismo. Me recuerda un poco las novelas “históricas” del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá. En Cunqueiro se da cita toda una amalgama de personajes exóticos. Su trabajo con el lenguaje también expresa ese anacronismo, tanto en gallego como en español. Una de mis novelas favoritas es, sin lugar a dudas, Un hombre que se parecía a Orestes. Lo que me fascina de esta novela es que la venganza no puede consumirse. Orestes ha gastado su vida fraguando una venganza que ejecutarla luego no tiene mayor consecución. Otra novela de Cunqueiro que me gusta es Cuando el viejo Simbad regrese a las islas. De igual manera, disfruto las historias de otro insigne gallego, Rodríguez Castelao.
¿Qué piensas de España y su cultura?Habría que hablar de todas las Españas de España e igualmente de las culturas españolas. No he tenido la fortuna de viajar a España (claro, no he viajado ni siquiera a Europa). Lo que conozco de España es por lo que he leído en revistas, libros e internet y por lo que he visto en videos y la tele. Tendría que dividir mi contestación, hablando de la música, la literatura, el arte y el cine, que es lo que me interesa sobremanera.
En la música está Joaquín Sabina, que es un ídolo para mucha gente en Puerto Rico. Pero también me gusta Pedro Guerra e Ismael Serrano por la letra de sus canciones. Hace un par de años un compañero profesor me trajo un disco de un grupo llamado los “Mojinos escozíos,” que me parece que son andaluces. Me fascinaron por su irreverencia. Por otro lado, siendo la música lounge mi predilecta, me agrada mucho escuchar las colecciones de esta música que se presenta en Ibiza.
Sobre la literatura, es tanto lo que podría decir que llenaría un tomo enciclopédico. Me limitaré a mencionar algunos nombres relevantes. La literatura del Al-andalus, particularmente a Ibn Arabi e Ibz Zaydún, que fueron grandes poetas e intelectuales de su tiempo, me atrajo por lo sensual de la palabra. Del Siglo de Oro destaco a Góngora, a Quevedo y a Cervantes, quienes forjaron un lenguaje distinto en sus respectivos géneros. Los primeros dos influyeron mucho en mi poesía inicial. De ahí salto a finales del siglo XIX con Miguel de Unamuno y Antonio Machado, que fueron son figuras del período que aún releo. De igual modo, disfruto la poesía de Juan Ramón Jiménez y de poetas del 27 como García Lorca, Aleixandre y Cernuda. Es preciso mencionar a J.V. Foix, Josep Carner, Joan Brossa, José Hierro, Valente, Félix Grande y Pere Gimferer, creadores de una poesía muy original y versátil.
Sobre el cine, me gustan las películas de Buñuel, Almodóvar, Vicente Aranda y Alex de la Iglesia, que han destacado por romper con los convencionalismos. Sobre el arte español menciono a tres grandes pintores de la abstracción que me seducen grandemente: Joan Miró, Antoni Tapiès y Esteban Vicente.
Háblanos de tu etapa como doctorando en Stony Brook. ¿Qué puede aportar o cercenar una estancia en Estados Unidos?El tiempo que cursé estudios en el Departamento de Estudios Comparativos la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook fue muy revelador para mí por varias razones. Primeramente, como estudiante de literatura comparada tuve la ocasión de adentrarme en unas zonas de la teoría crítica que ayudaron a expandir mis horizontes interpretativos. Tuve excelentes profesores como Román de la Campa, Louise Vasvari y Krin Gabbard. En segundo lugar, como creador, pude acercarme más a escritores y escritoras de todas partes, tanto de Hispanoamérica, como del mundo entero. De manera que se me hizo relativamente fácil acceder a los poetas surrealistas argentinos y chilenos, de los cuales había podido leer algo mientras me encontraba en Puerto Rico. No obstante, ya no se trataba de muestras antológicas, sino de la obra completa de esos escritores. Del mismo modo, pude acceder a gran parte de la obra de poetas y narradores brasileños y portugueses, particularmente la obra de Carlos Drummond de Andrade y de Fernando Pessoa. En tercer lugar, durante mi estadía en Stony Brook, además de la poesía, tuve tiempo para el escribir narrativa y teatro. Para ese tiempo, el narrador peruano radicado en Nueva York, Isaac Goldemberg, me publicó un relato en la revista Brújula/Compass.
Mi estadía en los Estados Unidos aportó muchísimo a mi enriquecimiento cultural. Descubrir diversas manifestaciones de la cultura estadounidense en el área de las artes plásticas, la música, la literatura y el cine es un estímulo al deseo de comprender una nación con la que existe una relación de domino colonial en mi país. Ver otro aspecto de esa cultura, más allá del deseo de rechazo o asimilación, es más que saludable. Al mismo tiempo, esa experiencia de estudios me ayudó a mirar mi puertorriqueñidad desde la distancia. Ciertamente amplió mis perspectivas en la valoración de lo propio.
¿Qué es para ti Aguadilla?Aguadilla es el lugar donde he encontrado mi habitar, en el sentido que le confiere Heidegger. Es mi centro, vivencial y espiritualmente.
¿Qué te sugieren los siguientes nombres?APOLLINAIRE: entusiasmo
CÉSAR VALLEJO: pesimismo
CANTINFLAS: nostalgia
MADONNA: comodificación
HUGO CHÁVEZ: sentimientos mixtos
DERRIDA: deconstruirme
JOSÉ LIBOY: desconocerme
HERNÁN CORTÉS: soberbia
ISABEL LA CATÓLICA: mala leche
KARL MARX: praxis
PAUL AUSTER: desnudar la ciudad
PABLO NERUDA: poetizar al máximo
TRISTÁN TZARA: aventura
ANDRÉ BRETON: soñar
NIETZSCHE: criticidad
RUBÉN DARÍO: aburrimiento
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: éxtasis
Añadiré dos nombres:
PESSOA: universo
JULIO CÉSAR LÓPEZ: minimalismo puro
Si menciono a este último es porque fue mi gran mentor poético, entusiasta de mi poesía y maestro en el arte de la brevedad.
Para terminar: ¿Qué le dirías a un alumno joven que hubiera perdido la fe en los libros y las palabras?Le diría que lea lo que nadie le ha permitido leer o sobre aquello que le fascine. Si es un alumno joven que hubiese deseado ser escritor y haya perdido toda esperanza en los libros y en las palabras, le diría que falta mucho por escribir porque el comienzo de un escritor siempre viene a través de lo que lee. Yo acuñé un aforismo que he referido en algunas entrevistas y lo repetiré aquí: Todo escritor es la suma de sus lecturas.
Muchas gracias por tus respuestas. Esperamos que muy pronto te decidas a seguir publicando tu obra y por fin visites Europa, donde se te necesita.
dimarts, 9 de desembre del 2014
dimarts, 2 de desembre del 2014
Entrevista con Marian Raméntol
Marian Raméntol (Barcelona, 1966)
cuenta con una trayectoria de diez libros publicados. Ha ganado infinidad de
premios literarios, tantos que no cabrían en este breve párrafo
introductorio. Por su contundencia y su mundo de ricas metáforas en los
últimos años han destacado libros como Con mi nombre doblado sobre la
cama(2011,
Premio Nacional de poesía Acordes) o Los muñecos diabólicos de mi caja de
pájaros (2010, Premio Vicente Núñez). Su poesía frondosa y
torrencial, visionaria y volcánica, contrasta con su carácter exteriormente
ordenado. Marian nos hablará de sus proyectos presentes y futuros.
1.- Andreu
Navarra: Bienvenida a Periódico de Poesía. Desde que, en el
año 2005, publicaste La noria del festejo, ¿se han operado cambios o
evoluciones sustanciales en tu forma de escribir?
Marian
Raméntol: Ante todo muchas gracias, Andreu, por invitarme a
Periódico de Poesía, para mí es todo un placer y un honor.
Con
referencia a tu pregunta te diré que, efectivamente, cambios han habido y
muchos. Quizá el primero de ellos recayó en una cuestión de "quitarse el
corsé". Me explico: en mis inicios poéticos una de mis referencias
más directas fue Góngora, las hipérboles y el oscurantismo del léxico por
aquel entonces me provocaban chiribitas en los ojos y mi
experimentación iba dirigida hacia la textura de las palabras, su peso, su
sonoridad, su tacto, en fin, que no era lo mismo decir “cinturón” que
“tahalí". Pero ese anclaje gongorino que yo tanto disfrutaba tenía sus
inconvenientes, como por ejemplo, el inmovilismo o anacronismo
conceptual. Con la llegada a mi vida de poetas como Huidobro y Girondo todo
cambió. Con ellos no valen corsés, así que decidí quitármelos. Y así empezó
toda una larga etapa en la que no sabría decirte a qué ingrediente
poético le otorgaba mayor protagonismo, si a la palabra o a la imagen.
La palabra en mi poética era, la mayoría de las veces, el mero útil que
utilizaban las imágenes para emerger y manifestarse, para conducir la expresión
del sentimiento, a veces de manera casi visual, hasta el corazón del poema,
allí solían tomarse un pequeño respiro, para continuar con su discurso
plástico hasta el final. Mi relación personal con las metáforas era tan
estrecha, que no podía concebir mi palabra sin ellas. Huidobro y
Girondo fueron mis "hechiceros poéticos" y me hicieron
entender que las "mujeres con pechos de higo" podían tener una
tremendísima y horrible belleza y que las flores podían crecer al
revés, por lo que a partir de entonces, una centrifugadora pasó a ser
tan válida como cualquier lienzo en blanco (o incluso más), para decir,
gritar o voltear todo tipo de verdades. Actualmente sigo balanceándome
entre la imagen y la palabra, aunque creo que he conseguido un sutil equilibrio
entre continente y contenido, entre el grito y el modo de gritar.
2.- Andreu
Navarra: ¿Sigues una poética consciente o escribes en
caliente, cogiendo al toro por los cuernos, y luego te enfrentas con el
resultado?
Marian
Raméntol: Ni lo uno ni lo otro. La poesía es caprichosa en
muchas ocasiones, a veces me asalta un verso mientras duermo, y debo
despertarme para apuntarlo rápidamente antes de que se disipe en mi mente y
lo pierda para siempre (lo cual es tremendamente molesto porque luego no
puedo conciliar el sueño nuevamente). Otras veces me dejo imbuir por cuanto
escucho o me sucede, desde una conversación en el autobús, o en la cola de
supermercado, hasta la sensación que me provoca un atasco en la ciudad o el
toque de sirena de una ambulancia o el visionado de una película, todo
me sirve, todo me provoca, todo lo apunto. Esos apuntes no son todavía un
poema, claro que no, pero lo serán más tarde, cuando me ponga ante ellos y
los trabaje, los retuerza, los vista y los desvista, los pinte o los decolore;
cuando sea capaz de oír su respiración. Así que bien pensado, y volviendo a
tu pregunta, en vez de "ni lo uno ni lo otro" debería haber
respondido "tanto lo uno como lo otro".
3.- Andreu
Navarra: Por lo que has ido publicando últimamente en distintas
revistas y por el proyecto que anuncias escrito junto a Cesc Fortuny
has empezado a cultivar la poesía en catalán con intensidad. Incluso he leído
un poema tuyo dedicado a Gamoneda en catalán, lo que indica una promiscuidad
de tradiciones a priori interesante. Cuéntanos algo
de este punto de inflexión.
Marian
Raméntol: El catalán es mi lengua materna, y aunque mi
andadura poética hasta la fecha es mucho más prolífera en castellano, yo
sentía que le debía algo a esta hermosa lengua y a mí misma. Si me he
atrevido a escribir poemas en otros idiomas con los que nada
"sanguíneo" me une ¿por qué no iba a hacerlo en mi lengua natal? Ya
que tengo la suerte de ser bilingüe, es casi un "deber" no
desaprovechar esta circunstancia. La experiencia, además, de poder trabajar
con texturas léxicas tan diferentes es todo un lujo del que no me quería
privar. Las referencias poéticas, sin embargo, sí son las mismas en ambos
idiomas, es decir que si Vicent Andrés Estellés me inspira, lo hace
indistintamente de la lengua en la que yo esté escribiendo en ese momento.
4.- Andreu
Navarra: En el año 2012 fuiste traducida al estonio.
Explícanos algo de los pormenores de aquella experiencia.
Marian
Raméntol: La verdad es que fue todo UN REGALO (así, en
mayúsculas). Por mediación de un buen amigo-amante empedernido de la cultura
y todo un activista cultural- Albert Lázaro Tinaut, algunos libros míos
fueron a parar a manos de Jüri Talvet (Doctor en Literaturas Occidentales por
la Universidad de Leningrado. Catedrático de historia de la literatura
occidental en la Universidad de Tartu y Presidente de la Asociación Estonia
de Literatura Comparada) quien decidió incluir una amplia selección de poemas
traducidos por él mismo en una edición bilingüe editada por la universidad de
Tartu. Nunca tendré gracias bastantes para tanta generosidad. Su escrupuloso
mimo para con la palabra, su esmero y cuidado por su fidelidad al original,
los matices, el rigor extremo, en fin, yo creo que quiso traducir hasta los
olores, y aunque yo, lamentablemente, no sepa estonio, tengo convencimiento
pleno de que lo consiguió. Además tuve la oportunidad de conocerle
personalmente, y su calor y buena disposición hicieron de esta experiencia
algo imborrable.
5.- Andreu
Navarra: ¿Qué es “Bluesía”?
Marian
Raméntol: "Bluesía" es una apuesta más por la
fusión, por la búsqueda del lenguaje único, por la expresión del individuo
mediante la música y el grito. Entendiendo la música no como un mero
"marco" para la voz si no como parte intrínseca de ésta sin
posibilidad de disociación. Es un campo de experimentación en el que llevamos
trabajando desde hace ya tiempo con Cesc Fortuny i Fabré y en el que hemos
realizado diversos trabajos que incluyen pintura, video-arte,
performance, música experimental, o como en este caso en concreto, el
blues y la poesía.
En
"Bluesía" el llanto por el dolor existencial hace equilibrios
sobre bases de blues tradicional de la segunda y tercera década del siglo XX.
Las guitarras y las armónicas se quejan o gritan directamente, para mantener
un gesto solidario con la palabra, que se rebela en todos los planos contra
la hipocresía universal y el consumismo característicos de nuestro tiempo. Su
ejecución corre a cargo del grupo OxímoroN, integrado por Cesc Fortuny i
Fabré, Jaume Vendrell y yo misma.
6.- Andreu
Navarra: ¿Qué proyectos te ocupan ahora?
Marian
Raméntol: A parte de la plataforma "La Náusea" que
incluye la revista semanal, la sección de noticias, la sección mensual en
catalán, los servicios literarios, la editorial, la discográfica así como una
galería de arte virtual, y que sigue mutando y evolucionando para ofrecer
nuevas secciones en un futuro próximo, como una radio de programación
mensual, estoy centrada en la publicación del libro en catalán que
mencionábamos antes y otro poemario en castellano que saldrá en el 2014.
Paralelamente,
tengo entre manos la creación de un libro de artista, y como toda
"creación" lleva su ritmo propio. Y aunque ya empieza a tener forma
y peso, aún queda mucho por hacer.
En el
ámbito musical junto con Cesc Fortuny i Fabré y nuestro proyecto de
"ritual drone" O.D.I., estamos trabajando con la banda sonora de
largometrajes. Y en otros ámbitos, también estamos inmersos en la creación de
guiones literarios para cortos.
7.- Andreu
Navarra: ¿Has pensado alguna vez dedicarte a la prosa?
Marian
Raméntol: Algo tengo escrito y publicado en la red, algunos
relatos cortos y otros de género epistolar, hasta tengo escrita una novela
corta que también publiqué por capítulos en la red, pero de eso hace ya
tiempo y la verdad es que, básicamente, escribo poesía.
8.- Andreu
Navarra: ¿Cómo ves el panorama de la poesía catalana
actualmente?
Marian
Raméntol: No quisiera herir la sensibilidad de nadie, y
probablemente me quede todavía un mundo entero por leer para poder reafirmar
mis impresiones iniciales, pero me da la sensación de que la poesía catalana
se ha quedado un poco anclada en Espriu, grandísimo poeta, por supuesto, pero
creo que deberíamos hacer un esfuerzo por desprendernos de lo ya dicho, de lo
ya experimentado y sin minimizar en absoluto la grandeza de nuestros
"padres poéticos" avanzar con "sangre" renovada.
Hasta con el propio idioma deberíamos hacer un esfuerzo y romper con la
pulcritud de las formas, atrevernos a romper el significado original de las palabras
para reinventarlas, para dotarlas de nuevas dimensiones. Echo de menos
precisamente eso en los poetas catalanes que escriben en catalán, aunque como
ya he dicho antes, debo investigar todavía mucho, y tengo la esperanza
de que estas impresiones iniciales sean fruto única y exclusivamente de mi
ignorancia.
9.- Andreu
Navarra: ¿Cuáles son tus poetas tutelares, en caso de que los
tengas?
Marian
Raméntol: Los tengo, los tengo. Ni qué decir cabe que los ya
mencionados Huidobro y Girondo ocupan una posición estelar, pero también me
han influido mucho poetas como Panero (Leopoldo), Montalban, Rosales,
Gallego Ripoll, , Irazoki o Moga, entre otros. Toda lectura es motivo de
estudio por mi parte, por lo que en todo autor encuentro cosas que aprender,
así que en realidad y para ser honesta, el elenco debería ser, mucho,
muchísimo más largo y además no tendría fin, puesto que mientras sigan
llegando nuevos libros a mi mesa de trabajo- y espero que así sea
mientras me quede vista para devorarlos- el círculo de influencias muta y se
renueva.
10.-
Andreu Navarra: Cuéntanos lo tuyo con Luis Rosales.
Marian
Raméntol: Mmmm, una bonita -aunque no bien vista por muchos-
historia de amor. Cayó en mis manos El náufrago metódico y, desde el primer momento, se
estableció un vínculo adictivo hacia este poeta capaz de estremecerme de
principio a fin, su profusión de imágenes bellísimas y el trato delicioso de
la figura de su madre y de la muerte, le otorgó una posición
indiscutible entre mis lecturas de cabecera, tanto fue así, que acabé
escribiendo un poemario en su honor que fue galardonado con el XVIII Premio
Acordes de Poesía. En alguna ocasión me han preguntado
(horrorizados) que cómo se me había ocurrido dedicarle un poemario a un
personaje relacionado con la falange, por más amigo de Lorca que fuera, a lo
que yo no he podido contestar otra cosa que, cualquier poeta- sea cual sea su
posición social o tendencia política- que sea capaz de escribir versos como:
"La vida entera cabe dentro de un odio", "La nieve es un
esfuerzo", "me pesa en los hombros la estrechez de la tierra"
o "le temblaba de impaciencia todo el cuerpo en los labios", por
poner tan sólo un brevísimo ejemplo, se merece todos los poemarios del mundo.
11.-
Andreu Navarra: ¿Qué le dirías a un jovencito de 15 años que tuviera
la desgracia de parecer un poeta de verdad?
Marian
Raméntol: Hace tiempo, un poeta me dio dos grandes consejos:
"Mantente siempre en el camino del medio, ni muy arriba ni muy
abajo" y "Existen tan sólo tres máximas para escribir bien: leer,
leer y leer". Nunca lo he olvidado, y creo que yo también los
compartiría y no tan sólo con jovencitos de 15 años. El resto es empeño,
trabajo y por supuesto, disfrute (o dolor, o rabia, o...).
12.-
Andreu Navarra: ¿Qué lees últimamente? ¿Qué te interesa de
dentro y
de fuera del país? ¿Algún día escribirás una gran novela-río en plan Lezama o
Tólstoi?
Marian
Raméntol: Los autores que en estos momentos ocupan mi mesa de
trabajo son Gamoneda y Margarit, aunque eso no quiere decir que mañana compartan
mi escritorio con tres poetas más, nunca pongo reparos a abrir un libro de
poemas, otra cosa será que su lectura me atrape lo suficiente como para que
el libro acabe con las tapas arrugadas y descoloridas o no. La verdad es que
aunque tengo tendencia hacia la poesía, me interesa todo tipo de literatura,
sin atlas ni fronteras, si me dan un buen libro, lo disfruto.
¿Que si
escribiré algún día una gran novela? pues hombre, en plan Lezama o Tólstoi ya
puedo decirte sin miedo a equivocarme que no, para eso se necesita ser muy
grande y no voy a tener vidas suficientes para crecer tanto. Y en un plan más
modesto, pues no lo creo, aunque descartarlo por completo tampoco lo haría,
nunca se sabe los derroteros por los que podemos acabar caminando.
13.- Andreu
Navarra: Nada más por nuestra parte. Ha sido un placer
tenerte con nosotros y puedes decir lo que se te antoje en el espacio
subsiguiente. Sólo decirte que no cejes nunca en tus empeños.
Marian
Raméntol: Muchísimas gracias, Andreu, también para mí ha sido
muy grato estar con vosotros.
¿Sabes?
son muchas las cosas a las que estaría dispuesta a renunciar en esta vida,
pero a la escritura... no, no sería capaz.
Y
aprovechando tu amabilidad, me despido con un poema:
VUELVES A
MORIR CONMIGO DENTRO
Vienes desnuda
sobre el agua a imaginarme
como tú, horizontal y rota bajo la noche, con el aire tambaleándose en los párpados de este charco inmenso que nos rubrica.
Aun tienes
el poder de la humedad
sobre mi cuerpo, con el dolor adelantado en el cañizo calcáreo que me sostiene, crujes mis incendios, me masticas y haces de mi sangre un sueño hundido.
Te suenan
los brazos y me asoman
a tu milagro, me destejes para ovillar el viento y morírteme encima, y yo no puedo mutilarme más, ni abrir más mis bordes, no puedo escupir el infinito que no cabe en el día, ni distraer la hierba de tu tumba con el verso cerrado de un libro.
Vuelves a
morir conmigo dentro y los labios
del mundo nos silabean, nos bebemos la luz bajo la carne mientras tu nombre me sube por los ojos, se despliega respondiendo al calor de mi mejilla y llora infiernos azules sobre el claustro de mi pecho.
Publicado en Periódico de Poesía, Núm.62.
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"Del sueño, de la nieve", de Jüri Talvet
"Del sueño, de la nieve, de Jüri Talvet"
Traducción del estonio por Albert Lázaro-Tinaut
Europa es una vocación. Ha sido un escenario de masacres, un campo de batalla en donde contendían dinastías de caprichosos emperadores, ha sido un lugar lleno de música celestial, ha sido un lugar donde han sido ensayados varios sistemas racionales de organizar el mundo, y recientemente un microuniverso cansado que se vaciaba progresivamente de su contenido secular. Pero, sobre todo, al fin y al cabo, Europa ha sido un modo de ver las cosas. Un modo entre melancólico y reflexivo. Y un modo, ante todo, irónico de representar las ideas y los acontecimientos.
La poesía de Jüri Talvet me ha devuelto el sentimiento del humanista enfangado en el estado actual de la cultura. La distancia, amable y analítica, que toma respecto a lo que observa me parece el mejor modo de considerarse a uno mismo un intelectual y un pensador integral. Su poesía, sin perder la dirección rupturista, nos presenta una conclusión alentadora: el mismo viajar, el mismo enternecerse con los seres cercanos (el poema “Así es como son”, dedicado a los niños, es un ejemplo máximo de ello, o todas las veces que los hijos del poeta aparecen entre sus versos como fuentes de luz), es una forma de permanecer aquí sin traicionarnos. De vez en cuando, y de forma valiente, Talvet muestra su opinión sobre el estado de la cultura:
La sonrisa de
Goethe hizo bien
eligiendo para
vivir un tiempo en que
en lugar de los
botones el mando a distancia
de un televisor
tocando la espalda oscura
de una romana
podía hacer
sonar un arpa y
a él mismo (p.57).
Ante la miseria brutal y sin paliativos observada en Marruecos, el poeta se pregunta: “¿de qué es simulacro esto? ¿De qué cuerpo se convierte en escritura el juego, Derrida?”. Y también: ¿Cómo distinguir, en medio de una oscuridad tan / y tan densa, un género de otro, una historia de otra, decidme, bienqueridas damas del instituto de la ginecología literaria? (p.77). Así pues, nada de veleidades postmodernas, o trans o como quieran llamarse. Talvet ha conocido la fraseología absurda del sistema soviético, ha palpado las contradicciones y la estupidez del régimen sustitutivo, y ha reaccionado (su traductor, Albert Lázaro, ya lo vio en su día) derramando su interioridad, en un intento de paliar tanta absurdidad y sin sentido que nos rodea. El resultado es una poesía que reivindica, de forma oblicua, la autenticidad de los discursos. Los efectos de la Segunda Guerra Mundial (sugeridos, por ejemplo, en los poemas “Trenes” o “Canción de Navidad”) aún palpitan en un espíritu nacido en los últimos estertores del estalinismo. De estas experiencias nacen poemas como “1953” (el año en que murió Stalin), revisiones de una trayectoria enfrentada a los estatismos en defensa de un ejercicio digno de la cultura.
Sin duda, el hombre civilizado se ha
convertido en un encantador de fantasmas, en un prestigitador profesoral
inocuo. Y este hecho debe relacionarse con uno de los temas más gratos de su
poesía: la absurdidad del mundo académico y universitario, la vacuidad de sus
congresos, sugerida de forma cervantina: amable e ingeniosa. No por casualidad
nos encontramos ante el fundador del hispanismo en su país natal, Estonia, y
del traductor a esta lengua báltica nada menos que del Lazarillo de Tormes, de Quevedo, Calderón, Tirso, Gracián,
Aleixandre, Gómez de la Serna, Lorca, García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo o Salvador Espriu.
He hablado del don de la observación, de la actitud reflexiva, de la
perplejidad del poeta, del viaje y de la ternura. He aquí los elementos
primigenios con los que Talvet construye su poesía. El antiguo esplendor de la
cultura islámica, las constantes alusiones a la gran cultura alemana, el
extraño comportamiento de los monarcas hispánicos, desde Felipe II al Príncipe
Felipe, son algunos de los elementos culturales secundarios que sazonan la
imaginería del autor. En su particular idioma literario, las imágenes y las
reflexiones se combinan en bruto, de un modo parecido al propugnado por
Jameson, resultando en ello poemas heterogéneos como sabias ensaladas o
concienzudas sopas agradables al paladar. Talvet no busca la estridencia, sino
la complicidad reflexiva.
No es la primera vez que Albert
Lázaro entrega a la luz traducciones de este autor imprescindible: antes ya
había aparecido Elegía Estonia y otros
poemas (Llambert Palmart, Valencia, 2002), una edición que no tuvo mucha
fortuna en cuanto a distribución, y también una pequeña selección en la revista
académica puertorriqueña Cuadrivium
(Núm.6, Otoño 2007 – Primavera 2008, pp.120-130). Celebramos que, al fin, los
poemas de Talvet hayan encontrado un cauce merecido en España.
Es todo un acierto haber publicado
un diálogo entre el poeta y el traductor, entre dos amigos sabios, como epílogo
del libro. No hace falta que recuerde aquí la solera del diálogo como género
ligado a la tradición europea que aquí me importa tanto resaltar.
Poesía para degustar en la intimidad del gabinete. Poesía editada con
un gusto exquisito (todas las ediciones de Olifante son un lujo para los
sentidos). Al margen del bullicio digital y de la batalla de imágenes en que se
ha convertido el mundo de la cultura, vale la pena acercarse a estos versos de
medida humana y degustarlos como se merecen. Quizá ya sólo seamos algunos miles o centenares los que pensamos así.
Pero qué más da. A decir verdad, nunca han sido demasiados los que han
reclamado la lentitud, la gimnasia de la razón, el gusto por la artesanía
verbal, el placer del diálogo apasionante pero desapasionado. Ésta es la
minoría que siente a Europa como una vocación, y no como un manojo de dogmas
por vociferar.
Andreu Navarra
Publicada en "Periódico de Poesía", Núm.34.
dilluns, 1 de desembre del 2014
Enrique A. Laguerre y Aguadilla
Unos
gamberros despeñan al cabro Rodolfo y ya nada vuelve a ser igual en Aguadilla.
El Pueblo (éste es el nombre que toma la población del extremo oeste
puertorriqueño en la novela) es devastado en su zona superior por la
construcción de la Base Aérea
que construyeron los soldados norteamericanos en 1939 temiendo que Hitler
empezara a atacar América por el Sur. Los resultados son culturalmente
devastadores: al poeta Jacinto (que representa a las generaciones
tardomodernistas) se le llevan el patio de su casa con una nueva carretera, le
cortan sus árboles y acaba muriendo alcoholizado. Las familias y tribus
expropiadas caen en la miseria y la dispersión. La también poeta Ana María
acaba renunciando a sus ensueños angélicos y abraza la nueva vida mercantil que
se despliega en la calles de la ciudad. Y quienes acaban triunfando son los
gerentes de prostíbulos y los politiquillos que confunden el Progreso con la tabula rasa de la propia cultura.
En
su novela, Laguerre no ataca (o se apiada) tanto de los soldados
norteamericanos como de los incautos poblanos que se dejan atrapar por los
fulgores de la nueva situación.
Con
Infiernos privados, el autor busca
sumarse a los grandes escritores que practicaron (o no les quedó más remedio
que practicar dadas las circunstancias naturales de su entorno) el realismo
mágico. Pero lo hace con especial inteligencia: ese mundo de maravillas
cotidianas (en el que “cada domingo era Domingo de Ramos”, ya que se vivía en
perpetuo contacto con las palmas y otros árboles que daban de comer
espontáneamente) se esfuma en cuanto llegan los tiempos de la presencia militar
norteamericana. Entonces todo se mercantiliza, todo es violado. Las solteronas,
viudas y jamonas de la ciudad se arrojan a los pies de los “enormes” gringos, y
sus brazos se vuelven “cadenas de hierro” porque esos soldados son su última
oportunidad para liberarse sexualmente.
El
elemento griego está presente desde el principio mismo de la novela para dar un
aire mítico y alucinado a todo lo que sucede en la isla caribeña, con
resultados idénticos a los del maestro Carpentier. Así, la vieja Casandra del
lugar suelta malos augurios a los pecadores que se confirman cuando empiezan a
verse aparatos de amarillas alas sobrevolando el terreno designado para el
sacrificio. “Como las diosas de la antigua mitología, de súbito la Democracia tornábase
implacablemente vengativa. Desde el Olimpo hacía retumbar su imponente poderío”.
Los descapotables se bautizan con los nombres de Helios y Faetón, conductores
del Dios Sol, y como el del Benny de La
guaracha del Macho Camacho son las máquinas con las que trituran hasta el
infierno. Los aldeanos se ven literalmente transportados, iluminados,
hipnotizados por los recién llegados y las nuevas posibilidades de lucro que
traen consigo.
No
dejan de amenizar el relato los constantes retazos impresionistas de paisaje,
aprendidos de Baroja, a través de los cuales el autor destila su vocación
poética de siempre, vocación irrenunciable y marca inconfundible de su
personalidad estilística: “Huyendo de la carcoma del aburrimiento, Ana María se
aventuraba a poblar las márgenes del Pueblo con sueños, a sorprender tesoros
voladores en los montes, a viajar por encima de los tejados herrumbrosos hacia
la isla gris, por sobre aguas de cambiantes matices, en las que el sol se
diluía para desafiar las noches con la candelada de las nubes.” Sólo quien ha
vivido en Aguadilla, quien ha disfrutado de su amplia bahía, con el misterioso
dibujo de la Isla Desecheo
(una vacía Ítaca en el relato, un lugar que traga sueños) en el horizonte, sólo
quien ha visto sus puestas de sol llenas de nubes primero amarillas, y luego
anaranjadas y fucsia, puede comprender completamente estas palabras
descriptivas. El resultado de la especial cocina narrativa laguerriana es la
suma del mundo técnico-lingüístico de Cela sumado al humanismo moral de
Delibes.
Lo
que le molesta más al autor son las burdas improvisaciones que quieren hacerse
pasar por progreso consolidado y ascendente, y el hecho de que se cortara de
raíz la dirección evolutiva propia de la región: “Son chocantes estas
estructuras superpuestas, esta sensación de cosas mal añadidas, de palmaria
interinidad, de aldea aprehendida groseramente por un simulacro de ciudad.” La
civilización no es la llegada súbita de una serie de innovaciones, sino un
proceso de perfeccionamiento paulatino que debe originarse desde la propia
identidad. “Porque el Poder no desperdicia tiempo en valerse de la Inocencia colectiva para
desatar sus pasiones primitivas disfrazadas de civilización.
La política se ha
convertido en pura exhibición de vaciedades: “En la Plazoleta […] han
levantado el estrado desde donde hablará el alcalde y se escenificará la
programación. Hay modernos y vistosos focos y abundan los banderines.” Los
habitantes pierden sus escasos referentes y malviven con incomodidad y
nerviosismo: “- ¿Seré inmigrante en su propia tierra? –se pregunta [Alberto]
casi en voz alta, curioso, algo aprensivo. Eso suele suceder cuando los pueblos
cambian de vida – emigran a otros estilo de vida-, sin salir de su lugar.” Y de
ahí viene el aire faulkneriano de la novela: los antiguos ciudadanos de Las
Troneras y sus adversarios sociales, los aristocráticos habitantes de las
calles de San Carlos y San Servando, empiezan a vivir en y de sombras a medida
que avanzan los años y empiezan a comprender que la tropa rubia les ha robado
su espacio vital, derruyendo las jerarquías previas, cancelando las estructuras
conocidas. Eso lo sabían bien los antiguos trágicos: cuando las clases altas
empiezan a vivir alienadas (Sutpen, Edipo, Creonte), se avecina la catástrofe
final, el suicidio nacional, la noción misma de supervivencia grupal. Se
encierran esos espectros en el Condominio de la segunda parte y allí viven de
simulacros e ilusiones fantasmales, aislados del exterior para no darse cuenta
de que la nada los está devorando. Los que tratan de luchar contra el tempo se
convierten en fantoches risibles: “Las viejas del Condominio visten de modo tal
que parece se cubren de yedra como un anticipo del cementerio. A veces, cuando
están quietas, con los ojos cerrados, se le figura que están pidiendo un
epitafio, como las estatuas mortuorias de camposanto.” Los que se resignan
idealizan un pasado que no llegó a existir, simbolizados por el amor trunco de
Alberto Calvente (enamorado hasta que se lleva el gato al agua, es decir, llega
a casarse con Ana María) y los falsos ideales de ésta, doblegada por las
riquezas a la primera oportunidad. Personaje éste especialmente trágico, puesto
que logra penetrar en los ámbitos sociales que le eran vedados cuando éstos no
significan ya más que pura decadencia. Y con ellos moran Alejandro, un antiguo
niño mítico robado por unos gitanos, Eddie Blue, el embrutecido que se sube al
carro del capitalismo desenfrenado, Luisa Borges, mujer autonegada, y otros
tantos, porque Laguerre no ha abandonado el personaje colectivo practicado
desde La llamarada (1935) y aprendido
en La Busca (1903)
de Baroja. Una nueva broma del destino:
en cuanto los personajes procedentes de las zonas pobres (las altas, las que se
han convertido en carreteras), los vecindarios nobles ya no valen nada y sus
antiguos moradores ya no son más que ruinas humanas, restos de estirpes
tronchadas.
En
1973 se cierra la Base Ramey
y, aunque sigue habiendo zonas de acceso restringido rodeadas de alambres y
severos portones en el semicírculo, en el interior del antiguo complejo militar,
y aprovechando sus edificios remodelados, se encuentra el campus de la Universidad de Puerto
Rico en Aguadilla. Un edificio ultra moderno señorea el recinto y alberga la
biblioteca. En su interior se encuentran el fondo y archivo de Enrique A.
Laguerre, que vivía en Hato Rey (San Juan) pero fue declarado en 1978 hijo
adoptivo de Aguadilla, aunque su infancia había transcurrido entre Moca e
Isabela. Yo creo que, de estar vivo, al autor de una novela que denunció la
traumática alienación sufrida por una ciudad colmada, rebasada, que esperó
beneficios rápidos de una invasión y no cosechó más que tantálicas necesidades
y mayor miseria, le hubiera gustado ver cómo sus objetos personales, libros y
trofeos se depositaban casi sacramente en territorio de la antigua base.
Podríamos afirmar que, por una de esas paradojas de la vida, y sólo por esta
vez, la cultura había reconquistado un espacio dedicado a fines militares.
Andreu Navarra Ordoño
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