Desde que uno pisa Badajoz se da cuenta de lo diferente, y hasta opuesta, que es respecto a Cáceres. Badajoz es moruna, si uno entra en ella cruzando un puente, la primera impresión es la propia de las ciudades con río, tipo Zaragoza. Cáceres, en cambio, es la puerta de Castilla: la amalgama entre Portugal y Castilla. Badajoz ya tiene un aire sevillano, y la tiene por las torres del imperio almohade. Badajoz es una ciudad horizontal; por el contrario, Cáceres es vertical y recuerda a Toledo.
Ayer estuve en Cáceres y... qué decir. Se conserva tal y como estaba en el siglo XVI, es algo que uno puede explicarse difícilmente. Mires donde mires un palacio, una iglesia fastuosa, una fachada plateresca, un balcón curioso, un escudo que habla o un detalle arquitectónico único.
Badajoz tiene algo definitivo: la Plaza Alta, decorada con colores llamativos y llena de recuerdos islámicos. Además, situada junto a la Alcazaba más grande de Europa. Un buen paseo consiste en rodear el castillo sin bajar ni un momento de lo alto de las murallas. Y detalles curiosos: en una calleja que va de la Plaza de España hasta el castillo, hay una churrería-librería, en la cual también arreglan bicicletas.
La Biblioteca de Extremadura ocupa un espacio único: está dentro del recinto de La Alcazaba, sobre las ruinas de la antigua mezquita, y aprovechando un hospital militar. En el vestíbulo se ven muchas (¡muchas!) publicaciones de poesía, en edición bilingüe: el detalle me ha gustado, están en castellano y portugués, como recordando una antigua identidad lusitana que ha borrado el tiempo.
Sobre las murallas, iniciadas en el siglo IX, se huele el romero y se obtienen excelentes vistas del Guadiana. El Guadiana más que un río es un pantano nómada. Los niños alimentan a los cisnes y los patos, para huir despavoridos cuando los atacan las feroces ocas. Y entre la Plaza Alta, la Puerta de las Palmas y el ensanche nuevo, se extiende un dédalo de callejuelas que es la viva imagen de los cascos antiguos de San Juan de Puerto Rico y La Habana. Hay que venir aquí para darse cuenta. Edificios idénticos, urbanismo calcado. Hasta las fortificaciones son como las que uno ve en el Caribe hispano. La similitud es total.
Por casualidad, paso por delante de la casa natal de Manuel Godoy, el primer espadón contemporáneo. Y ya voy pensando en regresar, mientras cruzo el río. Aquí las puestas de sol son únicas, pero me ponen medio melancólico. Mañana solo me dará tiempo a visitar el Museo Arqueológico. Y me he propuesto no ver nada más, porque si no me estallará la cabeza.
dijous, 31 d’agost del 2017
Mérida: puentes y chascos
Bajo a la calle muy de mañana: no llegamos a 20 grados. Estupendo. El programa era coger un autobús y viajar hasta Trujillo, pero justo están abriendo el recinto de la Alcazaba. Entro, porque igual será mi última oportunidad. Este está siendo el verano de las Alcazabas, llevo ya tres, junto con la Suda de Tortosa y la de Málaga. Lo que más me impresiona de la emeritense es el aljibe romano que está en su interior: es uno de esos espacios de Mérida en los que el universo sufre un cortocircuito y de repente uno se encuentra en un lugar romano tal y como lo dejaron los romanos. Dos galerías con escaleras van a parar al pequeño estanque, en el que nadan peces blancos y dorados. Todo está como hace dos mil años, incluso los dinteles con molduras y relieves. Desde la muralla se obtienen excelentes perspectivas sobre el puente romano y el río. En estos carteles de estas ciudades se aprenden bonitas palabras castellanas, como "tajamar", es decir, las proas de barco adosadas a los pilares de los puentes, y que intentan cortar las crecidas, o "aliviantes", agujeros o galerías por donde pasa el agua para que no se lleven el puente adelante. Aquí en Mérida, como en Tàrrega, hay memoria de crecidas espeluznantes. Salgo de la Alcazaba, cruzo el río y me dirijo a la Estación de Autobuses, pero resulta que no hay más que un coche de ida y otro de vuelta, ya casi por la noche, y ni siquiera tienen un papel con los horarios para que uno se monte la vida. Bueno, se frustra mi viaje. Pero tengo un plan B. Cruzo la calle y entro en la Biblioteca Delgado Valhondo, donde espero consultar un fondo hemerográfico y otro de historia local. Como no hay nadie en los mostradores, aquí hay libertad de movimientos. Periódicos no veré, pero encuentro libros magníficos. La pena es haberme dejado el bolígrafo... Bajo a recepción pero tampoco hay nadie, salvo una cola impaciente de usuarios. Ay... ¡el verano! ¿Qué hacer? Le pido un bolígrafo a una chica que estudia cerca. No le pregunto cómo se llama porque está muy absorta haciendo codos, pero la pondré en los agradecimientos de mi libro, porque es posible que sin su boli bic ni siquiera llegáramos a tener libro alguno. Muy satisfecho por los hallazgos, unas horas después, enfilo por el espectacular puente Lusitania, que tiene unas vistas estupendas. En Mérida (en Extremadura, en general) saben hacer los parques: agua no les falta. Los que se extienden por las orillas del Guadiana en Mérida y Badajoz son ideales para dar un paseo o correr. Aquí el agua está bastante sucia, pero se ven muchos patos y pollitos que nadan en hilera. Boquean entre botellas y latas y limo unos peces grismarrones no demasiado grandes. Paso por debajo del puente y voy a parar a la base de la muralla. Este es un rincón único, que impresiona al más pintado. Otro que me ha sedado es la Glorieta de las Méridas del Mundo, con su microcosmos de palmeras, piedras ciclópeas y toscas puertas romanas. Regreso a casa por la soleada y animada calle de Juan Pablo Forner, tuerzo por Vespasiano. El arco de Trajano lo vi de noche, pero es mejor de día. Ahora el calor aprieta. Mi objetivo es el inmenso Acueducto de los Milagros. Lo rodea una pradera estupenda. Hay algunos enamorados inteligentes dándose besitos bajo los arcos, en la sombra. En el río veo cigüeñas y una especie de ibis marrón que busca bichos entre el fango con su pico curvo. Desde luego, los parques aquí son de primera, y si tienen acueductos como este... Extremadura es el país de los pájaros: hasta en las grandes ciudades pueden verse grajos y hasta milanos. A la sombra de un pino termino estas notas.
diumenge, 27 d’agost del 2017
Robledillo de Gata
Salimos de Hoyos y nos disponemos a cruzar la Sierra de Gata. A medida que dejamos atrás la zona del incendio, todo va cobrando un aspecto más boscoso, y hay más pasto verde. Pasamos Cadalso, donde comeremos, y nos internamos en un valle suave. De unas lomas aparecen dos buitres negros. Son enormes. Hay un torreón gris erosionado sobre una escarpadura, convertido ya en naturaleza.
En Robledillo hay muestras de una curiosa arquitectura popular antaño denostada y hoy comprendida como lo que es: pura adaptación al medio. Me comentan que el vino local, peleón y terrero, se llama Pitarra, como el escritor Frederic Soler. Tomo un par de botellas en cuanto puedo. Ya veré cómo las subo al avión.
Sin embargo, la vid es escasa. Unas pocas "manchitas" (que diría un boricua) entre olivares. La iglesia es hexagonal y combina cierto aire clasico con la multiforme arquitectura local, de pizarra y madera. Su espadaña blanca culmina sobre el pueblo y le da su perfil característico. Las vigas de las casas son árboles encastados en bruto. Todo es oblicuo y deliciosamente tosco. El paseíto por el sendero del río, con las casas casi negras colgadas, es realmente sorprendente. Tiene aires pirenaicos.
Nos tomaremos algo en un bar que es un rincón de piedra, entre vegetación de ribera. En este bar que es casi un sedimento histórico, están escuchando Pimpinela. Del techo cuelgan enormes marmitas como las de la aldea de Astérix. Aquí la conversación fluye a chorro, es un peligro y puede perderte, porque no agobia el calor y uno tiene la sensación de flotar bien integrado en los caprichos del planeta. Los picos que vemos son todos amables, bastante altos pero redondeados. La piscina natural está al otro lado del pueblo. Las piscinas naturales son miniembalses, cada pueblo de la sierra tiene su piscina natural, e incluso dos o tres.
Esta de Robledillo es una maravilla de tranquilidad. Aunque hay unos señores de Reus que bromean con nosotros: no se creen que nos vayamos a meter en el agua, porque está helada, es hielo. Pero desde arriba ves el fondo. Al nadar por aquí se filtran los rayos de sol que se vuelven semiverdes. Los márgenes son legamosos y con algas. En un primer momento duele esta agua como una cama de cuchillos, luego resulta de lo más agradable, incluso en un día no muy soleado como hoy.
Por todas partes vemos el símbolo de la sierra de Gata: es una rosa hexapétala que parece que procede de un antiguo culto lunar. Ya lo preguntaré. Yo he visto estas rosas en las estelas visigóticas de Mérida. ¿Vinieron de Hungría y Germania? ¿O estaban también en los edificios romanos?
Regresando, comemos en Cadalso, al lado del río. Nos acarician este viento y estas hojas. Gazpachito y secreto ibérico. La tarde marchará bien.
En Robledillo hay muestras de una curiosa arquitectura popular antaño denostada y hoy comprendida como lo que es: pura adaptación al medio. Me comentan que el vino local, peleón y terrero, se llama Pitarra, como el escritor Frederic Soler. Tomo un par de botellas en cuanto puedo. Ya veré cómo las subo al avión.
Sin embargo, la vid es escasa. Unas pocas "manchitas" (que diría un boricua) entre olivares. La iglesia es hexagonal y combina cierto aire clasico con la multiforme arquitectura local, de pizarra y madera. Su espadaña blanca culmina sobre el pueblo y le da su perfil característico. Las vigas de las casas son árboles encastados en bruto. Todo es oblicuo y deliciosamente tosco. El paseíto por el sendero del río, con las casas casi negras colgadas, es realmente sorprendente. Tiene aires pirenaicos.
Nos tomaremos algo en un bar que es un rincón de piedra, entre vegetación de ribera. En este bar que es casi un sedimento histórico, están escuchando Pimpinela. Del techo cuelgan enormes marmitas como las de la aldea de Astérix. Aquí la conversación fluye a chorro, es un peligro y puede perderte, porque no agobia el calor y uno tiene la sensación de flotar bien integrado en los caprichos del planeta. Los picos que vemos son todos amables, bastante altos pero redondeados. La piscina natural está al otro lado del pueblo. Las piscinas naturales son miniembalses, cada pueblo de la sierra tiene su piscina natural, e incluso dos o tres.
Esta de Robledillo es una maravilla de tranquilidad. Aunque hay unos señores de Reus que bromean con nosotros: no se creen que nos vayamos a meter en el agua, porque está helada, es hielo. Pero desde arriba ves el fondo. Al nadar por aquí se filtran los rayos de sol que se vuelven semiverdes. Los márgenes son legamosos y con algas. En un primer momento duele esta agua como una cama de cuchillos, luego resulta de lo más agradable, incluso en un día no muy soleado como hoy.
Por todas partes vemos el símbolo de la sierra de Gata: es una rosa hexapétala que parece que procede de un antiguo culto lunar. Ya lo preguntaré. Yo he visto estas rosas en las estelas visigóticas de Mérida. ¿Vinieron de Hungría y Germania? ¿O estaban también en los edificios romanos?
Regresando, comemos en Cadalso, al lado del río. Nos acarician este viento y estas hojas. Gazpachito y secreto ibérico. La tarde marchará bien.
De Mérida a Hoyos.
En mi ignorancia, pensaba que esta tierra era seca y desértica. Pero está cruzada de ríos muy considerables, y hay embalses por todas partes. Es un paisaje humanizado, aunque humanos se vean pocos. Cruzaremos el país de Sur a Norte, por un par de autovías que están muy bien. Nos acompañan aves rapaces que yo no sé identificar: buitres no son, porque no tienen las alas deshilachadas. Unas son parduzcas y tienen un vuelo majestuoso, pero no conozco las aves de por aquí. Otros son claramente halconcitos que se acercan mucho al suelo y vigilan bandadas de palomas.
Paramos en Coria, lugar obligado. Empezamos nuestro paseíto rodeando una torre medieval estupenda, una de esas cosas que uno no se cansa de mirar, y nos paramos delante de la casa de Sánchez Mazas y Sánchez Ferlosio. Por diversos motivos este año he tenido en la mano cartas autógrafas de Sánchez Mazas, y se me hace extraño estar ahora delante de la casa de las que salieron para Barcelona y Madrid. Las puertas de madera de Coria son todo un monumento en sí mismo. Comemos en el Bobo de Coria, en un comedorcito presidido por el cuadro de Velázquez y utensilios del pasado. ¡Qué decir de esta tarta del Casar!
Delante de la Catedral, quedo deslumbrado. Eugenio d'Ors decía, en una de sus denostadas teorías, decía que el Barroco hispánico había empezado en Lisboa y que se había extendido hacia el este en forma de gótico plateresco. Lo demostraba enseñando fotos de balcones manuelinos. Delante de esta fachada fastuosa, presidida por la tracería y el "horror vacui", la teoría me parece verosímil.
La bóveda es, como en Hoyos, abanico. Y hay un pequeño museo en el claustro muy agradable. Bajo los arcos hay caras y corderos místicos. Una buena visita.
Al parecer, durante la Guerra de la Indepedencia, al obispo de Coria los franceses le dispararon un tiro en la boca y otro en los genitales. Los soldados que fueron a parar aquí, derrotados por los ingleses, al parecer eran la quintaesencia del programa ilustrado...
Hoyos no está lejos: solo unos treinta kilómetros. El pueblo es delicioso, tiene como un aire atlántico. La iglesia combina vestigios románicos con elementos manuelinos: esto es tierra de transición: Portugal está a 20 kilómetros y me explican que por allí hablan un extraño idioma híbrido.
La Sierra de Gata es muy especial: acostumbrado a las montañas abruptas de Catalunya, todas con sus correspondiente acantilado vertical, con la visita reciente a los Puertos de Beceite, esta montaña antigua y redondeada me parece de lo más extraño.
Nos movemos hasta Acebo y nos bañamos en su helada piscina natural. Me escoltan unos pececitos pardoamarillos. Todo el valle lo preside el Monte Jálama, lento y solemne, de casi 1.500. Es como el padre o el pastor de esta zona. Aquí el monte es verde claro y se orla a sí mismo con pedruscos negros.
Al parecer, hace unos años la sierra fue devastada por un inendio apocalíptico: se ven las huellas negras por todas partes. Pero la vida se está abriendo paso con fuerza: los pinos chamuscados y las encinas vuelven a tener hojas, pero quizás por haber respirado tanto humo algunas tapias humanas son de un negro doliente, inexplicable.
En un cartel veo que el ave más común aquí es el águila real: por la foto entiendo que los pajarracos de la carretera lo eran: águilas reales, y en cantidades asombrosas. Ya no tendré que mirar en el Google. Yo en Catalunya solo había visto una, pero muy de cerca, en el Canigó. Y era realmente dorada. En catalán, el águila real es una "àguila daurada". Estas no son doradas, son águilas un poco abuitradas. No tiene tanto glamour pero son más populosas y democráticas: sobre todo se dejan ver más. Pero es que hay muchas. En Extremadura también hay murciélagos enormes, casi del tamaño de un estornino. Dan hasta un poco de yuyu.
El pueblo de Gata es una mancha de leche en una hoya alta. Aquí se ve que llevaba una escuela de Humanidades Nebrija... ¡Aquí!
Encinas, olivares, alcornoques. En el campo de Cáceres, el verde y el amarillo dialogan. Hoy amanece nublado. Cruzaremos la Sierra de Gata de Oeste a Este y rozaremos las Hurdes.
Paramos en Coria, lugar obligado. Empezamos nuestro paseíto rodeando una torre medieval estupenda, una de esas cosas que uno no se cansa de mirar, y nos paramos delante de la casa de Sánchez Mazas y Sánchez Ferlosio. Por diversos motivos este año he tenido en la mano cartas autógrafas de Sánchez Mazas, y se me hace extraño estar ahora delante de la casa de las que salieron para Barcelona y Madrid. Las puertas de madera de Coria son todo un monumento en sí mismo. Comemos en el Bobo de Coria, en un comedorcito presidido por el cuadro de Velázquez y utensilios del pasado. ¡Qué decir de esta tarta del Casar!
Delante de la Catedral, quedo deslumbrado. Eugenio d'Ors decía, en una de sus denostadas teorías, decía que el Barroco hispánico había empezado en Lisboa y que se había extendido hacia el este en forma de gótico plateresco. Lo demostraba enseñando fotos de balcones manuelinos. Delante de esta fachada fastuosa, presidida por la tracería y el "horror vacui", la teoría me parece verosímil.
La bóveda es, como en Hoyos, abanico. Y hay un pequeño museo en el claustro muy agradable. Bajo los arcos hay caras y corderos místicos. Una buena visita.
Al parecer, durante la Guerra de la Indepedencia, al obispo de Coria los franceses le dispararon un tiro en la boca y otro en los genitales. Los soldados que fueron a parar aquí, derrotados por los ingleses, al parecer eran la quintaesencia del programa ilustrado...
Hoyos no está lejos: solo unos treinta kilómetros. El pueblo es delicioso, tiene como un aire atlántico. La iglesia combina vestigios románicos con elementos manuelinos: esto es tierra de transición: Portugal está a 20 kilómetros y me explican que por allí hablan un extraño idioma híbrido.
La Sierra de Gata es muy especial: acostumbrado a las montañas abruptas de Catalunya, todas con sus correspondiente acantilado vertical, con la visita reciente a los Puertos de Beceite, esta montaña antigua y redondeada me parece de lo más extraño.
Nos movemos hasta Acebo y nos bañamos en su helada piscina natural. Me escoltan unos pececitos pardoamarillos. Todo el valle lo preside el Monte Jálama, lento y solemne, de casi 1.500. Es como el padre o el pastor de esta zona. Aquí el monte es verde claro y se orla a sí mismo con pedruscos negros.
Al parecer, hace unos años la sierra fue devastada por un inendio apocalíptico: se ven las huellas negras por todas partes. Pero la vida se está abriendo paso con fuerza: los pinos chamuscados y las encinas vuelven a tener hojas, pero quizás por haber respirado tanto humo algunas tapias humanas son de un negro doliente, inexplicable.
En un cartel veo que el ave más común aquí es el águila real: por la foto entiendo que los pajarracos de la carretera lo eran: águilas reales, y en cantidades asombrosas. Ya no tendré que mirar en el Google. Yo en Catalunya solo había visto una, pero muy de cerca, en el Canigó. Y era realmente dorada. En catalán, el águila real es una "àguila daurada". Estas no son doradas, son águilas un poco abuitradas. No tiene tanto glamour pero son más populosas y democráticas: sobre todo se dejan ver más. Pero es que hay muchas. En Extremadura también hay murciélagos enormes, casi del tamaño de un estornino. Dan hasta un poco de yuyu.
El pueblo de Gata es una mancha de leche en una hoya alta. Aquí se ve que llevaba una escuela de Humanidades Nebrija... ¡Aquí!
Encinas, olivares, alcornoques. En el campo de Cáceres, el verde y el amarillo dialogan. Hoy amanece nublado. Cruzaremos la Sierra de Gata de Oeste a Este y rozaremos las Hurdes.
divendres, 25 d’agost del 2017
Mérida. Día I
Aquí no se lo creen, pero estoy más fresquito en Extremadura que en Barcelona. El calor, como es mucho más seco, no te persigue con tanta vocación de molestar y engancharse. Sí es verdad que, a partir del mediodía, ponerse bajo el sol es más bien suicida, pero es un auténtico regalo poder dormir, pasar mañanitas frescas, casi tan buen regalo como haber subido al avión sin ordenador y sin conectividad alguna que me permita seguir nadando en el lodazal de la prensa diaria.
Tras algún que otro capítulo picaresco con los taxistas del aropuerto de Badajoz (como si no hubiera viajado nunca por países en los que nadie activa el taxímetro), Badajoz me recuerda mucho mucho a Málaga: los castillos y las calles se parecen mucho. Hay un río inmenso, Portugal está muy cerca, los puentes y las murallas son espectaculares.
Llego a Mérida por tren, desde el que veo un acueducto alto como un edificio de cinco plantas. La tierra parece quemada en muchos rincones, de un color amarillo preocupante, hasta desasosegante, y en ocasiones hasta negra. ¿Qué demonios podrá crecer aquí?
Mientras se va el sol paseamos por el punte romano, que es una maravilla de casi un kilómetro de largo. ¡El Guadiana es un río inmenso! Puedo asegurar, y aseguro, que es aún más ancho que el Ebro, río que últimamente me ha acompañado mucho.
He venido a seguir los pasos de un puñado de escritores de principios del siglo XX. En los archivos, en las bibliotecas, un personal ejemplar. Amable, y que te deja solo en las salas de consulta y los cuartos de atrás, donde está lo bueno, lo cual es el sueño de cualquier friki investigador.
En los bares, lo mismo. Todo el mundo está alegre y es dicharachero. Ahora bien, cuado los extremeños hablan de sí mismos como comunidad, se palpa el descontento secular y cierto espíritu de derrota histórica. Muy rápidamente se percibe esto: falta de fe en sí mismos.
Pasar la mañana en el Museo Visigótico es un gusto. Me ha llamado esta colección exótica, con plantas y pilastras y mármoles trazados que me han hablado flojo pero fuerte. Mucho más íntimamente que la colección del Museo Romano, que llega a atragantar de tanta grandeza. Los visigodos me han hablado de un modo más intuitivo. Por muy espectacular que sea la colección romana (¡que lo es: estos mosaicos no se ven cada día!), el arte romano es igual en todos los rincones del Imperio. Del Museo Romano me he quedado con lo pequeño: las diminutas cabezas de terracota, los pequeños Bacos de bronce, y las monedas, a través de las cuales he puesto cara y ojos a los Emperadores de toda la vida.
Pero lo que más me ha imptresionado ha sido el Templo de Diana: fino y grande, espectacular. La Alcazaba, ciclópea y achaparrada, es del siglo IX, la más antigua de la Península. Yo solo he visto arquitectura islámica del siglo IX, en Kairouan (Túnez). En conjunto, todo muy potente. Y la gente amable y simpática como la que más. Pero dejo esto ya, porque me voy al Teatro Romano.
Tras algún que otro capítulo picaresco con los taxistas del aropuerto de Badajoz (como si no hubiera viajado nunca por países en los que nadie activa el taxímetro), Badajoz me recuerda mucho mucho a Málaga: los castillos y las calles se parecen mucho. Hay un río inmenso, Portugal está muy cerca, los puentes y las murallas son espectaculares.
Llego a Mérida por tren, desde el que veo un acueducto alto como un edificio de cinco plantas. La tierra parece quemada en muchos rincones, de un color amarillo preocupante, hasta desasosegante, y en ocasiones hasta negra. ¿Qué demonios podrá crecer aquí?
Mientras se va el sol paseamos por el punte romano, que es una maravilla de casi un kilómetro de largo. ¡El Guadiana es un río inmenso! Puedo asegurar, y aseguro, que es aún más ancho que el Ebro, río que últimamente me ha acompañado mucho.
He venido a seguir los pasos de un puñado de escritores de principios del siglo XX. En los archivos, en las bibliotecas, un personal ejemplar. Amable, y que te deja solo en las salas de consulta y los cuartos de atrás, donde está lo bueno, lo cual es el sueño de cualquier friki investigador.
En los bares, lo mismo. Todo el mundo está alegre y es dicharachero. Ahora bien, cuado los extremeños hablan de sí mismos como comunidad, se palpa el descontento secular y cierto espíritu de derrota histórica. Muy rápidamente se percibe esto: falta de fe en sí mismos.
Pasar la mañana en el Museo Visigótico es un gusto. Me ha llamado esta colección exótica, con plantas y pilastras y mármoles trazados que me han hablado flojo pero fuerte. Mucho más íntimamente que la colección del Museo Romano, que llega a atragantar de tanta grandeza. Los visigodos me han hablado de un modo más intuitivo. Por muy espectacular que sea la colección romana (¡que lo es: estos mosaicos no se ven cada día!), el arte romano es igual en todos los rincones del Imperio. Del Museo Romano me he quedado con lo pequeño: las diminutas cabezas de terracota, los pequeños Bacos de bronce, y las monedas, a través de las cuales he puesto cara y ojos a los Emperadores de toda la vida.
Pero lo que más me ha imptresionado ha sido el Templo de Diana: fino y grande, espectacular. La Alcazaba, ciclópea y achaparrada, es del siglo IX, la más antigua de la Península. Yo solo he visto arquitectura islámica del siglo IX, en Kairouan (Túnez). En conjunto, todo muy potente. Y la gente amable y simpática como la que más. Pero dejo esto ya, porque me voy al Teatro Romano.
dijous, 17 d’agost del 2017
Antonio Machado
Tema Machado. I acabo. No em preocupa que l'Ajuntament no vagi a retirar el nom. No em preocupa que els "grans" diaris (sense prestigi ja, qui vol qualitat ha d'anar al digital, fa temps que és així) continuïn mentint: diran el que els dicti la banca. Em preocupa que es posi al mateix sac a un pioner de la tolerància i la democràcia espanyola, que una colla de feixistots, i que se l'acusi d'imperialista. Sí em preocupa que no hi hagi més càtedres de català, basc, gallec, arreu de la península. Sí hi ha noms de poetes catalans a Castella. N'ho hauria d'haver més, i de totes les nacions. Sí hi ha lectors de poesia catalana. Em preocupa que s'equipari Espanya amb Franco i el franquisme. Em preocupa que a casa meva ens posem al nivell dels franquistes (censurant Machado, com feia Franco). Siguem sincers: a Catalunya no llegim els nostres propis poetes, no els defensem. Les nostres ideologies no es poden basar en esborrar i destruir. Jo sí busco el que es fa a València: busco Josep Piera. Allà on vaig busco les veus humanes i creatives. Rajoy no té res a veure amb el Madrid que jo conec, amb el de les persones que jo hi conec, amb molta de la cultura que s'hi fa. Madrid no és Franco, ni la monarquia. Machado és un poeta universal, l'univers importa als catalans. Rodoreda, Espriu, Brossa, Roig, són també universals. I els cultivem tan poc! L'altre dia jo era a Tàrrega: no hi ha una trista casa museu Pedrolo a Tàrrega. PEDROLO! Un escriptor enorme, ENORME, que ens passem pel forro dels pantalons, amb perdó. Em preocupa, sí, que es demani el carnet polític dels escriptors. I que en comptes de llegir-los se'ls valori (a Espanya, a Catalunya) per quina és la seva identitat ideològica. És que Lorca ha de ser catalanista perquè el valorem? Sabeu què penso? Que un pobre que no llegeix Machado (sí! Pobre!) tampoc llegirà Estellés o Verdaguer o Carner. La qüestió és aconseguir que la gent no pensi, no llegeixi, només obeeixi. Si us plau, prou baràrie. Ho sento. És que Machado em ressona molt. És un dels meus. I és un dels meus perquè sóc un maragallià fins al moll de l'os, i aquestes coses me les crec.
dimarts, 30 de maig del 2017
Vicente Blasco Ibáñez: el ariete republicano
En 1915, Vicente Blasco Ibáñez,
cansado y arruinado, recién llegado a París procedente de unas colonias
argentinas que no habían prosperado,
empezó a escribir Los cuatro
jinetes del Apocalipsis. Cuatro años después, solo en Estados Unidos, se
habían agotado ya doscientas ediciones de la novela. En 1921, Rodolfo Valentino
protagonizaba la versión cinematográfica de la obra, financiada por la Metro
Pictures Corporation. Este es el Blasco exitoso y moderno que quedó grabado en
el imaginario: el Blasco maduro y veterano, pragmático y laureado, el emperador
de la novela comercial y del guión de cine, el Blasco orondo y triunfador que
eclipsó al joven revolucionario que fue antes de que se iniciara el siglo XX.
El empresario hizo olvidar al republicano federal, al revolucionario de
trinchera, al joven periodista de combate que nos proponemos recuperar aquí.
Blasco empezó a colaborar en el
periódico La Bandera Federal en 1889.
En esos editoriales de El Pueblo, las
bestias negras eran Emilio Castelar y Práxedes Mateo Sagasta. No es que los
radicales valencianos apreciaran a Cánovas. De hecho, Blasco no mostró
benevolencia hacia el líder conservador ni siquiera cuando este fue abatido a
tiros por el anarquista Michele Angiolillo. Pero Blasco opinaba que Cánovas,
aún a través de medidas reaccionarias, era capaz de gobernar, mientras que, por
su parte, Castelar le parecía un mero traidor a los ideales republicanos, y
Sagasta un líder impotente, un converso canallesco y ladrón (Blasco llega a
llamarle “viruela maligna”), irracionalmente aferrado al poder.
En 1890, el general carlista
Cerralbo iba a ser recibido en la ciudad de Valencia. Blasco, junto con los
anarquistas Montaña y Serra, acaudillaron el asalto a la fonda en la que
pernoctaba el militar tradicionalista. Hubo palos y disturbios. El carruaje de
Cerralbo fue lanzado al fondo del río. El Capitán General Azcárraga decretó el
estado de sitio, y La Bandera Federal fue
suspendido. Un botón de muestra de hasta dónde eran capaces de llegar Blasco y
sus seguidores a principios de los años 90.
En los mítines de Blasco era
habitual ver a conocidos anarquistas entre el público. Entre 1890 y las
primeras décadas del siglo XX, tanto en Valencia como en Cataluña, las ramas
ideológicas inspiradas en la postura antisistema de Ruiz Zorrilla, exiliado en
París, confluían en una misma familia política de contornos difusos. Así, por
ejemplo, Lerroux y Ferrer y Guardia eran amigos, y las fuerzas ácratas que
acaudillaba Blasco participaban en los mismos disturbios que los anarquistas:
la frontera entre ambos no estaba clara. El republicanismo radical y el
libertarismo compartían espacio contra el sistema de la Restauración.
Otro rasgo sobresaliente en esta
etapa fue el anticlericalismo, postura que, en el caso de Blasco y sus
compañeros de redacción, alcanzó cotas de radicalismo que rayaban en la abierta
hostilidad y violencia. Cuando Ciriaco Sancha llegó a Valencia para sustituir
al anterior arzobispo, Blasco despegó una enorme pancarta en el balcón de La Bandera Federal, bajo la cual pasaba
la comitiva de bienvenida, en la que se leía: “Jesús entró en Jerusalén
descalzo y pobre: comparad”. El incidente causó un enorme escándalo, y Blasco
fue detenido y encarcelado en el presidio de San Agustín. Dos años después
volvió a la cárcel por motivos parecidos: los obispos de Salamanca, Madrid,
Segorbe y Valencia fueron apedreados cuando se disponían a embarcarse hacia
Roma. Botones de muestra de lo que era una actividad subversiva apoyada desde La Bandera Federal y El Pueblo.
También en 1890, Blasco publicó un
incendiario soneto en el que amenazaba con cortar la cabeza a todos los
tiranos. El resultado fue ser condenado a seis meses de cárcel y verse obligado
a huir a París, lo que fue providencial, porque allí conoció a Ruiz Zorrilla,
el carismático líder revolucionario exiliado. Para Blasco, el monárquico Sagasta
era el reverso de la moneda de Ruiz Zorrilla, el emblema de la honradez. Fue
también entonces cuando estudió a fondo las obras de Balzac y Zola. Al volver a
Valencia, Blasco lideró un golpe de estado interno en su partido: Juan Feliu
fue arrojado de la jefatura y la facción federal histórica fue barrida por los
cuadros jóvenes, mucho más audaces. 1892 fue un año clave en su trayectoria, en
el que publicó las tres mil páginas de la obra Historia de la revolución española en el siglo XIX, en tres
volúmenes, epilogada por Pi i Margall, ex presidente de la República de 1873.
Blasco ya evidenciaba uno de los rasgos más característicos de su obra: el
colosalismo.
El primer número de El Pueblo vio la luz el 12 de noviembre
de 1894. Blasco se lanzaba a esa empresa sin una base financiera clara. 1896
fue un año decisivo para el Partido Republicano Federal: tanto Blasco Ibáñez
como su líder en Cataluña, Vallès y Ribot, se escinden para liderar una facción estrictamente
revolucionaria. A partir de entonces, su estrategia política pasará por el
retraimiento, por no entrar en las combinaciones electorales. Pi i Margall, el
viejo patriarca republicano, ferviente legalista, abandona la Asamblea de
Madrid sin haberla concluido: se puso el sombrero y abandonó la reunión. En
aquella época, Blasco ya había encontrado una voz narrativa propia: frente a
sus primeros ensayos literarios, que luego repudió, había ya publicado La araña negra (1892), de contenido
antijesuítico, Arroz y tartana (1894)
y Flor de mayo (1895).
Estalla la guerra de separación en
Cuba y la postura de El Pueblo es
compleja. Blasco no quiere romper con el Ejército, que considera garante de las
libertades liberales, y muestra un patriotismo monolítico. Su propuesta pasa
por conceder la autonomía a la isla (la propuesta de Maura en 1893) y por
extender los derechos modernos y la instrucción general por toda la isla. Sin
embargo, no ahorra críticas contra el general Martínez Campos y el estado de
las tropas españolas que combatían en condiciones infrahumanas. Finalmente,
considera lamentable y antipatriótico que las clases adineradas puedan ser
exoneradas del servicio militar por 1500 pesetas. La pésima gestión del
conflicto por parte de los gobiernos debería encaminar a España hacia el
establecimiento inmediato de la República.
El
hecho de que la monarquía no declarara la guerra a Estados Unidos motivó que
Blasco y el grupo de El Pueblo sacudieran
Valencia con varias protestas antinorteamericanas. La situación llegó a ser tan
grave que el Gobierno Militar declaró de nuevo el estado de sitio.
Naturalmente, Blasco Ibáñez fue puesto en busca y captura y tuvo que huir de
nuevo al exilio. Su estancia en Italia fue también muy provechosa, puesto que
allí escribió Tres meses en el país del
arte (1896). Tras volver, encabezó nuevas algaradas en pro del servicio
militar universal, que le valieron verse encarcelado durante seis meses en el
tétrico presidio de San Gregorio. Allí fue rapado y tuvo que vestir el
humillante traje a rayas. La experiencia, la peor de su vida según confesión
propia, motivó que, a partir de entonces, Blasco cambiara de opinión respecto a
la necesidad de ser elegido diputado para poder gozar de inmunidad. Fue elegido
en 1898, 1899, 1901 y 1903.
Tras su amargo trance carcelario, nuestro
hombre fue desterrado a Madrid. Allí conoció a Rodrigo Soriano y empezó
realmente a abrirse paso entre los más selectos círculos culturales de la
capital. Esa amistad terminó de la peor manera: Soriano acabó acusando
públicamente a Blasco de comportarse un cacique. El nuevo amigo iba acumulando
poder a pesar de no disponer de arraigo en Valencia. La rivalidad llegó hasta
el Congreso, y finalmente Blasco y Soriano se batieron en duelo en Madrid en
junio de 1903.
En
septiembre de 1905, Blasco Ibáñez había obtenido su acta de diputado por sexta
vez. Los radicales valencianos habían conseguido abrirse un espacio político
rompiendo con el monopolio fraudulento de liberales y conservadores: lo que en
Cataluña consiguió la Liga Regionalista en 1901. En 1908, Blasco aseguraba
haberse retirado por completo de la política. Hasta 1903, indica Alós, no
podemos hablar con propiedad de “blasquismo”; el término lo acuñaron sus
enemigos partidarios de Soriano, con tono peyorativo. El republicanismo perdía
a su ariete en Valencia, pero la literatura ganaba a un escritor con pulso
firme, cuyas ventas no pararían de crecer astronómicamente hasta su
desaparición.
Sin
embargo, antes de su exilio, Blasco tuvo tiempo de protagonizar una ambiciosa
campaña pro aliada durante la Primera
Guerra Mundial, y de enfrentarse a la dictadura de Primo de Rivera, con
textos como Una nación secuestrada (1924),
Por España y contra el rey (1925) y Lo
que será la República española (1925). Blasco Ibáñez moría en su villa
Fontana Rosa de Menton (Francia), de nuevo en el exilio. No llegó a conocer la
República de 1931.
Publicado en "La Aventura de la Historia", Núm.223, mayo de 2017.
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