dimecres, 13 de maig del 2015

"Viaje de ceniza", de Ximena Holzer

Andreu Navarra Ordoño

            Ocurrió hace casi ocho años. Había acudido a una jornada sobre edición independiente en casa de Carles Hac Mor, uno de los pocos poetas irreductibles que van quedando, o más bien debería decir en el tejado de su casa, puesto que allí trasladaron un sofá, una mesita y varias sillas para celebrar el evento, al aire libre. Participaron, además de Hac, Toni Clapés y Jesús Aumatell, de Emboscall,  que acaba de iniciar una segunda juventud.
            De repente, Aumatell anuncia que va a leer sus poemas una escritora a quien acaba de publicar, dice, lo mejor que ha leído en años. Lo confieso. Pensé: “menudo rollo, ahora un recital...” Y es que el 90% de los recitales que he presenciado me han producido más bien sopor. Pero aquello fue muy diferente, vaya si fue diferente. Sube al estrado una chica morena y empieza a leer... no podía dar crédito... empecé a revolverme en la silla... Aquello no era bueno, era extraordinario, cojonudo, realmente único.
            Yo no conocía persnalmente a Aumatell y él y la autora se me escaparon. Pensé que podría escribir o llamar a Emboscall para conseguir ese libro negro. Pero ni pude contactar con  Aumatell ni conseguir el libro. Ese libro negro absolutamente irresistible que ahora puede descargarse de este link: http://www.emboscall.com/prima/hemisferios/hemisferios.htm
            La autora era Ximena Holzer, y el libro se titulaba Hemisferios. Pero eso lo supe hace un mes. Afortunadamente, los años han corregido mi error. El error de no retener el nombre de la poeta, ni del título del libro. Lo confieso: es que no estaba prestando atención. Empecé a hacerlo cuando ya era tarde, cuando Ximena había empezado ya a recrear hablando, en voz baja, su extraordinaria, rota, alucinada literatura. Yo creo que para encontrar algo así, una poesía tan pura y vocacional, tan auténtica, en literatura actual hispánica nos tenemos que ir a la poesía de Óscar Curieses.
            Hace poco fui a la librería Calders, pregunté por Aumatell y allí estaba él, sonriendo, encuadernando sus propios libros, con sus propias manos. Porque Aumatell sonríe porque sólo puede sonreír quien trabaja para sí mismo. Algo que ya explicaba Engels. Es muy distinto editar para un soplapollas que se gastará el beneficio en safaris que maquetar, imprimir y encuadernar tus propias creaciones, como hace Aumatell. Por eso entiendo que sonría y que cuide a su descubrimiento. Y él me comentó que Ximena acababa de editar un nuevo libro.
            ¿Qué encontramos en este Viaje de ceniza? La misma existencia ardida y atomizada de su libro anterior. Las mismas preguntas de luz que arrasaban su libro anterior: “¿Qué es un muerto?”, “¿Qué hila tu boca / a la espera de un viento?”, “¿Qué se hace con la piel el muerto?”, “¿Dónde quedó la mano?”.
            Esta poesía es estremecedora. A base de machacarnos alcanzamos la ternura ante lo que acaba de desmantelarse. Desnudez extrema. Martillo que no resuena. Ausencia total de rebabas y de adjetivos.

Ximena Holzer es una poeta de verdad. No un escritora, ni un postureadora. Sospecho que su vida se ha incendiado como su escritura, pero esto no compete aquí. Por eso, sospecho, no sabrá darse el bombo que merece. Quiero decir, escribe y calla, es persona discreta. Una Carlos Vitale. Lo que hay en su nuevo libro es, otra vez, muy grande, porque es muy pequeño. Porque es aquel tipo de poesía recortada sin piedad que nos recuerda al mejor Celan, a Beckett. Holzer aplasta sus visiones contra la página y consigue un discurso visceral sin declamación. Un discurso visionario sin escuela, natural e intervencionista. Único.

Publicado en Quimera, 377, Abril 2015. 

dilluns, 13 d’abril del 2015

Literatura y pistolerismo

Pistolerismo y novela: Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa

Andreu Navarra Ordoño


Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa, hijo de Narcís Oller, vio la luz en 1930, fue traducida al francés en 1934, y se reeditó en 1953 y 1980. Sin embargo, pese a su fortuna editorial, no es un texto que haya merecido un gran favor de la crítica. Su prologuista de 1980, Joaquim Martí, la dejó hecha un auténtico trapo. Cuando afirma que se trata de una novela de tesis, lo que desea es subrayar el anacronismo que suponía, en 1930, no asumir en un texto narrativo ninguna de las corrientes renovadoras que circulaban ya más que consolidadas, y presentar a Oller como un retrógrada en estética y política. Por lo tanto, no seguía a las cumbres de la novela catalana de la época, ni el hibridismo fragmentario de La Ben Plantada de d’Ors, ni el psicologismo de Miquel Llor, ni el textualismo de los vanguardistas, a quienes Oller ridiculiza como extravagantes en su texto.
            Las cosas empezaron a cambiar el año pasado, cuando el periodista Joan Safont, con la ironía que le caracteriza, defendió la validez con la que Joan Oller reprodujo el ambiente político-social de la Barcelona de 1918, e incluso jugó con la extrapolación del conflicto ideológico que separa a la pareja protagonista con lo que pudiera muy bien ocurrir en la Barcelona actual, dividida entre independentistas e “indignados”.
A Martí no le gusta que se critique al sindicalismo, tildando de “tendencioso” todo lo que el narrador explica sobre los atentados perpetrados por anarcosindicalistas. En definitiva, según Martí, la novela es un insoportable pastiche de materiales mal asimilados. Una amalgama moralmente censurable y estéticamente impresentable. Pero Oller no inventa las fechorías perpetradas, y tampoco niega que la patronal contratara, a su vez, a pistoleros para abatir al adversario. Además, intentaremos demostrar que Joan Oller i Rabassa se adhirió a una estética contemporánea, la que representaba Pío Baroja, y que no mintió acerca de los defectos de que adolecían las doctrinas que criticó. 
Por poco que el lector se haya familiarizado con la obra de Pío Baroja, especialmente con las novelas de la trilogía de La lucha por la vida (1903-1904): La Busca, Mala hierba y Aurora roja, encontrará no pocos ecos del escritor vasco en la novela de Oller. Y esto no debe sorprendernos: ¿quién si no Baroja había escrito novelas sobre el terrorismo anarquista? El  aroma del vasco es omnipresente: Fe Beringola es la típica sabihonda fanática que aparece en claroscuro en las novelas barojianas, de un modo especial en El mundo en ansí (1912), aunque la naturaleza generosa, caritativa y su capacidad para amar la realcen por encima de las mujeres barojianas. Claudi Roca, el protagonista, el catalanista separatista y soñador, es también un antihéroe típicamente barojiano: claudicante, lleno de dudas, que engorda, que traiciona sus ideales para adaptarse a lo fácil, y que se amolda a la esclavitud espiritual y a los convencionalismos sociales y familiares. Un hombre, pues, complejo, atrapado entre su grisura y sus anhelos: un Manuel Alcázar, en definitiva.
Absolutamente barojiana es la técnica de desplazar las opiniones ideológicas hacia el diálogo, y nunca hacia la narración. Es lo que ocurre en Aurora roja (1904), la novela en que Oller debió de fijarse más, por ser la que relataba dilemas y peripecias más parecidas a las de su propia obra.
También es típicamente barojiano el recurso de construir una voz exterior encarnada en uno de los personajes que recoja, parcialmente, porque esto no es nunca total ni automático, la opinión del autor. Los Ferrers inventados por Baroja son muchos: Iturrioz en El árbol de la ciencia, o Fermín Acha en la trilogía de La selva oscura, de la que hemos de hablar aquí con más detenimiento. La trilogía de La selva oscura está formada por La familia de Errotacho, El cabo de las tormentas y Los visionarios, todas novelas de 1932. Un gran parte de los materiales de las dos últimas constituye una geografía del terrorismo anarquista peninsular: precisamente El Cabo de las tormentas se centra en el escenario catalán y en sus protagonistas: los pistoleros, Martínez Anido y el coronel Arlegui. En Los visionarios se estudia el caso andaluz, que
Baroja vincula al bandolerismo tradicional.
Resulta falso defender que la novela de Oller careciera de andamiaje estructural. En todo caso, debería indicarse que esa invertebración, que ese fragmentarismo deshilachado y deshilvanado, con frecuentes prolepsis, es también perfectamente reconocible: es el hibridismo barojiano trasladado a la cultura catalana. ¿Acaso no constituye un fuerte contraste la miseria que rodea la existencia de Fe (capítulo III) con el lujo de la comilona catalanista que se describe a renglón seguido (capítulo IV)? ¿Acaso no es barojiana la descripción del mundo urbano, miserable, áspero y fascinante, habitado por todo tipo de marginados, con que se inicia la novela?
Hemos intentado aportar pruebas circunstanciales. Tratemos de presentar una más definitiva: en Aurora roja aparece un personaje, Prats, que Oller toma directamente del modelo de 1904. Ese Prats que aparece en Aurora roja (capítulo 2 de la tercera parte) es tan estulto, violento y antiidealista ácrata por conveniencia, como el Prats de Oller: podrían muy bien ser la misma persona, y significar un interesante guiño literario de Oller hacia Baroja. ¿Puede ser casualidad, dos Prats en dos novelas centradas en el tema del anarquismo? Y hay otro guiño: la acusación formulada por Ferrer según la cual los catalanistas serían unos judíos. Concretamente, Ferrer pide que «Cataluña se separe de su barbarie, de su judaísmo y de su degeneración (p.124). No voy a entrar aquí a detallar la clase de antisemitismo que utilizó el escritor vasco para insultar a Cambó y a los catalanistas en general, y también me guardaré de afirmar que Oller considerara unos judíos a sus propios correligionarios políticos. Lo que me parece fuera de duda es que, a través de ese comentario, Oller intentara expresar su rechazo a la actitud intervencionista del catalanismo camboniano, basado en quejas y agravios que se presentaban al gobierno central. Quejas jeremíacas. Con esto, se sumaba a uno de los tópicos periodísticos más extendidos de su época.
Y es que Oller, como tampoco Rovira i Virgili, en cuya revista se reseñó Quan mataven pels carrers, no era un catalanista precisamente autocomplaciente. Los nacionalistas radicales eran especialmente duros con el catalanismo blando y transigente, que era el mayoritario en su época: «Realmente, los catalanes, colectivamente considerados, parecen una pandilla de mutilados (…). Nos llaman individualistas, y no somos más que caseros; nos llaman negociantes, y no pasamos de tenderos; nos llaman trabajadores, y no somos otra cosa que gente que teme a la miseria… Pero, en medio de todo, la raza catalana es soñadora, idealista… ¡es un raza!» (p.172), exclama Amfós, el más radical de la novela, porque procede de la diáspora americana, tradicionalmente más separatista.
Montoliu (La Veu de Catalunya, 01-11-1930) también destacó esta crítica de Oller hacia el «catalanismo sentimental anterior a la dictadura». Un catalanismo que debía recuperar la fuerza y el idealismo y sacudirse los síntomas de degeneración moral y desfallecimiento. Que debía recuperar, pues, el programa de Acció Catalana.
Hemos apuntado la posibilidad de que Joan Oller conociera y se inspirara en las obras de Baroja, pero también podemos sospechar que Baroja tuviera conocimiento de la obra de Oller, puesto que viajó a Barcelona en 1931 expresamente con la idea de documentarse acerca del pistolerismo catalán para ofrecer una visión verídica de él en dos de las narraciones de El cabo de las tormentas: las que se titulaban “El contagio” y “El Negre”. No parece inverosímil que oyera hablar de una obra que acaba de ganar el premio Fastenrath y que trataba de lo que él se disponía a narrar.
            Domènec Guansé publicó su crítica en enero de 1931, en la prestigiosa Revista de Catalunya, fundada y dirigida por Antoni Rovira i Virgili, en su número 65. Guansé es mucho más justo y ecuánime que Martí. Si bien señala de la novela indudables limitaciones (la mediocridad de los personajes, que no representan cimas de corrupción ni de generosidad, la falta de unidad narrativa, y la superficialidad con que Oller aborda grandes temas de la época), también es capaz de observar los aciertos, indudables también: la reconstrucción del aroma de la época, la mentalidad de los barceloneses, la angustiosa situación en que vivían. Y a propósito del catalanismo, es donde Guansé sorprende. Afirma que «en el catalanismo y el sindicalismo  de aquella época -¡y de nuestra época!- hay mucho, mucho más de podrido de lo que Oller i Rabassa denuncia».
            Como Baroja, Oller i Rabassa considera que cualquier extremismo (como los de Claudi Roca y Fe Beringola) son patologías nerviosas. Oller i Rabassa vierte toda su nostalgia por las agrupaciones catalanistas de los años finales del siglo XIX, pero le parece vivir una época gris y de políticos afeminados y débiles. La épica de las agrupaciones excursionistas y musicales ha desaparecido, y no parece que tengan sustituto. La Unió Catalanista, tras la muerte de Martí i Julià en 1917, no es más que un fantasma arruinado. Falta, pues, la savia pura del catalanismo incontaminado de política partidista.

            Montoliu consideró Quan mataven pels carrers un correcto ejercicio de novela de ambiente, bien dramatizada a través del amor imposible entre un nacionalista y una anarquista. Destacó también que se tratase de una obra única en su género, de un retrato novelesco de la Barcelona de su tiempo, que brillaba casi en solitario en las letras catalanas de la época. 

Publicado en Quimera, 376, 2015.

divendres, 6 de març del 2015

Barcelona Negra


Barcelona Negra
Adriana V. López y Carmen Ospina (eds.)
Barcelona, Edhasa, 2013

            Hace dos años vio la luz este libro en Nueva York, y ahora llega a su país natal en español. Concebido como una antiguía turística de Barcelona, reúne relatos policíacos de catorce autores que sacan a la luz la cara oscura de catorce barrios de la Ciudad Condal.
            Ya nos avisan las responsables del volumen en su prólogo que en España el género negro se ha manifestado bajo la forma de narraciones historicistas que buscan airear lo que hay de negro en la sociedad actual, es decir, bucear en sus cimientos para que todos podamos comprobar la cara oscura de nuestra aparente armonía social, que barre la muerte y la delincuencia bajo la alfombra. La tesis coincide con las líneas generales del reciente volumen colectivo Historia, Memoria y Sociedad en el Género Negro (J. Sánchez Zapatero y À. Martín Escribà (eds.), Santiago de Compostela, Andavira). Y eso pasa en este caso por denunciar el clasismo de la capital catalana, describir las mentes sádicas de los elementos que se encuentran en la cúspide de la pirámide, como ya hizo Andreu Martín en Por amor al arte y lo hace aquí Barrios Altos, de Jordi Sierra i Fabra, y también por recordarnos sobre qué orgía de plomo y sangre se construyó nuestra hoy cómoda para algunos capital.
Los casos más extremos de historicismo serían los del cuento de Andreu Martín, Ley de fugas, que contrapone explícitamente el descarado progreso de la Villa Olímpica con los niños descalzos que chapoteaban en los charcos tóxicos del Poblenou de los años veinte, y “Las sombras de Brawner”, de Antonia Cortijos, que explora una negra trama de asesinos nazis incapaces de escapar de una espiral eterna de violencia.
            Andreu Martín hace valer los galones de la veteranía y firma un cuento veloz, trágico y circular. Lolita Bosch, en las antípodas del relato lineal, arma un texto experimental que se diluye sin gancho. El relato de Cristina Fallarás (espero que le vaya mejor, últimamente se la ve bastante en la tele, espero que le paguen bien) es dinámico y oralista. Santiago Roncagliolo logra un cuento inteligente basado en el ensamblaje de oscuras fantasías de una niña triste que encuentra al lobo feroz de sus sueños una noche de Carnaval, justamente el día que cumple cuarenta años.
            El balance final, si nos tomamos Barcelona Negra como un expositor del nivel alcanzado por el género negro en nuestras latitudes, es positivo pero también discreto. Destacaría Sweet croquette, de David Barba, un texto que es muchas cosas: un homenaje a la Barcelona charnega de Marsé y Vázquez Montalbán, una fantasía macabra en la que dos protagonistas quijotescos dan lugar a una siniestra elaboración de croquetas postmodernas a partir de carne humana. La ironía más despiadada se despliega en este relato protagonizado por un frustrado racista para localizar los rasgos más risibles de nuestra sociedad. 
Por lo demás, ninguna sorpresa. Ningún descubrimiento especial que merezca ser destacado. No tenemos a un Don Winslow, no tenemos a un Camilleri. Tenemos, sí, escritores capaces de construir un buen relato y conducirlo a buen puerto: ahí están para probarlo La ofrenda, de Teresa Solana, o Depredador, de Roncagliolo. Tenemos, también es cierto, narradoras que consiguen congelar su estilo para construir esa extraña poesía del acero quirúrgico de las novelas de Patricia Cornwell: Teresa Solana y Antonia Cortijos. Lo mejor, sin duda, el espíritu de la obra: por fin alguien aprovecha el laboratorio literario que es o debería ser Barcelona y reúne a escritores de tres tradiciones yuxtapuestas: catalana, española y americana, felizmente fusionables. Sin embargo, sigo pensando que a estos narradores les falta afilar un poco más el bisturí.
     

Andreu Navarra Ordoño
Publicado en "Quimera", Núm.361, Dicembre de 2013

dimecres, 4 de març del 2015

Eduardo Moga


Eduardo Moga
Insumisión
Vaso Roto, 2013


            Creo que hace muchos años que Eduardo Moga escribe el mismo poema. Hace muchos años fui a conocerle a la desaparecida librería Catalònia, donde presentaba Soliloquio para dos, libro publicado por La Garúa, la insólita editorial que dirige Joan de la Vega. Entonces escuché lo siguiente: “Dime, alma, qué cincel has empleado / para que sea yo tu forma, / qué sombra subyace en mi sombra, / o qué memoria soy, qué invertebrada / conciencia”. Hace ya ocho años de esto. Quién lo diría. Era la primera vez que las palabras pronunciadas en una presentación de libro lograban electrizarme. (Lo normal era y sigue siendo que me hicieran dormitar). No era sólo la voz cálida de Eduardo lo que me subyugó aquella tarde. Sin duda fueron sus versos, increíblemente verdaderos en el contexto actual de generalizada actuación. Generalizada sobreactuación tragicómica.
            Pero la verdad de Eduardo no es de naturaleza platónica. No es la verdad aburrida de los sacerdotes, sino la verdad de la Muerte, la verdad del Sexo y la verdad de los apuñalamientos del pensamiento. La verdad de lo único de que disponemos para ir tirando mientras vamos pudriéndonos. Porque éste el argumento de la obra. La falta de Ser: “idéntico ensimismamiento sin yo. Los ojos de la nada / me miran” (p.9), puro sumergimiento en Heráclito y sus vértigos.
            Hay quien piensa que el poeta es un actor y que la vida es una farsa y que por lo tanto la poesía también lo es, y que puede escribirse cualquier cosa con tal de que a uno lo hagan figurar en alguna antología y salir en la foto. Pero éste no es el rollo de Eduardo, un poeta tierno, filosófico y pornográfico. Un escritor impúdico, que aplasta la vida contra el muro en blanco de la indiferencia cósmica. Quien vive a fondo su vida es posible que escriba un libro de verdad y no una bagatela.
Su poesía es un gran gato erizado que le gruñe a la muerte y le araña al lector. Es un puro trabajo material que precisa de los brillos y orines del metal, que necesita de las heridas para brillar (“como cantiles de sombra / o púas de cinc”, p.9). 
            Él, en cambio, Eduardo, yo no creo que parezca un gato. Quizás un gran oso todo comprensión, y con ojos de búho. Ojos que palpan los tentáculos de la noche y los arrastran a regañadientes contra la puñetera página de libro, para que nosotros vibremos y nos electricemos. Como hace Cioran, otro célebre cárabo, a quien por cierto va dedicado uno de los poemas del libro (pp.71-72).
            Luego fueron viniendo otros excelentes libros: Cuerpo sin mí (2007), Bajo la piel, los días (2010), El desierto verde (2012), y ahora este intenso Insumisión. Ya ven. Eduardo no para.
            De entrada lo que parece evidente es que Bajo la piel, los días marcó un punto de inflexión en su escritura del cual esta Insumisión es heredero. En aquel libro, Eduardo destruyó todo lo que sabía de la poesía para construir algo más abierto y pugnaz y ambicioso que no sabemos muy bien lo que es, y que quizás en el futuro se convierta en una novela. Pero no en una novela normal, evidentemente, sino en una de aquellas novelas tropicales y torrenciales (como él mismo) donde cabe absolutamente todo y donde se desgarra toda clase de referencia cartesiana. Muchos poemas o secciones del libro son ya fantásticas micronarraciones en las que la tensión y las preguntas ineludibles son los protagonistas. Y esto sin perder el humor, sin impostar la voz. Sin solemnidades, porque Moga busca la proximidad y la capacidad universal de golpear. Hay un claro regusto a Proust en el poema que dedica a su madre (pp.37-40), poema que leyó en público en la presentación del libro hace unas semanas, logrando electrizar como sólo él y Gamoneda saben en este melancólico país.  
            “¿Por qué sigues enlazando sílabas, como si los nombres fueran la vida?” (p.10). Eduardo no ha acabado de escribir ese su soliloquio incluyente. No ha acabado aún de cincelarse. No terminará jamás. Y de paso seguirá cincelándome a mí, que soy su amigo y su lector. Aquella tarde de 2006 me aproximé a Eduardo, compré su libro y me lo firmó. Escribió en la solapa: “Para Andreu Navarra, con la alegría de ponerle cara –y perilla- a un nuevo lector y amigo. Con un abrazo”. Luego escribió un prólogo a un libro mío, un prólogo bello y breve como un puñetazo. Ahora le devuelvo aquel favor de habérseme descubierto, porque en él hay mucho que descubrir, cada vez más, intentando explicar (absurdo empeño) qué es lo que podemos encontrar en su último libro, otro océano encauzado. Otra marea de furia expresada en el intervalo de una carcajada. Escribo esto no como una descripción de lo que es él, sino de lo que él es en mí, es decir, del regalo que él es. Porque regalos son estos poemas llenos de una rabia que es una sabiduría, como el de las páginas 48 y 49, donde aparecen 25 sinónimos de la palabra “idiota”, o el elogio del jabalí que constituye una obra maestra de la crítica teológica contemporánea (qué extraño, como el actual Papa Emérito Radzinger, también Ortega y Gasset llamó jabalíes a los más furiosos anticlericales).
            Por eso Eduardo se junta siempre con los jóvenes. Porque los jóvenes son los centinelas, o no son nada. Porque los jóvenes también están hartos de las estafas de los mayores. Porque han crecido en la tierra del no. La tierra del no disfrazado de sí al que hay que decir, con todas las fuerzas, no. Los jóvenes son los aprendices de búho, los que deben impugnar el aburrimiento y las concesiones. Y por eso Eduardo es un joven, que escribe una vieja poesía joven, vehemente y escéptica.
Pruébenlo. Acérquense a Eduardo. Sus garras tatuarán su espíritu para siempre. Gracias, Eduardo. Sigue pegando, sigue hostigándonos, y peleando cantando, y escribiendo arañando y riendo y brindando. 



Andreu Navarra Ordoño
Publicado en Caravansari, Núm.5 

dijous, 19 de febrer del 2015

Baroja, Azorín, Camba, Francisco Fuster y la gran ballena varada del 98



Publicado en Quimera, Núm.370, 2014.

Andreu Navarra Ordoño

             Echando un vistazo a las muy variadas publicaciones que vieron la luz en torno al centenario de 1998, se verificaban cierto hartazgo y cierto agotamiento respecto al comentario tradicional. La reacción, el adentrarse en las esferas abstractas de la crítica postmoderna, fue, a mi juicio, contraproducente, porque aún no sabíamos con certeza qué había pasado. La gran ballena del 98 acabó varada en una playa sin retorno. Los acercamientos acabaron agotándose porque eran sólo espejos de una densa jungla de repeticiones reelaboradas. Cuando yo estudiaba filología, pronto me di cuenta de que el debate crítico se reducía a la elección entre un par o, a lo sumo, tres banderías de críticos eminentes que acaudillaban y gestionaban una determinada parcela del saber. El trabajo previo consistía no tanto en localizar las posibles fuentes sino en seleccionar lo qe podía resultar útil en un océano, buscándole los puntos débiles a la ortodoxia.
            Esos críticos marcaban su propio territorio y se aseguraban de que en él sólo penetrara personal totalmente afín, con el que firmaban una especie de pacto feudal no escrito de adscripción a una determinada escolástica. Lo que producía que, una vez alcanzado el nivel investigador, todos los mensajes fueran: “esto ya está estudiado”, o “aquí ya no hay nada más que decir”; se debía esperar a que se muriera el propietario del autor o la época para proceder al desguace de su testamento.
            Los estudios sobre el 98 no eran ninguna excepción. Que en el año 2004 se reeditara (lo hizo Veruert) el fundamental libro de José-Carlos Mainer La doma de la quimera, vino a certificar la falta de reemplazos. Y también, a la vez, la línea a seguir. El propio Mainer (pionero en el tratamiento del fenómeno 98 desde la historia política) y los trabajos de Enrique Selva, (Pueblo, “intelligentsia” y conflicto social (1898-1923). En la resaca de un centenario, Edicions de Ponent, 1999), marcaron el camino: había que maridar la historia con la edición de clásicos y romper con los discursos solipsistas. Destruir los muros entre disciplinas. Integrar las explicaciones y superar el marco de la mera información. Buscar una nueva alianza con el lector. Reconstruir la complicidad del lector. Rebajar el protagonismo del crítico para realzar la actualidad del clásico. Desvelar los refritos, impugnarlos. Desactivar los tópicos. Aventar las contradicciones. Oxigenar las conclusiones y los procedimientos. Aligerar los aparatos críticos y añadir aumentos a la lupa del historiador de la cultura. Ya lo dejó escrito Azorín, en 1916: “En España hemos dado en la flor de hacer las ediciones populares de clásicos de tal forma que causen desagrado y molestia al público a quien se destinan”. Lo triste es que esto fuera verdad cien años después. Se sellaban una escasa nómina de ediciones escolares oficiales, y se reducía la cantidad de posibles interpretaciones a un mero reflejo de escuela.
            Así estaba la situación cuando se produjo la explosión de los trabajos de Francisco Fuster. No es de extrañar que la presa se resquebrajara gracias a un historiador. El ambiente investigador en el ámbito de la Historia lo permitía, puesto que los mensajes predominantes allí eran: “cuéntalo mejor”, o “asume la tradición, pero supérala”; en suma: “vuelve al archivo, métete en la hemeroteca”. Recupera textos. Cada generación de historiadores (y Fuster lo es, y muy joven) tiene derecho a impugnar la versión de sus maestros y predecesores, porque si no, el conocimiento no avanza, y el interés extracadémico decrece. Los vínculos se cortan, la pedantería y el aburrimiento amenazan al sistema cultural. Es bien sabido que no hay nada más efímero que un libro de historia. Y por esta razón, Fuster ha operado hasta ahora de una forma inteligente: ha conservado el poder literario del clásico, construyendo nuevos clásicos, mientras sugería en pocas palabras la orientación antiprovinciana de su pensamiento. No es casual que en su última obra, Baroja y España. Un amor imposible (Fórcola, 2014), se ocupe durante toda la parte inicial por situar a la crisis de valores barojiana no sólo en su contexto español, sino también en el debido contexto europeo, y que se haya preocupado de ir muy fuerte en sus lecturas de Freud, Jaspers, Nordau, Simmel, Spengler, Nietzsche y Durkheim, entre otros.
            Esto no quiere decir que el historiador joven caiga o deba hacerlo en la irrespetuosidad y la petulancia del recién llegado. Nada más lejos de la realidad. Nada más lejos del carácter de Fuster. De la operación de desbroce y clarificación surgen destacados los nombres de los imprescindibles: José Carlos Mainer, Rafael Pérez de la Dehesa, mientras se reclama en voz baja pero firme la exigencia de que dimitan los lugares comunes y se reinstalen en la materia el libre examen y la exigencia científica.
            La especial habilidad de Fuster para crear nuevos libros de autores que se suponían agotados o hipereditados, la han señalado dos críticos de excepción: Eduardo Moga y Andrés Trapiello. Moga escribió en su blog que “La forma de trabajar de Fuster es deliciosamente simple: elige un autor relevante, descubre o espiga textos menos conocidos u olvidados, escribe una introducción que sitúa con justeza al autor y a la obra, aporta el aparato crítico necesario -pero no más- y fija el texto como un buen árbitro: con equidad, pero sin que se note” (19 de mayo de 2014). Trapiello lo confirma en su prólogo a Libros, buquinistas y bibliotecas: “Pese a la procedencia heterogénea de estos artículos y prólogos, escritos a lo largo de sesenta años, se diría que forman un todo armónico, quiero decir que Fuster ha escrito otro libro más de Azorín”. Fuster es un recreador de textos, en el sentido wildiano: descubre, presenta, selecciona: crea. Es un crítico artista. No es un filólogo puro ni un historiador apegado a la estadística. Es un árbitro con inspiración poética y una visión muy clara de cómo debe encapsularse una porción de historia del pensamiento español. Un artista científico, como si dijéramos.

            Por supuesto no se trata del único estudioso que se ha acercado con provecho al período en los últimos años. Pero sí, sin duda alguna, es el más hiperactivo, enérgico y coherente. Justo Serna y Anaclet Pons, en su prólogo a Baroja y España, han afirmado que “es quien más rápida y certeramente dispara por estos lares”. Una observación exacta: Fuster es el único joven crítico de críticos que genera crítica. Y realmente no para, no descansa: en 2012 editó y prologó Ante Baroja (Universidad de Alicante), la reunión de todos los trabajos y reseñas de tema barojiano escritos por Martínez Ruiz, y el también azoriniano ¿Qué es la historia? (Fórcola), revolucionaria recopilación de artículos de teoría historiográfica. En 2013 editó Semblanzas, de Pío Baroja, en Caro Raggio, y este 2014 ya han visto la luz, en cinco meses, Libros, buquinistas y bibliotecas, de Azorín, en Fórcola también, la traducción de Máximas y malos pensamientos, de Santiago Rusiñol (Vaso Roto), y el ensayo que podría calificarse como su obra culminante, hasta la fecha, su Baroja y España, sobre el que vierte todo su conocimiento de la historia cultural. Sobre Julio Camba ha prologado y/o editado Alemania (Renacimiento, 2012), Maneras de ser periodista (Libros del KO, 2013),  Caricaturas y retratos (Fórcola, 2013) y Crónicas de viaje (Fórcola, 2014). En tres escasos años ha dado a la luz el trabajo que en otro hubiera ocupado diez o veinte años. Y, desde luego, no se le puede reprochar precisamente falta de espíritu de exactitud o parsimonia creativa. Lo que ocurre es que su pasión es de las auténticas, de las que perduran, de las que arden sin consumir. Porque así son los investigadores auténticos.
            En realidad, la ideas que maneja Fuster no son complicadas. Es más, yo creo que precisamente su valor estriba en la simplificación que se produce al concebir un auténtico método. Surgen de un grupo doble de hipótesis que vertebraron su tesis doctoral y sus primeros artículos especializados: considerar a Baroja como un historiador y, por otro lado, considerar sus novelas como fuentes de investigación histórica. Así, el legado de Mainer y Pérez de la Dehesa se combina con los modos de argumentar y preguntar de Chartier y Bourdieu, revisitando de un modo ordenado temas que llevaban mucho tiempo generando debate filológico o historiográfico. Por lo tanto, lo que se invalida no es la vigencia de libros como Nietzsche en España, de Gonzalo Sobejano, sino la convicción generalizada de que resulta imposible seguir avanzando. Lo que no puede ser es que las bases del estudio de nuestra literatura contemporánea sigan enraizadas en un libro de 1967, por excelente que sea, o que deban diluirse en conocimientos esotéricos. Los materiales han de remozarse, han de cambiar, han de refrescarse y contaminarse de los roces inmediatos.
            Mientras todos esos libros salían discretamente a la calle, un historiador de la talla de Ricardo García Cárcel escribía cosas como la siguiente: “El esencialismo de la generación del 98 tendió progresivamente a buscar el consuelo antropológico en la historia. Los caracteres nacionales se sitúan en el escenario de la historia para depositar la responsabilidad de lo que somos no en el fatalismo de la predeterminación sino en los condicionamientos del pasado. La historia frente a la naturaleza.” (La herencia del pasado, 2012, p. 94).  Los historiadores han rescatado a los escritores de 1900 y los han situado en el contexto necesario. Pero no para completar el acercamiento textual, al modo tradicional, sino para considerarlos un filtro a través del cual fueron construyéndose los nacionalismos y los partidismos anteriores a 1936, para señalar no sólo su excelencia literaria, sino también su representatividad como forjadores de tradiciones heréticas, revulsivos y enfoques imprevistos. Todo indica, pues, que la historia de las mentalidades, un invento que procedía de la aplicación de la antropología cultural aplicada a realidades inaprensibles para la tradición escrita, ha sido y es la palanca que ha liberado a la gran ballena del 98.


            Sigámosla, para ver a qué nuevas islas luminosas es capaz de conducirnos.


divendres, 2 de gener del 2015

Serra i Moret i nosaltres

Ara fa cinc anys, vaig començar a reunir materials per a redactar el meu llibre La región sospechosa. La dialéctica hispanocatalana entre 1875 y 1939. Aplegava, sobre tot, pensament polític català de l’època de la Mancomunitat i de la segona República. Ben aviat em vaig adonar de quin era el meu polític català predilecte, amb qui sentia més afinitat. Fins i tot vaig anar al Pavelló de la República de la Universitat de Barcelona i vaig demanar papers seus, signats per la seva pròpia mà, o retalls de premsa que li van pertànyer, que igual retallava ell mateix al menjador de casa seva, cap el 1920. I ho vaig fer per gust, no perquè necessités tanta documentació seva. Reconec que sóc una mica idòlatra, una mica fetitxista. Però hi ha vicis molt pitjors.
Quan li preguntaven a en Serra quina era la seva opinió sobre la qüestió catalana, contestava que ell era un català natural, que la vivia amb perfecta naturalitat. I que era socialista per civilitat, per imperatiu d’educació. Durant els anys de la Generalitat Republicana, el seu petit grup parlamentari, la Unió Socialista de Catalunya, va actuar com a dofí aliat d’Esquerra Republicana, però conservant l’autonomia crítica. Aquest crec que ha de ser el lloc adequat. Vigilar, pressionar, traduir (Serra traduïa Marx), estudiar, fomentar el benestar, estendre la cultura, repartir la riquesa.
Deia Rovira i Virgili que una nació que no produïa cultura ni ciència, no era nació ni res, i que no mereixia viure. Aquesta opinió seva, força radical com moltes de les seves, em fa pensar en la nostra misèria d’ara: misèria de lletres i de cultura, a més de física i material. Si tots aquells que arboraven una bandera l’11 de setembre compressin un llibre català al mes (o a l’any) farien molta més nació que amb quatre consultes seguides.
Una nació que es deixa tancar plantes d’hospitals, que acumula nens a les aules, que ha d’alimentar 1.500 infants a la beneficència en un sol barri de Barcelona, per a mi no és res. És una gran estafa, que amaga les barbaritats d’una colla de criminals que haurien de ser a la garjola. A les pintades del carrer hi llegim sovint: “Independència per canviar-ho tot”. No hi estic d’acord. Canviem-ho tot, foragitem els mafiosos catalans que ens prenen els nostres drets (tothom sap qui són, agafeu el Cafè amb Llet o aquest mateix mitjà o pareu atenció als cartells del voltant de l’Hospital de Bellvitge), i en una democràcia depurada arribem a l’acord que calgui. Arribem on calgui.
Però mistificacions, ni una. I això val també per Espanya. El doctor Marañón, que per cert va atendre en Prat al seu llit de mort, i que ens va visitar amb profit l’any 1930, construïa hospitals de la seva butxaca. Quina diferència amb ara. I em diran radical, i foll, però jo seguiré explicant anècdotes. Com la d’un amic meu, que tenia la mare amb un vessament cerebral, i que no la van atendre ni a Girona ni a la Vall d’Hebron, i que a Figueres li van dir que tornés quan se li reproduís el quadre. És a dir, quan se li reproduís per tercera vegada el vessament, la qual cosa equivalia a un assassinat. I el més esgarrifós és que aquesta persona és un home amb mitjans, un empresari força ric. Què em pot passar a mi, una mena d’historiador freelance? Quan vaig al metge amb unes angines, em donen hora per d’aquí un mes.
Parlem clar. Francesc Macià, Manuel Serra i Moret, Antoni Rovira i Virgili, Joan Comorera, els nostres referents morals d’entre 1907 i 1939, deuen estar removent-se en el sepulcre. I entre ells, a un Enric Prat de la Riba li estaria caient la cara de vergonya davant la nostra nul·litat, la nostra incapacitat. Perquè una societat que es deixa robar el benestar i la cultura no és res, per molts milions de banderes que es treguin al carrer.
Publicat a La Directa, 07-11-2014

dijous, 11 de desembre del 2014

El hombre es una mujer castrada


Pido ayuda a las mujeres (ellas lo saben bien), suelo pedir ayuda a las mujeres cuando los intentos de integrarme en un espejo pálido y ojeroso me conducen a la afirmación: “no sé nada”.
Pido reconstituirme pero se me escapan los ojos de mis cóncavas (“¡Adiós, adiós!”), tienen alas, porque mi visión ya no puede ser plural ni tampoco múltiple porque se ha disuelto en la intuición de que pertenezco a alguna oculta niebla o logia tan extraterrestre como anquilosáurida.
En este sentido, hurgo en el significado de mí mismo y no hallo la rotundidad del ser que, por otra parte, observo en el atajo inmemorial y súbito de la mujer en su fulgor.
Por lo tanto destruyo  la torpeza dinosauria de mis ejercicios narcisistas/lénticos sobre el área desmembrada de este azogue reproductor, me dispongo a contemplar a la mujer en su devenir metafóricamente puro y verbenal, dejo que mis patillas crezcan, admito que mis alados ojos pertenezcan a un felino curvo (u otro no yo), mojo mis ventrículos en un femenino seminal y me limito a aplaudir la santa nocturnidad del encuentro míxtico desde la postura menos pendular posible.


Publicado en Dulce Arsénico, 0,1: “Femenino y plural”