dilluns, 19 d’octubre del 2015

Joan de la Vega, "La Montaña Efímera"


Joan de la Vega
La montaña efímera
Barcelona, Paralelo Sur Ediciones, 2011

            Hay en la poesía de Joan de la Vega algo angustioso, sin duda esa vocación salvaje por hallar la autenticidad, deseo que tanto contrasta con la serena expresión que le sirve de vehículo (sin duda la serenidad boxeadora de un San Juan). Joan busca con las uñas y los dientes rebelarse contra la rutina de nuestros nombres, el lenguaje falseado de nuestra cultura. Por esta razón La montaña efímera es la historia de un triunfo: en la montaña más alta y profunda, el autor ha conseguido arrancarse de su pertenencia a un mundo social de símbolos sin significado. Cuando ha logrado secuestrar al río, la piedra y la montaña de sus nombres, de su dimensión manida y plana, surge la única conformidad posible: la conformidad con el propio ser y su destrucción cierta, su naturaleza luminosa, dorada y pasajera.
            Porque lo que ha escrito el autor es un libro de “poesía del aquí y ahora”, que dirían los japoneses, pero no por imitación estilística ni ambición culturalista, sino verdadera pasión por desprenderse de las gangas de la civilización para lograr que aflore el yo o la nada, es decir, lo único con lo que podemos realmente convivir, lo único que no ha sido manoseado de momento: “Extraña sensación / saber / que algún día / serás sólo / entre sus grietas / pura canción / de amor / petrificada” (p.59). Lo demás: convicciones, deseos, hábitos, interferencias, comodidades, estatismo, ideologías, religiones, dogmas, molestias, afanes, pedanterías, lecturas críticas, no es nada, no debería existir, y sólo podemos darnos cuenta de ello fuera de la cárcel. Éste es el verdadero tema del libro de Joan; porque en la ausencia absoluta de religiosidad aflora el verdadero espiritualismo: “Cualquier llanura es terreno apto donde reponerse, sin oraciones” (p.34); “Rocas como altares para rendir culto a la oquedad” (p.37); “Sólo entonces / extirpo demonios / y vértigos” (p.53); Ojos negros / que adivinan / no muy lejos / un horizonte / con las auroras / de la nada” (p.63). En definitiva, la sabiduría zen no es aquí un recurso imitativo, sino una coincidencia aventurera y una común causa artesana.
            Otro rasgo que nos demuestra hasta qué punto el autor quiere situarse por encima de la necedad generalizada (siempre sin juzgarla, no se trata, ni mucho menos, de moralizar) es la utilización libre del bilingüismo. Consciente de que es hijo de dos idiomas, Joan se permite terminar en catalán un poema, o citar indistintamente tanto a Carles Duarte como a José Corredor Matheos, porque… ¿para qué parcelar el mundo? ¿Acaso no es la cultura nuestro único bastión contra el politiqueo?
            La fuerte poética que está detrás de estos poemas la proclama el autor cuando escribe: “Quisiera escribir / para que mi emoción / fuera más emotiva, / más mía. […] Piedra / sin verbos” (p.58). Lo que pretende Joan es un derramamiento de lo sólido, una inundación de emociones sólidas como la roca virgen, liberada de ataduras verbales: tópicos, dogmas, prejuicios, intenciones, volición enferma, interferencias entre uno y uno mismo. Y qué duda cabe que para conseguirlo no basta con abandonarse a lo primero que salga. Joan somete a sus poemas a una dura disciplina: su impecable factura, su estructura cíclica lo demuestran. Los poemas en prosa de la primera parte responden al patrón de dos versos, un cuerpo o párrafo seguido de dos versos más que rematan la faena. Y ésta es la maestría del artesano: fraguar una arquitectura que no se ve, trazar un programa que sabe desoírse a sí mismo si hace falta, esconder la intención tras el propósito final, que es comadronear a la emoción, igual que el jardinero experto coloca una piedrecita un poco más allá o arroja unas hojas secas para acentuar una asimetría.   
Para acabar no podemos dejar de citar y confirmar lo que ha escrito Mario Martín Gijón, el concienzudo prologuista de la obra: “En el mundo de la poesía suceden libros en ocasión que, de surgir en otras circunstancias, bajo otras constelaciones de nombres y prestigios, serían un acontecimiento y que, sin embargo, en un panorama cada vez más dominado por reclamos publicitarios y celebridades inventadas a toda prisa, pasan desapercibidas o han de esperar largo tiempo para ser reconocidos en su justo valor. Ojalá no sea el destino de La montaña efímera, por lo que tiene de aire fresco y de exaltante diferencia en el campo poético”. Sin duda palabras ajustadas. Junto al autor escalamos la montaña de la humildad, que es la montaña de la legítima arrogancia, la arrogancia del valor real, porque por muchos carteles que cuelguen yo no me convenzo de que la bazofia sea un buen manjar, sobre todo si ha sido cocinada en un fast food, lo siento, y cada vez hay más lectores que, en un libro, e-book o por Internet o lo que sea, eso en definitiva no importa gran cosa, buscan como Joan la autenticidad con dientes y uñas. Llegados a este punto no puedo dejar de preguntarme si no se estarán arruinando los editores por ofrecer cada vez libros más estúpidos. Creo que el 50% de los editores españoles debería plantearse esta pregunta. Yo cada vez salgo de las librerías más perplejo, y con menos libros nuevos bajo el brazo. Yo desearía comprar, pero cada vez puedo menos, me dejan menos. Han agotado mi paciencia.
Yo estoy convencido (quiero convencerme) que de aquí quince o treinta años se cogerán los libros de Joan de la Vega y se les citará como a algo relevante, por académicos, por aficionados, cuando hayan desaparecido de una vez los falsos poetas que abarrotan los periódicos, esos voceadores que se creen algo, y cuya burda nimiedad nos deja estupefactos, nos escandaliza como si nos robaran veinte euros a la plena luz del día.
                                                                                 

                                                                                                                   Andreu Navarra Ordoño

dimecres, 9 de setembre del 2015

Gonzalo Fernández de Córdoba y Fernando el Católico: qué buen vasallo si tuviera buen señor


En los mismos cimientos míticos de la nacionalidad castellana encontramos la leyenda del fiel vasallo que osa desafiar a su monarca, para luego partir a la búsqueda del favor perdido. No es otra la historia narrada en el Poema de Mío Cid. Sin embargo, en la historia de España se han sucedido llamativos casos de destacados defensores de la monarquía que han caído estrepitosamente en desgracia de los titulares de la corona, algunos tan llamativos como los del Gran Capitán, Hernán Cortés, el Duque de Alba o el preilustrado Melchor de Macanaz.
Entre 1495 y 1498, Gonzalo Fernández de Córdoba, señor de Órgiba,  había combatido en Italia contra los franceses para defender los intereses españoles en Nápoles. En 1498 regresó triunfalmente con los títulos de Gran Capitán y Duque de Santángelo. Dos años después se firmó el Tratado de Chambord-Granada que designaba cómo debía realizarse el reparto del reino de las Dos Sicilias. Sin embargo, el Gran Capitán tuvo que regresar pronto a Italia porque surgieron de nuevo disputas y se reanudaron las hostilidades. Don Gonzalo comprendió que, ante la superioridad militar francesa, su única opción era evitar las batallas a campo abierto y permanecer encerrado en las plazas a la espera de tropas de refuerzo españolas, que finalmente llegaron en otoño de 1502.
El Gran Capitán venció de nuevo en Ceriñola y Garellano, logrando que el reino de las Dos Sicilias se integrara definitivamente a la Monarquía hispánica.
Con la desaparición de Isabel la Católica (1504) empezaron los problemas para el Gran Capitán, quien hasta entonces había sido paje y servidor de confiaza de la reina. Según Quevedo, Fernando el Católico empezó a pensar que su vasallo pensaba erigirse en monarca de Nápoles. Lo cierto es que en 1506, viajó a Italia para coronarse rey, acompañado de su nueva esposa, Germana de Foix.
            En 1508 culminó el desencuentro entre Fernández de Córdoba y el rey. Le fue retirado al Gran Capitán el mando de las fuerzas afincadas en Nápoles y, una vez en España, Fernando le retiró la promesa de otorgarle el Maestrazgo de la Orden de Santiago. Dos años antes, en Córdoba, unos disturbios provocados por la crueldad del inquisidor Lucero terminaron con el asalto de la cárcel inquisitorial y la liberación de los presos. Dos años después, el rey Fernando envió a la ciudad un pesquisidor para que averiguara qué había ocurrido. El Rey ordenó a Pedro de Aguilar, Marqués de Priego, que abandonara la ciudad para castigar su desacato. El marqués, sobrino de El Gran Capitán, no sólo desobedeció sino que encarceló al enviado del rey en el castillo de Montilla. El monarca ordenó demoler el castillo, cuna del Gran Capitán, y ejecutar y demoler las casas de los partidarios del marqués.
            Francisco Quevedo escribió sobre Fernando el Católico y el Gran Capitán en las Cuestiones políticas que seguían a su Marco Bruto (1644). Quiso advertir a los grandes nobles del peligro que corrían si, no retirándose a tiempo a un segundo lugar, conciliaban la envidia de los monarcas. Para desesperación de los historiadores, Quevedo escribió que Fernando “sabía disimular lo que temía, y temer lo que disimulaba”, y que “dijéronle que el Gran Capitán quería levantarse con el reino de Nápoles; esto con todas las legalidades de la calunia y de la invidia”.
            Actualmente, no se da crédito a la hipótesis de que el Gran Capitán quisiera proclamarse rey de Nápoles o que se entregara a la causa sucesoria de los Austrias, apoyando a Felipe el Hermoso contra el gobierno de Fernando de Aragón. De hecho, Don Gonzalo rechazó ofertas en este sentido del Emperador Maximiliano. Guillermo García Valdecasas sugiere una tercera hipótesis, según la cual, merced a su inmenso prestigio, el Gran Capitán podría haber pensado en una acción político-militar encaminada a impedir la entronización de una dinastía extranjera en Castilla, lo que explicaría que, perdida la confianza del rey, continuara mostrándole lealtad a todo trance en su correspondencia. Como fuera, tras la enemistad entre Don Fernando y Don Gonzalo, los celos y el temor de que un militar invicto influyera demasiado sobre el poder parecen tener un papel primordial.
            Quevedo, que disponía de la documentación original del alcaide Francisco Pérez de Barradas, que fue comisionado por el monarca para impedir que el Gran Capitán lograra embarcarse al final de su vida para volver a Italia, sugirió también que el rey de Francia pudo alentar la animadversión de Fernando exagerando sus elogios militares, con la intención secreta de contribuir a la ruina de su líder militar.

            A propósito de la caída en desgracia del Duque de Alba, Manuel Fernández Álvarez ha escrito: “Felipe II, que había mandado al duque de Alba a Flandes con la orden expresa de actuar con mano dura, ahora le reprocha su rigor”. Era el año 1571. Y aunque el recuerdo de la desgracia del Gran Capitán pudiera aún estar fresca en la memoria de todos, faltaban setenta años para que Quevedo advirtiera a los grandes capitostes militares de los peligros que entrañaba morir de éxito tras un encargo regio.

Andreu Navarra Ordoño

Publicado en La Aventura de la historiaISSN 1579-427X, Nº. 201, 2015págs. 68-69.

dimarts, 9 de juny del 2015

Castizo y galáctico: “Ciencia ficción. Poemas, artículos y novelas cortas” (2013), de Emilio Carrere

por Andreu Navarra Ordoño
Felizmente a la prosa castellanista de hacia 1900 le van saliendo hijos espurios, sospechosos e incontrolados. Vivimos años en que estamos resquebrajando el muro de grave metafísica que caracteriza a los textos canonizados de la generación del 98 (La voluntad, de Azorín, El árbol de la ciencia, de Pío Baroja ySan Manuel Bueno, mártir, de Unamuno) para atender a otros escritores y modos de entender la prosa que se quedaron en la cuneta de la historia por su peligrosidad moral. Se reeditan dietarios y ensayos de Baroja que son un peligro para Baroja mismo. El año 2004 aparecía por primera vez en edición de bolsillo la alucinante novela de Carrere La torre de los siete jorobados, en la editorial Valdemar. Cinco años después aparecía Los muertos huelen mal y otros relatos espiritistas, recopilación de cuentos necrófilos de Carrere, también con un prólogo de Jesús Palacios. El año 2011 la misma colección El Club Diógenes – Valdemar daba a la luz La sima de Igúzquiza e Historia de una reina, del auténtico monarca de los bohemios de Madrid: Alejandro Sawa. El año pasado yo mismo edité tres novelas cortas de José María Salaverría (El literato y otras novelas cortas, Sevilla, Renacimiento, 2012). Todas estas ediciones pueden venir a significar algo: cierto cambio de gusto en el público lector, cierto cambio de orientación en las visiones de los críticos interesados en la generación del 98 o lo que narices fuera aquello que llegó a principios del siglo XX. Un interés renovado por la novela corta y sus leyes internas. La literatura castellanista de llanuras y campanarios no es que haya dejado de ser interesante, no es que haya dejado de señorear con justicia nuestro canon: lo que ocurre es que está hiperestudiada, y que ya va siendo hora de que los cambios de mentalidad en los críticos y profesores se traduzcan en programas e iniciativas que se salgan de lo que ya es pura rutina. Pero es que incluso los grandes autores pueden volverse contra sí mismos. Hay que poner un poco más de imaginación y sacudirse la pereza, y esto es lo que han hecho María José Gutiérrez y La Biblioteca del Laberinto. Es evidente que si se quiere explicar a alguien lo que es la novela española de principios de siglo hay que empezar con las novelas de 1902, pero también es cierto que es hora de romper con la lectura monolítica de un período que dio muchas otras propuestas, más o menos válidas, pero sumamente seductoras hoy.
Emilio Carrere
Por lo tanto, celebremos que llegue ahora este volumen que reúne muy notables y alocados textos del inefable Carrere, y en cuyo prólogo se aporta una imagen del madrileñista mucho más abierta y variada de lo que se acostumbra. En lugar del bohemio a secas, María José Gutiérrez pone en su lugar a Carrere y le devuelve la naturaleza poliédrica que se le debe y se merece. María José Gutiérrez edita poemas más que notables, (maravillosos La hora negra, La noche en la ciudad, casi surrealista) tras los que laten Manrique, Larra, Bécquer, Espronceda, Quevedo, Darío y Manuel Machado, rescata crónicas magistrales y recupera novelas desconcertantes, necesarias, esperanzadoras. Esperanzadoras porque nos indican que Borges no tenía razón, que la maldita tradición de los ascéticos ya no se sostiene por ningún lado.
Ahora bien, hay un problema de fondo que afecta de manera muy directa al diseño de este libro. ¿Hasta qué punto es deseable o aconsejable que un prólogo de 60 hojas se sitúe delante de un volumen de 180, es decir, que ocupe un tercio de la obra? ¿No estará hipertrofiado este prólogo? Pero expresémonos mejor: a mi entender, lo que ocurre aquí es que María José Gutiérrez ha publicado un libro dentro de su libro, un libro que podría haberse titulado Emilio Carrere y la evolución de la ciencia ficción española. Porque lo que aporta la prologuista es un auténtico seguimiento riguroso de los orígenes del género en España, desde mediados del siglo XIX hasta las primeras dos décadas de franquismo. El problema no es baladí puesto que puede llegar a afectar a las relaciones que deseamos establecer entre los lectores y las obras recuperadas. Yo abrí el libro dispuesto a dejarme seducir por el gamberrismo literario de Carrere, una auténtica burbuja de aire fresco entre tanto mártir, tanta Hispanidad y tanto pesimismo macho. Yo abrí el libro buscando zombies, ghouls, marcianos, sicalipsis, jorobados, criptas, ángeles, cloacas, alcohol, decadencia, caserones deshabitados, ruinas, cementerios y dolor. Y me encuentro con un radicalmente empírico y profesoral prólogo de 60 folios que, la verdad, me ha fatigado. El problema no es el prólogo. El prólogo en sí no fatiga, lo que fatiga es su posición, su situación espacial. El prólogo en sí es magnífico: enciclopédico, exhaustivo, sin duda una referencia ineludible para quien quiera conocer la ciencia ficción española entre 1850 y 1939. El problema es no separar entre la naturaleza del texto presentado y la naturaleza de la literatura filológica. Las dos corrientes deberían convivir y debería uno poder pasar de la una a la otra, pero en volúmenes distintos. Debería poderse ofrecer una visión rigurosa del autor editado y su entorno, pero de forma sintética y divulgativa, dando pie a la lectura e invitando a ella, sin copar el escenario. Si situamos prólogos de 60 folios en las obras que recuperamos, que muy bien podrían volver a ser leídas por su público natural, el público que busca golfería, fantasmas y vampiros, ahuyentamos a todos aquellos que no son críticos ni filólogos, ahuyentamos a los freakies, a los compradores de cómics y de novelas góticas, los fans de Poe, Lovecraft y Mary Shelley. Es decir, los que se saltan los prólogos y van directos a la carnaza. Hay un circuito para las tesis doctorales, y otro para las ediciones cutres. Ambos son necesarios, se interconectan, pero no pueden causar una crisis de público, porque fusionar dos corrientes provoca deserción. Aprendamos de los ingleses y los norteamericanos: las novelas, a tres dólares; y al lado un exuberante mundo de prensas universitarias y erudición.
Carrere era un autor de pulps. Carne de quiosco, autor de glorioso volanderismo.
No me gustaría haber sido injustamente duro con la valiosa tarea de la editora. Hay que seguir publicando a Ciro Bayo, Roso de Luna, López Bago, Camilo Bargiela, Llanas Aguilaniedo, Miguel Sawa, Ciges Aparicio, Eugenio Noel, Julio Burell, Dorio de Gádex, Luis Antón del Olmet, Alfredo Calderón, sin poner peros, laureando la labor del filólogo, sin el cual no sabríamos ni quiénes fueron estos tipos. Hay que luchar por la supervivencia de los raros, aprovechando cualquier brecha de este sistema cultural que naufraga. Hay que comprometerse con sus tugurios, con su mal gusto, con su peste. No naufraga la cultura para los que degustamos libros como el que ha editado María José Gutiérrez.
Las novelas de Carrere no son serias. Carrere, como escritor, estaba como un cencerro. Se mofaba del lector, se burlaba de los escritores, chupaba del bote como nadie y jamás pisaba su oficina, y hasta estafaba a los editores (ahí está la apasionante historia del manuscrito de La torre de los siete jorobados, explicada por Cansinos-Assens y Jesús Palacios). ¿Quién puede tomarse en serio una novela que narra la historia de un extraterrestre, “una criatura bípeda con extremidades parecidas a las de un murciélago, pico de lechuza, cráneo de cristal y una cuidada cabellera de algas, que afirma llamarse Selenito de la Blanca Isis y ser habitante de la Luna”, que come manzanas reineta, visita un prostíbulo y es procesado por la Inquisición?
Carrere o la dimensión de la desvergüenza. Carrere sigue riéndose de nosotros. Carrere era y sigue siendo un quedón. Sólo hay tres cosas que se tomó en serio: la literatura y el estilo, el dolor de vivir y el arte del billar. Carrere está bien así, en su salsa golfa.
Publicado en Babab (26 de abril de 2013)

dimecres, 3 de juny del 2015

Francesc Ferrer i Guàrdia i la proclamació jurídica de l’existència de Déu

Andreu Navarra Ordoño


         A Ferrer i Guàrdia, que va morir afusellat al castell de Montjuïc el 13 d’octubre de 1909, se’l sol considerar un mal pedagog. Per exemple, l’especialista Pedro Álvarez Lázaro el qualifica de “mediocre pedagogo”. Però no podia ser tan mediocre algú que havia impulsat, per exemple, el principal precedent de l’Escola de Mestres Rosa Sensat, o que havia estat traduït a l’anglès justament l’any següent de la seva mort, o que encara ara és reeditat constantment. La seva recopilació de materials pedagògics, La Escuela Moderna, va ser reeditada els anys 1976, 2002, 2009 i 2013, per diverses editorials, llibertàries o no.
S’entén que els historiadors intentin distingir entre el Ferrer i Guàrdia real i el mite que es va derivar de les seves dues campanyes de defensa, la de 1906 i la de 1909. Resulta d’allò més interessant resseguir les tasques conspiratives de Ferrer, obsessionat amb l’enderrocament del sistema canovista, i a continuació estudiar també la seva elevació a la categoria de màrtir, com a fet en sí. Però cap d’aquestes dues orientacions científiques no han aconseguit explicar la fascinació que m’han produït els escrits de L’Escola Moderna. Els meus motius són més subjectius i tenen a veure no tant amb la possible aplicabilitat de les idees pedagògiques de Ferrer, sinó amb la seva radical concepció del problema de l’educació com a qüestió fonamentalment política.
En altres paraules, m’interessa poc la pedagogia en sí mateixa, i tinc la impressió que la part més colpidora dels escrits de Ferrer no té tant a veure amb l’organització d’una educació racionalista com amb la sociologia revolucionària, és a dir, amb els resultats directes que aquella educació havien de reportar.
Escriu Ferrer, per exemple, que un ensenyament com el seu “no existia a Espanya, ni existeix oficialment a les altres nacions, per adelantades que semblin, per grans que siguin les quantitats que els pressupostos destinin a l’ensenyament. És més: aquest ensenyament no el donarà mai l’Estat perquè poc pot tendir a què “cada cervell sigui el motor d’una voluntat” aquella entitat que concreta en lleis, i que vol “eternitzar-les com a expressió de la veritat i de la justícia, els errors de cada època i els interessos de les castes o de les classes superiors, i que, en conseqüència, amotlla els cervells en la uniformitat d’una creença i en l’iniqua acceptació d’un residu, és a dir, en la fe i en l’obediència”. És a dir, que l’Estat, si s’interessa per l’educació dels seus súbdits o ciutadans, fa pagar penyora sempre. Això no és un secret ni descobrim la sopa d’all, però encara més interessants són les consideracions de Ferrer sobre l’espai públic que ha d’ocupar l’escola racionalista: “El que l’Estat no pot fer, perquè contraria la base fonamental de la seva existència, pot fer-ho la Societat, i aquí he d’observar que l’Estat i la Societat són entitats que, si per a molts són sinònimes, en realitat són antitètiques”. Un proposta senzilla i bàsica, però estimulant: Estat i Societat s’odien, es contradiuen, són enemics. I la societat faria malament en esperar de l’Estat un pressupost decent i uns programes adequats a les necessitats dels nens i les nenes. La Societat, en tot cas, el que hauria de fer seria ignorar les aberracions de l’Estat i buscar-se ella mateixa els àmbits, instruments i continguts de l’educació emancipadora.
Aquest feix d’idees de Ferrer m’ha recordat els escrits de Bourdieu on explica per què l’Estat i la Sociologia no seran mai amigues gaire entusiastes. No pot néixer una relació sincera entre un sistema definit com a estructura estable de poder i les disciplines humanístiques que tendiran a difuminar-lo o socavar els seus mites fundacionals. Una història racionalista, una sociologia autònoma, o fins i tot un programa de foment de la lectura, que tanta falta faria a la cultura catalana, no poden ser sincers si s’impulsen des de les institucions a qui més interessa que els alumnes no desenvolupin mai el seu esperit crític, és a dir, no s’emancipin.
Una altra idea interessant que he trobat als escrits de Ferrer és l’equiparació de l’Església amb el patriotisme. Com en les més sofisticades definicions actuals de la laïcitat, Ferrer inclou els nacionalismes com a forces alienadores de l’individu: “Sense negar el que en altres nacions es faci per a l’ensenyament racional, supeditada en gran part a aquell laïcisme que, si emancipa l’ensenyament de la tirania de l’Església, la deixa sotmesa a l’Estat, que, si expulsa fora de l’escola el fetitxe religiós, posa en el seu lloc el fetitxe del símbol patriòtic”. És a dir: mentre aquí continuem dins de la fascinació pel sistema francès o intentem buscar solucions tecnocràtiques, a principis del segle XX un senyor d’Alella ens proposava una discussió que anava molt més enllà del debat entre confessionalitat i laïcitat de l’escola, i molt més enllà del model que la societat tenia dret a exigir de l’Estat. No calia que la societat demanés pressupostos o reformes a l’Estat, calia que l’ignorés i s’autogestionés els seus propis mitjans.
Aviat no tendrem més remei que seguir aquest camí, em temo. Fa 25 anys que les administracions són l’obstacle i no la solució. Ja podem esperar asseguts a què arribin lleis raonables o pressupostos justos. No vindran. El poder no es desautoritza a sí mateix. El que fa és mantenir la víctima mig viva a base d’injectar-li sèrum i antibiòtics, com el psicòpata de Seven. Gestionar l’estricta supervivència, és a dir, l’agonia.
Si estirem aquest fil podem arribar a conclusions que esgarrifaran les organitzacions catalanes que avui malden per identificar hàbits democràtics amb l’extensió de la catalanitat. Perquè un nou Estat català li hagués resultat a Ferrer tan repugnant com l’espanyol, i fins i tot l’actual autonomia, com a estructura de poder, no deixaria de semblar-li una insuportable font d’interferències doctrinals. I és que hem arribat a l’espinosa qüestió de què pensava Ferrer dels assumptes identitaris.
Explica el mateix Ferrer que quan buscava professors per la seva nova escola racionalista se li va acostar un “regionalista catalán” per demanar-li que la nova institució utilitzés el català com a llengua vehicular. Ferrer li va respondre amb una negativa contundent, i li va dir que intentaria apostar per l’esperanto. Cal dir que finalment va optar pel castellà. ¿Què hagués fet avui? ¿Impulsar una escolarització en anglès, atès que la llengua de la ciència, actualment i indiscutiblement, és aquesta?
            A l’Escola Moderna del carrer Bailèn, les nenes i els nens jugaven, feien experiments i sortien d’excursió. Els programes actuals d’educació li haguessin semblat a Ferrer una triple aberració. Perquè, a Catalunya, actualment, hi competeixen dues nacionalitats, l’espanyola i la catalana, i a més, sobretot a partir que l’existència indiscutible de Déu ha entrat al BOE, hi ha també l’Església lluitant per recuperar un espai públic gairebé universal que se li reconeixia, precisament per imposar per llei el contrari del que Ferrer va defensar tota la vida, és a dir, que la religió impedia la felicitat de l’ésser humà.
Ferrer, l’ateu espanyol i català més frontalment declarat dels segles XIX i XX, també creia en una espècie de protestantisme identitari: la nació era una qüestió privada, íntima, perquè els problemes derivats de la identitat nacional es lliguen, a la força, amb un problema d’organització d’Estat, i en l’Estat, com en Déu, tampoc no hi creia. També cal dir que Lerroux era un dels seus amigotes revolucionaris, i que per tant ningú no pot fer-se massa il·lusions sobre la sensibilitat de Ferrer envers les aspiracions catalanistes. A l’altura de 1901 el nacionalisme polític de la Lliga era gairebé un nadó. A Ferrer se li va acostar un “regionalista”; avui se li hagués acostat algú convençut que el poble de Catalunya té dret a construir el seu propi Estat. Per a Ferrer, el proletariat català al que havia de tendir era a destruir qualsevol forma d’estat i a accedir a les veritats de la ciència, fins aquell moment només reservades a les castes superiors de la societat. Les situacions no es poden extrapolar.
¿Ferrer s’hagués fet de Ciutadans, o de Podem? Jo crec que no s’hagués casat amb ningú, que hagués fundat una altra escola llibertària i hagués deixat que cadascú s’expressés com li donés la gana.
No he estat l’únic que he comparat la insòlita pedagogia de Ferrer i Guàrdia amb les aberracions tridentines del ministre Wert. Ja ho va fer Anna Flotats al diari Público (“Cinco síntomas de que el proyecto educativo de Wert vuelve al siglo XIX”, 21-03-2015). Davant de la clara iniciativa estatal de destruir qualsevol vestigi de sentit comú en els àmbits educatius recomano, ras i curt, la desobediència, l’habilitació d’espais complementaris on informar-se i construir xarxes alternatives de coneixement i, en un cas extrem, fer com va fer en Ferrer, agafar els diners d’una herència i organitzar alguna mena d’institució radicalment autònoma capaç de generar expectatives i ambient de novetat. Seguir esperant que s’aturin les continues bajanades que arriben setmana rere setmana des de les institucions, no només és estèril sinó que també és profundament depriment.

No es pot educar des de la desesperança i l’aberració irracional vigilada.

Publicat a La Directa, Núm.382.

dimecres, 13 de maig del 2015

Mística


I

            Un hombre sano y joven, con un cartapacio gris bajo el brazo, irrumpe con cierta prisa en el retrete para profesores del colegio de enseñanza secundaria Luis de Iranzos, situado en el extremo sur de Barcelona. En las dos portadillas de la carpeta puede leerse “Examen de Platón. Segundo de bachillerato. Noviembre de 2010”, escrito con un rotulador negro y letra pulcra.
            Una de las principales manías del personaje consiste en orinar siempre sentado, como las mujeres, porque no le gusta interrumpir el curso natural de los acontecimientos. Cree que salpicar fuera de la taza obstaculizará el trabajo de las mujeres de la limpieza. Se trata de un hombre retraído y tímido, que da clase parapetado detrás de la mesa del profesor, sin interactuar con el alumnado.  
            De repente, algo se ha movido en el vértice que une el suelo con el marco de la puerta, a la derecha del espectador. Puede tratarse de un ratón, de una cucaracha o de una lagartija, pero una observación más cuidadosa le revela a Juan la verdadera naturaleza de su visitante: una salamanquesa minúscula, diríase un bebé salamanquesa, rápido y ágil, que se agita por el suelo y avanza por el suelo helado hacia la taza del váter. Su color es gris pálido, moteado de manchitas negras. Debe de haberse colado por algún intersticio, entre dos baldosas, desde las profundidades recónditas del edificio. Sus ojitos son bolitas sin pupila, y Juan no podría afirmar hacia dónde se dirige la mirada misteriosa de la salamanquesa.
            El pequeño reptil se ha detenido junto al zapato del profesor. Juan hace un bol de sus manos y recoge al animal del suelo. Probablemente aquí lo aplastarán o lo fumigarán y lo matará alguna profesora histérica. Es preciso salvar a este bicho. Por un momento se pregunta si las leyendas que se refieren a las terribles consecuencias derivadas de recibir un mordisco o un mero escupitajo de una salamanquesa. Cela llega a hablar de calvicie salvaje e irremediable impotencia. Una imagen de la infancia acude a la mente de Juan: la del día que vio orinar en la calle de un pueblo a un sapo común (Bufo bufo), y las palabras de un pastor que vaticinaban desgracias para el que se atreviese a tocar o pisar ese líquido fatídico. Sin embargo, la pequeña salamanquesa no muerde las paredes de carne que la aprisionan, ni deposita en ellas ningún líquido viscoso, susceptible de identificarse con una baba, un veneno o unos orines trágicos.
            Juan irrumpe en la sala de profesores con su pequeño tesoro entre las manos. A esa hora hay pocos docentes en el centro. Sólo dos profesoras con bata (la titular de dibujo y la de química) miran con suspicacia al joven profesor. Juan camina con urgencia hacia una especie de cabina donde los profesores hablan por teléfono y trabajan en un ordenador, sabiendo que no habrá nadie allí y que podrá arrojar al reptil al jardín por el ventanuco que da luz y ventila la habitación.
            La salamanquesa pesa tan poco que el viento logra desviar ligeramente su trayectoria vertical. El grácil cuerpecillo del bebé reptil casi levita por el aire y se deposita al pie de la alambrada que separa un solar del jardín de la escuela. Juan respira aliviado: ha cumplido con su misión, cree haber obstaculizado al mínimo el curso natural de los acontecimientos. Y, lo que es más importante aún, cree haber salvado la vida a la criatura a él confiada por el destino.  
            Sin embargo, mientras vigila el examen de Platón (un pequeño mar de cabezas inclinadas) le asalta una terrible duda: ¿habrá caído la salamanquesa boca arriba o boca abajo? La cuestión no es baladí. Juan empieza a agitarse en su asiento y a transpirar. Le cuesta atender a las cuestiones que le plantean los alumnos más aplicados. No se siente a gusto, no está realmente allí.
            Al cabo de una hora, con el cartapacio gris ya saciado de documentos, el joven profesor baja a grandes zancadas las escaleras del centro y sale al exterior. Busca la verja bajo la que se ha depositado el cuerpo grácil de su salamanquesa. Es posible que, de haber caído boca arriba, el sol ya haya secado el vientrecito de la criatura, convirtiéndola en un ser parecido a una tira de bacon. Es posible que el pobre bicho colee aún con desesperación. Pero también es posible que el pequeño vertebrado se haya escabullido, libre de toda amenaza, entre las piedras y las matas del lugar, y ahora sea feliz y haya encontrado alimento en abundancia y otros congéneres con los que intimar y procrear.
            Sea como sea, Juan no encuentra ni rastro de su salamanquesa. Unos niños le observan remover la hierba, con cierta sorna. Decide volver a la clase, en parte se ha tranquilizado ya. Le toca explicar la Metafísica de Aristóteles. Pero nota otra vez que no está allí, que su cabeza se ha quedado asomada por el ventanuco desde el que ha arrojado a la pobre salamanquesa, o acaso al pie de la verja que separa el patio del solar abandonado que rodea el edificio del colegio.
            En casa tampoco logra tranquilizarse. La imagen cruel de la pobre salamanquesa agitando las patitas bajo los rayos cegadores de sol que la deshidratarán en muy poco tiempo, agonizando y peinando el aire inútilmente con sus manitas uñosas, maltrata la conciencia de Juan como un látigo implacable. En medio del almuerzo, Juan se levanta de la mesa, besa a su novia en la frente, inventa que debe regresar al colegio antes de tiempo, finge cierta urgencia y corre hacia el centro con el corazón en un puño.

II

            El viejo abate se deja caer en la butaca con cierta pesadez y falta de resignación. Es la segunda vez que le visita un inspector de policía para realizarle las preguntas que ya tuvo que contestar varias veces. Esta vez, sin embargo, sus declaraciones figurarán en un atestado escrito que deberá firmar. El abate se pregunta si sabrá ajustarse totalmente a la verdad, si Dios no estará escrutando en su interior la posibilidad de que, a través de sus palabras, el destino del alma de Juan Répide pueda verse afectado de algún modo insondable para un pobre mortal.
            El abate hace poco que ha leído a Pascal, y aún no sabe por qué lo hizo.
            Esta vez el policía es un hombre amable y de cierta edad. Se nota que hace un esfuerzo para minimizar de su discurso la parte amenazante del caso, la que peores consecuencias podría traer al monasterio.
            El inspector se atusa el bigote y comunica, como si se tratara de una buena noticia, que el informe del forense casi ha descartado por completo el suicidio. El viejo abate repite lo que ya ha dicho varias veces: que, efectivamente, no se trataba de un hombre normal. Que el recién llegado apenas salía de su celda ni intentó fraguar amistad alguna con ningún miembro de la comunidad; y que, sí, parecía albergar oscuros pensamientos que se negaba a compartir hasta con su confesor.
            La ventana del despacho permanece abierta, pese al frío glacial que se cuela entre las cortinas, de un blanco zurbaranesco. A la izquierda, la sonrisa paternal de Juan XXIII preside la austera estancia.
            El inspector pregunta al viejo abate por los hábitos del finado. El interpelado deposita sus gafas sin montura sobre la mesa y se frota los ojos durante un largo lapso. Él formaba parte de la comunidad externa, repitió. Desde el Concilio Vaticano Segundo, viven aquí personas no acogidas a la regla de los hermanos. Les llamamos seglares, y llegan aquí buscando fundamentalmente el reposo para sus almas.
            En este caso, el nuevo penitente rezaba demasiado, para nuestro gusto, y salía muy poco de su celda. Se pasaba las horas hablando en voz muy baja, solo, en la nave central de la capilla. El caso nos preocupó desde el principio porque el hombre se negaba a comulgar, alegando no ser merecedor de ello. Tiritaba de frío, se dejaba morir. Su comportamiento no podía ser realmente religioso. Y algunas veces se le había visto en el lugar desde el que cayó, inmóvil, con la mirada perdida o fija en algún punto del horizonte. Desde luego, le gustaba la soledad, y no leía nada.
            Se hizo el silencio. Fuera piaban algunos pájaros de primavera. Desde la plaza se oían algunas voces animadas, las voces de quienes abastecían el lugar de víveres y otras mercancías.
Suárez, el inspector, se dispone a levantarse y a dejar en paz al abate. Sólo se ha desplazado allí para confirmarle definitivamente que el hombre que fue hallado tres días atrás al pie de un acantilado no había atentado contra sí mismo ni había sido asesinado, considerando que esta información podría, de algún modo, tranquilizar a la comunidad de religiosos y devolver el sosiego a su viejo pastor. Éste pregunta si se trató de un accidente.
            Casi con absoluta seguridad, sí, dijo Suárez. Y el pobre desgraciado, que en paz descanse, no debió sufrir nada.
Lo que no podía saber es que Juan Répide, al notar los primeros síntomas de la insolación, el mareo y la falta de orientación, había pedido con fervor a Dios la dicha de morir deshidratado al pie del acantilado, culeando como un vulgar reptil, bajó el promontorio al que había acudido a rezar o meditar en busca de algún extraño y personal tipo de redención.

Andreu Navarra Ordoño

"Viaje de ceniza", de Ximena Holzer

Andreu Navarra Ordoño

            Ocurrió hace casi ocho años. Había acudido a una jornada sobre edición independiente en casa de Carles Hac Mor, uno de los pocos poetas irreductibles que van quedando, o más bien debería decir en el tejado de su casa, puesto que allí trasladaron un sofá, una mesita y varias sillas para celebrar el evento, al aire libre. Participaron, además de Hac, Toni Clapés y Jesús Aumatell, de Emboscall,  que acaba de iniciar una segunda juventud.
            De repente, Aumatell anuncia que va a leer sus poemas una escritora a quien acaba de publicar, dice, lo mejor que ha leído en años. Lo confieso. Pensé: “menudo rollo, ahora un recital...” Y es que el 90% de los recitales que he presenciado me han producido más bien sopor. Pero aquello fue muy diferente, vaya si fue diferente. Sube al estrado una chica morena y empieza a leer... no podía dar crédito... empecé a revolverme en la silla... Aquello no era bueno, era extraordinario, cojonudo, realmente único.
            Yo no conocía persnalmente a Aumatell y él y la autora se me escaparon. Pensé que podría escribir o llamar a Emboscall para conseguir ese libro negro. Pero ni pude contactar con  Aumatell ni conseguir el libro. Ese libro negro absolutamente irresistible que ahora puede descargarse de este link: http://www.emboscall.com/prima/hemisferios/hemisferios.htm
            La autora era Ximena Holzer, y el libro se titulaba Hemisferios. Pero eso lo supe hace un mes. Afortunadamente, los años han corregido mi error. El error de no retener el nombre de la poeta, ni del título del libro. Lo confieso: es que no estaba prestando atención. Empecé a hacerlo cuando ya era tarde, cuando Ximena había empezado ya a recrear hablando, en voz baja, su extraordinaria, rota, alucinada literatura. Yo creo que para encontrar algo así, una poesía tan pura y vocacional, tan auténtica, en literatura actual hispánica nos tenemos que ir a la poesía de Óscar Curieses.
            Hace poco fui a la librería Calders, pregunté por Aumatell y allí estaba él, sonriendo, encuadernando sus propios libros, con sus propias manos. Porque Aumatell sonríe porque sólo puede sonreír quien trabaja para sí mismo. Algo que ya explicaba Engels. Es muy distinto editar para un soplapollas que se gastará el beneficio en safaris que maquetar, imprimir y encuadernar tus propias creaciones, como hace Aumatell. Por eso entiendo que sonría y que cuide a su descubrimiento. Y él me comentó que Ximena acababa de editar un nuevo libro.
            ¿Qué encontramos en este Viaje de ceniza? La misma existencia ardida y atomizada de su libro anterior. Las mismas preguntas de luz que arrasaban su libro anterior: “¿Qué es un muerto?”, “¿Qué hila tu boca / a la espera de un viento?”, “¿Qué se hace con la piel el muerto?”, “¿Dónde quedó la mano?”.
            Esta poesía es estremecedora. A base de machacarnos alcanzamos la ternura ante lo que acaba de desmantelarse. Desnudez extrema. Martillo que no resuena. Ausencia total de rebabas y de adjetivos.

Ximena Holzer es una poeta de verdad. No un escritora, ni un postureadora. Sospecho que su vida se ha incendiado como su escritura, pero esto no compete aquí. Por eso, sospecho, no sabrá darse el bombo que merece. Quiero decir, escribe y calla, es persona discreta. Una Carlos Vitale. Lo que hay en su nuevo libro es, otra vez, muy grande, porque es muy pequeño. Porque es aquel tipo de poesía recortada sin piedad que nos recuerda al mejor Celan, a Beckett. Holzer aplasta sus visiones contra la página y consigue un discurso visceral sin declamación. Un discurso visionario sin escuela, natural e intervencionista. Único.

Publicado en Quimera, 377, Abril 2015. 

dilluns, 13 d’abril del 2015

Literatura y pistolerismo

Pistolerismo y novela: Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa

Andreu Navarra Ordoño


Quan mataven pels carrers, de Joan Oller i Rabassa, hijo de Narcís Oller, vio la luz en 1930, fue traducida al francés en 1934, y se reeditó en 1953 y 1980. Sin embargo, pese a su fortuna editorial, no es un texto que haya merecido un gran favor de la crítica. Su prologuista de 1980, Joaquim Martí, la dejó hecha un auténtico trapo. Cuando afirma que se trata de una novela de tesis, lo que desea es subrayar el anacronismo que suponía, en 1930, no asumir en un texto narrativo ninguna de las corrientes renovadoras que circulaban ya más que consolidadas, y presentar a Oller como un retrógrada en estética y política. Por lo tanto, no seguía a las cumbres de la novela catalana de la época, ni el hibridismo fragmentario de La Ben Plantada de d’Ors, ni el psicologismo de Miquel Llor, ni el textualismo de los vanguardistas, a quienes Oller ridiculiza como extravagantes en su texto.
            Las cosas empezaron a cambiar el año pasado, cuando el periodista Joan Safont, con la ironía que le caracteriza, defendió la validez con la que Joan Oller reprodujo el ambiente político-social de la Barcelona de 1918, e incluso jugó con la extrapolación del conflicto ideológico que separa a la pareja protagonista con lo que pudiera muy bien ocurrir en la Barcelona actual, dividida entre independentistas e “indignados”.
A Martí no le gusta que se critique al sindicalismo, tildando de “tendencioso” todo lo que el narrador explica sobre los atentados perpetrados por anarcosindicalistas. En definitiva, según Martí, la novela es un insoportable pastiche de materiales mal asimilados. Una amalgama moralmente censurable y estéticamente impresentable. Pero Oller no inventa las fechorías perpetradas, y tampoco niega que la patronal contratara, a su vez, a pistoleros para abatir al adversario. Además, intentaremos demostrar que Joan Oller i Rabassa se adhirió a una estética contemporánea, la que representaba Pío Baroja, y que no mintió acerca de los defectos de que adolecían las doctrinas que criticó. 
Por poco que el lector se haya familiarizado con la obra de Pío Baroja, especialmente con las novelas de la trilogía de La lucha por la vida (1903-1904): La Busca, Mala hierba y Aurora roja, encontrará no pocos ecos del escritor vasco en la novela de Oller. Y esto no debe sorprendernos: ¿quién si no Baroja había escrito novelas sobre el terrorismo anarquista? El  aroma del vasco es omnipresente: Fe Beringola es la típica sabihonda fanática que aparece en claroscuro en las novelas barojianas, de un modo especial en El mundo en ansí (1912), aunque la naturaleza generosa, caritativa y su capacidad para amar la realcen por encima de las mujeres barojianas. Claudi Roca, el protagonista, el catalanista separatista y soñador, es también un antihéroe típicamente barojiano: claudicante, lleno de dudas, que engorda, que traiciona sus ideales para adaptarse a lo fácil, y que se amolda a la esclavitud espiritual y a los convencionalismos sociales y familiares. Un hombre, pues, complejo, atrapado entre su grisura y sus anhelos: un Manuel Alcázar, en definitiva.
Absolutamente barojiana es la técnica de desplazar las opiniones ideológicas hacia el diálogo, y nunca hacia la narración. Es lo que ocurre en Aurora roja (1904), la novela en que Oller debió de fijarse más, por ser la que relataba dilemas y peripecias más parecidas a las de su propia obra.
También es típicamente barojiano el recurso de construir una voz exterior encarnada en uno de los personajes que recoja, parcialmente, porque esto no es nunca total ni automático, la opinión del autor. Los Ferrers inventados por Baroja son muchos: Iturrioz en El árbol de la ciencia, o Fermín Acha en la trilogía de La selva oscura, de la que hemos de hablar aquí con más detenimiento. La trilogía de La selva oscura está formada por La familia de Errotacho, El cabo de las tormentas y Los visionarios, todas novelas de 1932. Un gran parte de los materiales de las dos últimas constituye una geografía del terrorismo anarquista peninsular: precisamente El Cabo de las tormentas se centra en el escenario catalán y en sus protagonistas: los pistoleros, Martínez Anido y el coronel Arlegui. En Los visionarios se estudia el caso andaluz, que
Baroja vincula al bandolerismo tradicional.
Resulta falso defender que la novela de Oller careciera de andamiaje estructural. En todo caso, debería indicarse que esa invertebración, que ese fragmentarismo deshilachado y deshilvanado, con frecuentes prolepsis, es también perfectamente reconocible: es el hibridismo barojiano trasladado a la cultura catalana. ¿Acaso no constituye un fuerte contraste la miseria que rodea la existencia de Fe (capítulo III) con el lujo de la comilona catalanista que se describe a renglón seguido (capítulo IV)? ¿Acaso no es barojiana la descripción del mundo urbano, miserable, áspero y fascinante, habitado por todo tipo de marginados, con que se inicia la novela?
Hemos intentado aportar pruebas circunstanciales. Tratemos de presentar una más definitiva: en Aurora roja aparece un personaje, Prats, que Oller toma directamente del modelo de 1904. Ese Prats que aparece en Aurora roja (capítulo 2 de la tercera parte) es tan estulto, violento y antiidealista ácrata por conveniencia, como el Prats de Oller: podrían muy bien ser la misma persona, y significar un interesante guiño literario de Oller hacia Baroja. ¿Puede ser casualidad, dos Prats en dos novelas centradas en el tema del anarquismo? Y hay otro guiño: la acusación formulada por Ferrer según la cual los catalanistas serían unos judíos. Concretamente, Ferrer pide que «Cataluña se separe de su barbarie, de su judaísmo y de su degeneración (p.124). No voy a entrar aquí a detallar la clase de antisemitismo que utilizó el escritor vasco para insultar a Cambó y a los catalanistas en general, y también me guardaré de afirmar que Oller considerara unos judíos a sus propios correligionarios políticos. Lo que me parece fuera de duda es que, a través de ese comentario, Oller intentara expresar su rechazo a la actitud intervencionista del catalanismo camboniano, basado en quejas y agravios que se presentaban al gobierno central. Quejas jeremíacas. Con esto, se sumaba a uno de los tópicos periodísticos más extendidos de su época.
Y es que Oller, como tampoco Rovira i Virgili, en cuya revista se reseñó Quan mataven pels carrers, no era un catalanista precisamente autocomplaciente. Los nacionalistas radicales eran especialmente duros con el catalanismo blando y transigente, que era el mayoritario en su época: «Realmente, los catalanes, colectivamente considerados, parecen una pandilla de mutilados (…). Nos llaman individualistas, y no somos más que caseros; nos llaman negociantes, y no pasamos de tenderos; nos llaman trabajadores, y no somos otra cosa que gente que teme a la miseria… Pero, en medio de todo, la raza catalana es soñadora, idealista… ¡es un raza!» (p.172), exclama Amfós, el más radical de la novela, porque procede de la diáspora americana, tradicionalmente más separatista.
Montoliu (La Veu de Catalunya, 01-11-1930) también destacó esta crítica de Oller hacia el «catalanismo sentimental anterior a la dictadura». Un catalanismo que debía recuperar la fuerza y el idealismo y sacudirse los síntomas de degeneración moral y desfallecimiento. Que debía recuperar, pues, el programa de Acció Catalana.
Hemos apuntado la posibilidad de que Joan Oller conociera y se inspirara en las obras de Baroja, pero también podemos sospechar que Baroja tuviera conocimiento de la obra de Oller, puesto que viajó a Barcelona en 1931 expresamente con la idea de documentarse acerca del pistolerismo catalán para ofrecer una visión verídica de él en dos de las narraciones de El cabo de las tormentas: las que se titulaban “El contagio” y “El Negre”. No parece inverosímil que oyera hablar de una obra que acaba de ganar el premio Fastenrath y que trataba de lo que él se disponía a narrar.
            Domènec Guansé publicó su crítica en enero de 1931, en la prestigiosa Revista de Catalunya, fundada y dirigida por Antoni Rovira i Virgili, en su número 65. Guansé es mucho más justo y ecuánime que Martí. Si bien señala de la novela indudables limitaciones (la mediocridad de los personajes, que no representan cimas de corrupción ni de generosidad, la falta de unidad narrativa, y la superficialidad con que Oller aborda grandes temas de la época), también es capaz de observar los aciertos, indudables también: la reconstrucción del aroma de la época, la mentalidad de los barceloneses, la angustiosa situación en que vivían. Y a propósito del catalanismo, es donde Guansé sorprende. Afirma que «en el catalanismo y el sindicalismo  de aquella época -¡y de nuestra época!- hay mucho, mucho más de podrido de lo que Oller i Rabassa denuncia».
            Como Baroja, Oller i Rabassa considera que cualquier extremismo (como los de Claudi Roca y Fe Beringola) son patologías nerviosas. Oller i Rabassa vierte toda su nostalgia por las agrupaciones catalanistas de los años finales del siglo XIX, pero le parece vivir una época gris y de políticos afeminados y débiles. La épica de las agrupaciones excursionistas y musicales ha desaparecido, y no parece que tengan sustituto. La Unió Catalanista, tras la muerte de Martí i Julià en 1917, no es más que un fantasma arruinado. Falta, pues, la savia pura del catalanismo incontaminado de política partidista.

            Montoliu consideró Quan mataven pels carrers un correcto ejercicio de novela de ambiente, bien dramatizada a través del amor imposible entre un nacionalista y una anarquista. Destacó también que se tratase de una obra única en su género, de un retrato novelesco de la Barcelona de su tiempo, que brillaba casi en solitario en las letras catalanas de la época. 

Publicado en Quimera, 376, 2015.